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Mostrando entradas de julio, 2013

Nacido en Sartenejas

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Mi primer contacto con la zona de Baruta y La Trinidad lo tuve a finales de los años sesenta, cuando fui de pasajero en el Volkswagen de Luis Ernesto Christiansen a visitar a nuestra amiga Carmencita Sotillo, que vivía en La Trinidad, en una zona desolada cercana a la subestación eléctrica de la calle La Cantera, donde la quintas que se habían construido se podían contar con los dedos de una mano y sobraban. Para llegar a esos parajes había que tomar la carretera vieja de Las Minas de Baruta, que empezaba al final de urbanización Las Mercedes, por donde hoy está el centro comercial Tolón, pasaba por el barrio El Güire y empezaba a subír por el sector La Naya. El enlace entre El Güire y La Naya era prácticamente perpendicular a la actual autopista de Prados del Este, la cual por supuesto no existía. Prados del Este (Los Prados, para los pobladores originales) se anunciaba en ese entonces como “Una ciudad en el campo y un campo en la ciudad” mientras que La Trinidad era “La ciudad saté…

Las buenas cervezas.

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Una botella de vino Sylvaner y un chateaubriand casi crudo son el punto de partida de 62 Modelo para armar, novela de Julio Cortázar que adquirí hace algunos años y que versa sobre el vampirismo. Junto a Recuento de Luis Goytisolo, por la cual pagué en 1975 cien bolívares, 62… cae en la categoría de los libros que he comprado, he leído una buena porción y no los he terminado. “Herzog” de Saul Bellow, cuya edición de bolsillo compré el 30 de marzo de 1969 en el aeropuerto Kennedy también entraba en ese grupo. Empecé a leerlo en un vuelo de Nueva York a Caracas de ese día, pero sólo vine a terminar de leer sus 416 páginas el 17 de diciembre de 2004, más de 35 años después. Había pagado por el libro 95 centavos de dólar (a 4.40) y me imagino que no quería desperdiciar mi dinero. Pero cuando termine de leer “Recuento” o “62…” no habré batido ningún record personal, ya que en 1950 y con sólo 12 años de edad me leí, en una edición en papel biblia que me prestaron, la parte primera de “El In…

El equilibrio racial

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En una típica conversación de cafetín, en una madrugada previa al dictado de las clases, un joven profesor e investigador, con doctorado en su especialidad obtenido en una prestigiosa universidad sueca, me comentó que cada vez que se identificaba en algún sitio del país como profesor de la Universidad Simón Bolívar, le preguntaban que si era profesor de deportes. Por supuesto que no es por el físico atlético, que sí lo tiene, sino por el color oscuro de su piel y por el cabello rizoso. Esto me recuerda que a pesar del cacareado equilibrio racial de la nación venezolana, la discriminación va más allá de los consabidos chistes (blanco con bata, médico; negro con bata, chichero). De paso quiero mencionar que si en la USB hay algún entrenador deportivo barrigón, esa es más bien la excepción que confirma la regla. Para muestras positivas desde los inicios de la Universidad Simón Bolívar hasta el presente, ahí están John Muñoz, Pancho Seijas (la figura más feliz de la delegación venezolana …