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La sección Venezuela del IEEE

En Venezuela, al igual que en los Estados Unidos de América, el Instituto de Ingenieros Electricistas y Electrónicos (IEEE) se desarrolla apoyado en dos bastiones: la academia y la industria. A principios de 1967, veinte años después de haberse iniciado los estudios de ingeniería eléctrica en nuestro país, un grupo de ingenieros electricistas encabezados por el entonces Director de la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Central Roberto Chang Mota y del cual yo formaba parte junto con Gonzalo Van der Dys, constituyó el Comité Organizador de la Sección Venezuela del IEEE. El punto clave fue la visita que a nuestro país hiciera el entonces presidente del Instituto, Walter MacAdam. En la primera reunión preparatoria que se celebró supimos que nuestro visitante era descendiente de John MacAdam, el inventor del procedimiento de pavimentar carreteras conocido como macadam. Armando Enrique Guía, quien había sido profesor de Roberto Chang, fue el artífice de la visita de MacAdam. ...

Cuarenta años haciendo historia

Para finales de 1966 ya la Universidad Central de Venezuela había llenado todas las plazas disponibles con un gran número de los bachilleres que a lo largo del país habían culminado exitosamente sus estudios secundarios en julio de ese año. Sin embargo, no todos los que salieron “lisos” habían conseguido inscribirse en alguna universidad; además, el contingente de los sin cupo aumentó notablemente una vez que los liceos realizaron en septiembre los exámenes de reparación. Así que al reiniciarse las actividades en la Central en enero de 1967, la primera reunión ordinaria del Consejo Universitario que se convocó tuvo como tema central la imposibilidad de que esa institución pudiera atender la creciente demanda de cupos en la Educación Superior en el área metropolitana. A escasos nueve años del derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, la consolidación de la reapertura de la Universidad del Zulia y la creación de las universidades experimentales de Oriente y de la Re...

Echando carro

La farsa debe recomenzar es el título de una pretendida novela que terminé de escribir hace unos treinta y cinco años, justamente antes de empezar a trabajar en la Universidad Simón Bolívar. Los originales, pulcramente mecanografiados en hojas tamaño carta, los conservaba en una carpeta de tres anillos y así llegaron a la casa que para ese entonces compré en la urbanización Piedra Azul. Las cuartillas habían empezado a engordar durante los años de la renovación académica en la Universidad Central de Venezuela, cuando por razones de fuerza mayor muchas veces tenía que regresar muy temprano al sitio donde vivía alquilado, la parte alta de una quinta en Bella Vista. Allí, cual gallina picando maíz, a diario atacaba con dos dedos las teclas de una vetusta máquina de escribir. A finales de 1969 ni siquiera tenía sentido acercarse al campus de Los Chaguaramos, pues éste fue cerrado y cercado militarmente. El cheque de pago ya no lo recogíamos en la oficina de Felipe Castro, en la planta baj...

Tú y Mafalda

Indudablemente que si un torero se corta la coleta, nadie dejará por ello de reconocerlo. Aparte de caer sobre la espalda, la coleta es un adminículo generalmente postizo que usan los matadores sólo cuando salen al ruedo. Al menos así era en mi etapa de taurino, quizás en este siglo XXI más de un torero anda mechudo y sí se recoge el cabello para salir a lidiar con los astados. Este preámbulo se origina porque en la última prueba escrita que les tomé a mis estudiantes, uno de ellos se presentó sin la frondosa cola de caballo que había lucido a lo largo del trimestre. Desde que empecé a dar clases allá por septiembre de 1964, me impuse la tarea de conocer a todos mis alumnos, sobre todo cuando los cursos son muy nutridos; no quiero que ninguno de ellos se sienta como un número de carné más al cual hay que encasquetarle una nota al final del trimestre. A la larga sólo permanecen en mi memoria los casos extremos, aquellos que fueron o muy buenos o muy malos estudiantes. Esta no es una reg...

Baco contra el Dr. Alzheimer

Ya se ha vuelto una costumbre en la Universidad Simón Bolívar que los profesores jubilados celebren su fiesta navideña a principios de enero de cada año, después de “haber matriculado”. Este enero de 2007 uno de los temas que tratamos en la Casa del Profesor, alrededor de la mesa de canapés y con un whiskey o una copa de vino en la mano, fue el de las inesperadas visitas que el Dr. Alzheimer ha estado haciendo a varios colegas no mucho mayores que nosotros. Todos ellos no habían descuidado ni la actividad intelectual ni la física, siendo el mejor ejemplo un antiguo rector (no de la Simón Bolívar) y connotado jugador de fútbol. El común denominador entre ellos (y ellas) es que todos son abstemios. Ahí lancé la idea de que beber con moderación puede ser la manzana diaria que aleje al indeseado doctor alemán. Una mañana a finales de enero Consuelo Pirela y yo recordamos a algunos bardos y escritores, mayores que nosotros, que han ido abandonando este mundo por ley natural, pero que nunca ...

Los gatos no comen fieltro

Estas reminiscencias las justificaré con una cita del poeta Ramón Palomares, la cual pensé usar como epígrafe en “Entre gigantes de piedra” y que omití involuntariamente: “Si volver al pasado lo llaman evasión, que se le va a hacer, la gente tiene derecho a salir de sus cárceles” Siempre he pensado que mi gran afecto por la Universidad Simón Bolívar surge del hecho de que yo me crié en un pueblo pequeño: San Juan de los Morros. A pesar de su condición de capital del Estado Guárico desde que dejó de ser parte de Aragua, el San Juan de mi adolescencia no ha había dejado de ser una gran aldea donde casi todos se conocían. Su cálido clima era lo que más le convenía a la salud de mi padre, Francisco de Paula Loreto Loreto, y allá fue a desempeñarse como Director Seccional de Estadística. La ubicación de su trabajo, equidistante entre la Caracas natal de mi madre y Calabozo, su terruño, resultó providencial en época de vacaciones. Cuando en la Simón Bolívar las vacaciones escolares no coinci...

Entre el Masparro y la Yuca

Cuando mi padre Francisco de Paula Loreto Loreto debía enfrentarse a una situación que aparentemente no tenía salida, en lugar de expresar que estaba entre la espada y la pared, decía que se encontraba entre el Masparro y la Yuca. La frase seguramente la adquirió trabajando como caporal en la construcción, a pico y pala, de la carretera que une a Acarigua con Guanare y Barinas. Este puesto lo consiguió en enero de 1936, bajo el gobierno provisional del General Eleazar López Contreras. Empezó trabajando en el sitio de Sebastopol en la antigua carretera Caracas – Los Teques, a mitad de camino entre Las Adjuntas y Los Teques. Disponer de un sueldo le permitió finalmente, en mayo del mismo año, contraer nupcias con mi madre Olga Teresa Rodríguez. Durante los primeros treinta y tres años de su vida, mi padre no conoció otro presidente que no fuera Juan Vicente Gómez y creía que éste iba a ser eterno. También solía decir que de no haber muerto Gómez, le hubiera gastado los barrotes de hierro...