Del hábito nace el monje

A pesar de la reconocida sabiduría que encierran los refranes, en el ámbito académico estuvimos empeñados en llevarle la contraria a aquello de que “el hábito no hace al monje”. Digo que estuvimos porque hoy en día ya son muchos los profesores que van a la universidad sin paltó y sin corbata; es más, no es raro cruzarse con unos pocos colegas que andan en shorts o en bermudas, inclusive en los brindis que se dan en la casa del rectorado y si no lo creen pregúntenle a Mario Caicedo, deseosos de que alguien les diga algo para entonces proceder a mostrar el respectivo título de doctor.

El clima debería ser el factor determinante en la forma de vestir de un pueblo. En mi siempre caluroso San Juan de los Morros, a los profesores del Liceo Roscio al parecer los obligaban a dar sus clases en paltó y corbata. En la Universidad Central de Venezuela de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, o en la Universidad Simón Bolívar de principios de los setenta, el agradable frío matutino no sólo justificaba sino que reclamaba el uso de al menos un suéter. Hoy, en pleno siglo XXI, con el verde de la metrópolis desapareciendo cada vez más bajo el concreto y el asfalto, hasta las más frescas mañanas van acompañadas de unas tardes bastante calurosas.

Durante el año escolar 1956-1957, en la pequeña quinta de San Bernardino que alojó al cuarto y el quinto año del entonces recién creado Liceo Carlos Soublette, llamaba mucho la atención la figura del profesor Virgilio Tosta, vistiendo un terno (flux más chaleco y por supuesto corbata) aun el los calurosos meses de junio y julio. El terno es el traje habitual de los bogotanos; en su viaje de luna de miel mi compañero de tesis Luis Ernesto Christiansen y su esposa Ninoska se sintieron desubicados en la capital colombiana, al salir a la calle vestidos informalmente.

En la Universidad Central los profesores dictaban sus clases en saco y corbata, pero el primer adminículo lo colgaban en el respaldar de la silla una vez que llegaban a sus oficinas. Los profesores que sólo daban laboratorios usaban batas; de ellos recuerdo en orden cronológico a Demetrio Catón en Talleres, Mario Hernández en Física y José María Farrán en Máquinas Eléctricas. Raúl Valarino, quien nos dio los laboratorios de Comunicaciones Eléctricas, lo hacía en mangas de camisa, una camisa blanca manga corta de cuello duro la cual engalanaba con una corbata de lacito.

En los años del rectorado de Ernesto Mayz Vallenilla era imprescindible vestir saco y corbata para entrar a la casa del rectorado. En esa época Ricardo Teruel intentó asistir a un concierto en el paraninfo en su condición de artista, vistiendo una de esas elegantes guayaberas tipo hindú a que son tan afectos los músicos (y si no pregúntenle al novel profesor Pablo Morales) y lo rebotaron. Esto lo recordaba el colega (por ingeniero, ojo) Teruel, cuando ganó en 2006 el premio de Composición Musical “ Aniversario de la Universidad Simón Bolívar” con “Un sombrero lleno de sonidos”

Estando de año sabático adquirí en Atlanta tres trajes, por las ventajas que en ese entonces nos daba el cambio de divisas. Cuando regresé en enero de 1980 me designaron Jefe del Departamento de Electrónica y Circuitos y empecé a ir al trabajo luciendo mis nuevas adquisiciones. Mis colegas me preguntaron que si ese era un mensaje para el resto del profesorado, a lo cual contesté que no y de inmediato colgué en las perchas de mi hogar las flamantes vestimentas. A esos trajes les saqué el jugo cuando me desempeñé como Secretario de la Universidad Simón Bolívar, durante el rectorado de Marcelo Guillén. Tanto los dos vicerrectores (Freddy Malpica y José Antonio Pimentel) como yo seguimos dictando clases, una materia por trimestre. Uno de mis alumnos me preguntó sobre las horas de consulta y le contesté que podía solicitarme en las oficinas de la Secretaría. ¿Y puedo ir así, sin saco? No te preocupes, que ni siquiera discriminan por el color de la piel, fíjate que el rector es negro.

El párrafo anterior me trae a la memoria el remoquete de “sucio” que le calaron en la Universidad Central a Armando Díaz Lovera. Se realizaba en mi Alma Mater un congreso de ingeniería y a Armando le tocó encabezar el grupo de estudiantes que fue a hablar con los organizadores, para pedirles que los dejaran participar. El profesor que los recibió, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente pero no voy a mencionar, le dijo al organizador: “Miguel Ángel, aquí te solicitan unos muchachos sucios y mal vestidos, que deben ser estudiantes”. Pero ese día no sólo nació “El sucio Díaz Lovera”, sino que al profesor de marras de ahí en adelante se le conoció dentro de un estudiantado que pronto engrosó las filas de los ingenieros mecánicos, como “el sucio T”.

El colega y amigo Juan Lecuna Torres se encontraba en la Jefatura Civil de la parroquia La Candelaria, tratando de presentar a su hija recién nacida, cuando se armó un tremendo zaperoco detonado por los vivos de siempre que intentaban colearse. Parece ser que la única forma de imponer el orden fue metiendo presos a todos los presentes. En una época cuando no se soñaba siquiera con la telefonía celular, no sé cómo Juan pudo ponerse en contacto con uno de sus hermanos que además de abogado era amigo del Jefe Civil. Pronto fue el funcionario a liberar a Juan, no sin antes recriminarlo por su vestimenta, diciéndole algo como “usted tiene la culpa, por no andar vestido con paltó y corbata”

Una vez me tocó dar un curso intensivo de comunicaciones digitales, durante el mes de agosto, a un grupo de ingenieros de Lagoven. Como era mi costumbre, me había ido en carro con la familia para la isla de Margarita, a pasar las vacaciones. La semana del curso me vine a Caracas por avión, no sólo para comodidad de los veraneantes, sino por lo flojo que soy para manejar. Las clases las dictaba en la sede de Los Chaguaramos, en paltó y corbata, y además me estaba estrenando unos flamantes zapatos que había comprado en Porlamar. Una tarde, cuando venía de regreso hacia Baruta en una camioneta de pasajeros, nos detuvieron frente al Centro Venezolano Americano en Las Mercedes. “A bajarse todos, cédula en mano” fue la apremiante orden del guardia nacional. Yo, que iba sentado en la primera fila, traté de encabezar el descenso pero el uniformado me dijo: “No don, usted no”

En enero de 1971 en la Universidad Simón Bolívar ya estaba construido el edificio del Básico I, originalmente denominado Ciencias Básicas I, mas no así el del Ciclo Básico II y mucho menos el Ampere. El cafetín quedaba en el ala norte de la planta baja del Básico I, con la puerta viendo hacia El Placer y con las mesitas para los comensales ubicadas en el área abierta que hoy en día está frente a las taquillas de Dace. En ese entorno y recién llegado de Argentina por vía del Massachusetts Institute of Technology, el profesor y doctor Lázaro Retch fue abordado por un colega español, quién le aconsejó que era conveniente venir a la universidad con paltó y corbata. Al indagar el novel profesor sobre la razón de tal sugerencia, le contestaron que era para establecer distancia entre profesores y alumnos. “Pues mire, si esa distancia hubiera que establecerla, ese no es el modo”, fue la tajante respuesta de Lázaro.

Para terminar esta nota en un tono festivo al cual soy tan afecto, les contaré una anécdota. En una fría mañana de enero de principios de los setenta estaba yo dictando una clase de Comunicaciones Digitales a primera hora de la mañana. En ese entonces no era habitual que las personas de cierta jerarquía, como los profesores, dijeran malas palabras. Para tomarme un descansito en medio de una demostración matemática un poco larga, apelé a contar un chiste: “Llegan dos tipos a un restaurante y le dicen al mesonero, que por favor les traiga una sopillas. ¡Ah, los señores son españoles! No, no, maricones”. El salón, sorprendido, estalló en carcajadas; a uno le dio un ataque de tos con disnea, pero la nota culminante vino de la primera fila, cuando uno de los estudiantes más aprovechados dijo en voz alta y sonora “Trina se quitó el suéter”

Comentarios

moniqueen ha dicho que…
Como siempre muy grato y refrescante leerlo! :-)
Raffaella Ercolano ha dicho que…
Sencillo, interesante, y actual. Muchas gracias por compartirlo.

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Nacido en Sartenejas

Ingenieros Electricistas UCV 1950 a 1971.