miércoles, 16 de julio de 2014

Cuando San Juan agachó el dedo


El Sanjuanote
En el 2005 tuve la satisfacción de ver publicada por la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar mi obra “Entre gigantes de piedra”, en la cual pretendo recoger las memorias de mi infancia y juventud en San Juan de los Morros, el pueblo al cual llegue a la edad de cinco años en 1943 y que pasó a ser, sin proponérmelo, por cosas del espíritu, mi patria chica. En el primer capítulo de mi libro, el cual titulé “¿Mi ciudad o mi pueblo?, digo que hay un refrán de alcance internacional “cuando San Juan agache el dedo” que al parecer tiene su origen en San Juan de los Morros. Menos mal que mi librito, 142 páginas en dieciseisavo, no es de historia y que usé la expresión “al parecer”. Cito que un joven portugués fue a San Juan de los Morros a buscar trabajo como sastre y que un tipo lo llamó aparte y le dijo:
—Oiga joven, mejor es que usted se vaya para otro lado porque aquí no va a conseguir  trabajo como sastre nunca, a menos que San Juan agache el dedo.
El joven no entendió y le pidió a una señora  que le explicara; la dama le mostró el gigantesco San Juan y le dijo:
—Bueno, cuando esa estatua que está ahí agache el dedo será cuando usted  va a conseguir trabajo, porque aquí no hacen falta sastres, nadie se manda a hacer ropa a la medida y los hombres visten con el puyao.
—¿Y qué es eso? —preguntó el portugués.
—Bueno, muy simple, a usted le gusta un traje, va a una tienda, dice que le gusta ese trajecito oscuro que está allá arriba, el dependiente agarra una vara que tiene una puya, se lo baja y es un puyao; entonces usted paga dos fuertes y se lleva su ropa, así que lo mejor es que usted se vaya con su sastrería para otro lado —le dijo la mujer— a menos que “San Juan agache el dedo”.
El San Juan de da Vinci
En esta nota negaré el origen sanjuanero de este decir, pero primero hablaré de dónde viene. San Juan Bautista, fue el último profeta que anunció la venida de Cristo y el primero de los testigos de su llegada. Pero si los demás profetas habían anunciado a Cristo desde lejos, Juan Bautista lo señaló con el dedo: “He aquí el Cordero de Dios”, razón por la el dedo de San Juan Bautista siempre ha tenido una especial relevancia. Las imágenes de este santo, tanto en esculturas como en pinturas, siempre lo han representado con el dedo índice levantado, a veces apuntando hacia arriba y otras hacia el cordero que lo acompaña. El pueblo, a fuerza de ver la imagen del santo siempre con el dedo levantado ha convertido la frase “hasta que San Juan baje el dedo” en sinónimo de “nunca”. En los medios rurales de España suele decirse “hasta que San Juan abaje el dedo”, mientras que la variante con agache es suramericana. En esta forma, aparece en la novela colombiana “María”, escrita en 1867 por Jorge Isaac. Hay un fragmento que dice: “Pero si la muchacha se me encapricha, sí le juro que un día de éstos la encajo en uno de mis mochos, y al beaterio de Cali va a dar, que ahí no se me le ha de asentar una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro, la tengo hasta que san Juan agache el dedo”. Así que la expresión ya andaba rodando en 1867, mucho antes de que el general Juan Vicente Gómez le hiciera ese homenaje a la ciudad, cuando se la decretó como capital del estado Guárico en 1934.
Alejandro Colina
En ese año el escultor Alejandro Colina se encontraba trabajando en la planta eléctrica de San Juan de los Morros y el entonces presidente del estado Guárico, Ignacio Andrade, lo contrató para realizar el monumento al santo epónimo de la ciudad. Por suerte sobrevivió al menos una fotografía como testimonio de que el Sanjuanote que empezó a moldear Colina tenía la mano derecha levantada, con su índice en alto. La fuente de esa primera versión del monumento esta en los diversos cuadros ya mencionados y en particular el de Leonardo da Vinci; el florentino, al poner al santo a señalar hacia el cielo, quiso destacar que la salvación se logra a través del bautismo. Pero como bien lo expresa el escritor mexicano Arturo Ortega Morán, San Juan Bautista es mucho más que un dedo levantado. Su santoral, el 24 de junio, es el único que celebra el nacimiento de un mártir, en contra de la costumbre paleocristiana de conmemorar el aniversario de la muerte de éstos. Tampoco es casualidad que el día de San Juan sea próximo al solsticio de verano, cuando el tiempo de luz solar es el más largo del año. Cuando la Iglesia Cristiana llegó a Europa, se encontró con un arraigado culto al sol y una de las principales fiestas solares era precisamente el 24 de junio, cerca del solsticio de verano. Reconociendo la imposibilidad de eliminar la festividad, se optó por convertirla en la celebración de San Juan Bautista, que no podía ser un recordatorio de la muerte, ya que se trataba de una fiesta de vida, de modo que se optó por recordar el día del nacimiento del santo. Hay que destacar que la elección de San Juan Bautista para cubrir esta fiesta, está conectada con la elección del 24 de diciembre, solsticio de invierno, para celebrar el nacimiento de Cristo. El primero nace para anunciar la llegada del Segundo.
           
Antes de agachar el dedo
Para confirmar que toda regla tiene su excepción, en San Juan de los Morros San Juan agachó el dedo, lo cual trajo lamentables consecuencias para el escultor Alejandro Colina; éste no terminó la estatua y se dice que la razón fue el alto costo del proyecto. Pero hay una versión que se ajusta al ambiente que se vivía bajo la dictadura del general Gómez y que cuadra mejor con el contexto de esta nota: el escultor desistió de realizar la obra, enojado porque a Gómez no le gustó la posición del brazo alzado y ordenó “que le bajaran el dedo” como en efecto ocurrió y otro la terminó. El dictador no toleraba que le llevaran la contraria, así que no le pagó a Colina este trabajo, ni el de la Plaza de Tacarigua, obra que el escultor había realizado invirtiendo todos sus ahorros. Cuando esto aconteció, estando Colina en una pulpería de Maracay con unos palos encima se puso a arengar contra Gómez, lo cual bastó para que lo acusaran de comunista y lo pusieran preso en el Castillo de Puerto Cabello.

Fuentes consultadas:
Oscar Yánez “Así son las cosas” Editorial Planeta. 1996
Carlos Colina (Compilador) “Alejandro Colina El escultor radical” UCAB. 2002

Rafael de Jesús Aponte http://misanjuandeantano.blogspot.com/

jueves, 12 de junio de 2014

De "La violetera" a "Los zapatos de Manacho"

Si estas notas fueran musicales, sería muy difícil relacionar La violetera, el cuplé compuesto en 1914 por José Padilla con letra de Eduardo Montesinos, con la salsa Los zapatos de Manacho de Rafael Ithier, que es de 1973. No, aquí ambas composiciones entran en juego como parte del humor con el cual los estudiantes tratan de aliviar las penas que les causan los estudios, sobre todo las matemáticas. El recorrido que sigue empieza en la Universidad Central de Venezuela, mi alma mater y concluye en la Universidad Simón Bolívar, institución de la cual me jubilé en 1989 pero en la cual sigo activo como profesor contratado a tiempo convencional.
              
Ángel Palacio Gros
En mi época de estudiante universitario, que se inició en setiembre de 1957 y terminó en agosto de 1962, el verdadero coco, el filtro para graduarse de ingeniero en la Universidad Central de Venezuela era Análisis Matemático II, curso de un año de duración como se estilaba en ese entonces. El número de inscritos en la asignatura el año académico 58–59 era un poco más de cuatrocientos, divididos en dos secciones de 200 y pico, ambas a cargo del profesor Ángel Palacio Gros. Los nuevos, los que proveníamos directamente de primer año éramos minoría, los repitientes —que casi no asistían a clases— abundaban. En el auditórium de la planta baja de la Facultad de Ingeniería, la exposición de la materia por parte de "El Ángel de España" era brillante, llegándose a decir que hasta el momento en el cual se le apagaba el tabaco al profesor Palacio era algo que estaba fríamente calculado de antemano. A las nuevas generaciones: no es ninguna figura de retórica decir que se le apagaba el tabaco, era verdad, el profesor fumaba puros durante el dictado de la clase y además les prohibía mascar chicle a las muchachas (los hombres no lo hacían y las mujeres no fumaban). Cuando en una de las primera clases concluyó su demostración de la existencia de la integral según
Riemann y volteó hacia la audiencia con un gesto de: "ahí queda eso", uno de nosotros le preguntó que sí no podía dar un ejemplo. La respuesta se me quedó grabada para siempre, incluyendo el orgulloso acento hispano con el cual la enunció: —Joven, el ejemplo es la claudicación de la inteligencia—.
               Los exámenes, que debían escribirse con pluma fuente en papel rayado usando sólo una cara de éste, consistían de una pregunta teórica, que valía nueve puntos y un problema que valía diez. Sí, la nota máxima era diecinueve. Las notas del primer parcial las leyó empezando de abajo hacia arriba, primero una enorme cantidad de unos (1/20), no pocos dos y así sucesivamente. Total que al final sólo tres estudiantes habían aprobado el primer parcial: el catirito Odón y Gonzalo Van der Dys con 10 e Ignacio Iribarren con 19. Ignacio, matemático de vocación y luego de profesión, no logró el veinte en su fugaz incursión por ingeniería, pues éste estaba reservado según el profesor para él mismo. Quizás con nuestra escala del 1 al 5 no se hubiera enrollado tanto, pero se hubiera divertido menos al entregar las notas. La parte teórica del curso, que circulaba recogida en seis folletos, había que sabérsela de memoria y escribirla con letra perfectamente legible. Ante tan titánica misión, Van der Dys (el gran humorista e imitador del grupo) propuso que nos dedicáramos a componer canciones nemotécnicas, inaugurando él la colección con "Violetas Integrales", que con un título derivado de "Violetas imperiales" y música de La Violetera empezaba diciendo:
                                              Vamos a establecer
                                              el concepto de integral
                                              según el famoso Riemann
                                              según el famoso Riemann
                                              vamos a considerar....
               Ya en tercer año de ingeniería eléctrica, cuando construimos un transmisor clandestino de Amplitud modulada (AM), esa canción salió al aire, seguida de una propaganda que registraba el agua bajando en una poceta y el comentario: "Standard, esta sí que traga".
               Los zapatos de Manacho y La eliminación de los feos fueron los éxitos más extraordinarios de “El Gran Combo de Puerto Rico” allá por 1973, la primera época de Andy Montañéz con el grupo, así que con una confiabilidad del 90% (en el lenguaje de Adolfo Quiroz, quien me aportó información para este artículo, al igual que Rafael Bayón), diré que fue en 1974 cuando se escuchó en la Universidad Simón Bolívar a los alumnos cantar que
                                              Los zapatos de Camacho
                                              son de Bayón, son de Bayón,
                                              de Bayón.
parodia que según parece tiene la autoría del luego Ingeniero Mecánico José Dirani. Yo tuve la oportunidad de oír la parodia en el 2002, cuando empecé a buscar información para escribir estas notas, en la extraordinaria voz de una alumna de la primera cohorte, profesora ya jubilada de nuestra institución y madre de dos egresados nuestros: Maribel Giménez.
               En 1976 ejercía yo el cargo de Coordinador de Cursos en Cooperación, cuya oficina estaba en el edificio de Matemáticas y Sistemas (MYS), rodeada de aulas. A veces tenía dificultades para entrar en la oficina, ya que los estudiantes se agolpaban en las puertas de las aulas contiguas, esperando que salieran los del curso previo para tomar asiento en el curso de Matemáticas VIII. Al parecer eran seis secciones de esa materia, pero como los exámenes eran departamentales, los alumnos no asistían rigurosamente a la sección asignada, sino que se concentraban en tres de ellas: la de Arturo Camacho, la de Rafael Bayón y la de una profesora argentina que estuvo poco tiempo en la USB y a la cual le decían “La bruja”, tanto por el desenfado con el cual lucía su despeinada cabellera, como por su vestimenta, su “dulce” carácter y por la curva de la bruja, que ella enseñaba en alguna parte de la materia y la cual yo conocí en mis tiempos de estudiante como la versiera de Agnesi. Como yo estudié las matemáticas universitarias por libros españoles y franceses, ignoraba la mala traducción que los anglosajones habían hecho del italiano versiera, transformándola en hechicera o bruja. Vine a caer en cuenta de esto por una observación que me enviara el 13/6/14 mi pariente José Ernesto Loreto Méndez. Aun cuando algunos de los que fueron estudiantes de la bruja insisten en asegurar que la cazaron volando en una escoba, en honor a la verdad yo solo la vi utilizando medios más terrenales de transporte como el autobús o de parrillera en la motocicleta de un colega. Pero, por si acaso, sus alumnos cerraban las  ventanas con la esperanza que no pudiera entrar a clases. Me hubiera gustado saber de los antecedentes profesionales de ella, para ver que tenía en común con los ingenieros civiles Bayón y Camacho.
               Volviendo al curso dictado por Palacio Gros, de la parte teórica del curso, la cual recalco que había que sabérsela de memoria, por fortuna existían los seis famosos folletos. El editor de éstos era Freddy Celis Paredes, compañero de estudios de Camacho y Bayón, quienes vertieron en ellos sus apuntes de clases. Bayón dice que él sólo ayudaba y le da la autoría a Camacho. Habría que ver que opina Arturo sobre la materia. Lo que no he averiguado es si los folletos contaban con el “nil obstat” de El Ángel de España. La sede del multígrafo editorial era la Zapatería Ferrenquín, propiedad de Eusebio Camacho, el padre de Arturo, la cual estaba ubicada en la esquina del mismo nombre de la españolísima parroquia La Candelaria. De manera que, y a pesar de lo que diga la letra, es posible que más bien algunos zapatos de Bayón fueron de Camacho. Bayón y Camacho ingresan a la Universidad Central de Venezuela a cursar primer año de ingeniería en 1953. El primero estaba en la sección A, el segundo en la C y los dos tenían como profesor de Matemáticas Complementarias y Análisis Matemático I a Ángel Palacio Gros. Por ese tiempo Bayón vivía de San Ramón a Chimborazo No. 41 y Camacho en la esquina de Ferrenquín. Un buen día la madre de Rafael entró a la zapatería de Camacho a comprar unos zapatos. Al hablar entraron en confianza, pues eran españoles recién llegados a Venezuela, y por supuesto que hablaron de sus hijos que estudiaban Ingeniería en la UCV. Desde ese momento empezó la amistad entre ellos. Rafael iba a estudiar a la casa de Arturo, porque en la suya no tenía facilidades para hacerlo. Siguieron toda la carrera juntos y se graduaron en Agosto de 1958. Ambos fueron preparadores de Análisis Matemático hasta su graduación, Arturo con el  profesor Palacio y Rafael de Raimundo Chela. Al preguntarle a Rafael sobre los profesores que dejaron huella en ellos, me mencionó a Ángel Palacio Gros, Simón Lamar y a Celso Fortoul.

               En Octubre del año 1958 y a petición del profesor Palacio, Arturo comienza a dictar clases de Geometría Analítica y Rafael empieza en Enero de 1959, también a pedido del Profesor Palacio, sustituyendo a Nicolás Colmenares. Arturo siempre dictó clases de Geometría Analítica y Análisis Matemático I a V y Rafael dictó al principio Matemáticas para químicos y geólogos, un año dictó clases en la Facultad de Economía y después dictó clases de Análisis Matemático I, II y III, cursos que tenían una duración de un año académico. Ellos estuvieron en la UCV hasta el año 1974 y comenzaron en la USB en 1969. El profesor que los contactó para ir a trabajar a la Universidad Simón Bolívar fue José Giménez Romero. En 1969, como no habían comenzado las clases, muchos profesores fueron asignados a la Comisión de Planificación. Rafael Bayón se desempeñaba como inspector de las obras de las primeras construcciones que se hicieron, los pabellones aledaños a la casa del Rectorado que sirvieron de aulas en los primeros años. En la Simón Bolívar ambos han dictado clases de Matemáticas I, II, III, ...,VIII. Esta última ya no se dicta como MAT VIII y no depende del departamento de Matemáticas. Arturo fue jefe del departamento de Matemáticas de la Facultad de Ingeniería de la UCV, se jubiló en Octubre de 1983 y Rafael en Enero de 1984. Cuando yo ingresé a la Universidad Simón Bolívar en 1972 Camacho y Bayón ya gozaban de buena fama como docentes y los llamaban los morochos, unos gemelos no tan desiguales como Schwarzenegger y De Vito en Twins. Yo, en mis encuestas personales le he preguntado a mis alumnos de la Universidad Simón Bolívar si los han tenido de profesores; los que contestan afirmativamente los recuerdan como tremendos docentes. A esto sólo debo añadir que también los percibo como tremendas personas.

domingo, 8 de junio de 2014

El mejor presidente.

El 27 de junio de 1870, diez años y cinco meses antes de que naciera mi abuela María Eugenia Loreto de Loreto, el presidente Antonio Guzmán Blanco emite el Decreto de Instrucción Pública Gratuita y Obligatoria. En honor a ese decreto, el Ministerio de Educación otorga la “Orden 27 de junio” como reconocimiento a la destacada trayectoria de los educadores venezolanos. La Orden fue creada el 22 de mayo de 1957 bajo la presidencia de Marcos Pérez Jiménez, en reemplazo de la medalla de honor 27 de junio creada en 1949. Creo que fue en 1977 cuando me fue concedida esa distinción en su tercera clase, habiendo sido propuesto por las autoridades universitarias, Yo a mis alumnos les digo que hay dos tipos de problemas difíciles: aquellos en los cuales hay demasiada información y aquellos en los cuales ésta casi no existe. Me imagino que para las autoridades de la Universidad Simón Bolívar no es fácil una selección para esa orden, pues por suerte aquí abundan los profesores destacados. En mi caso, quizás me ayudó el hecho de que en el momento del otorgamiento ejercía la presidencia de la Asociación de Profesores y además publicaba con cierta regularidad una columna sobre ciencia y tecnología, El eje de la máquina, en el diario El Universal. Con el nombre de dicha columna, pretendía resumir que el hombre es el centro de todo desarrollo científico y tecnológico.
              
Antonio Guzmán Blanco
Mi mujer, que toda su vida creyó, acertadamente, que los buenos ratos tiene uno que fabricárselos, porque los malos vienen sin que nadie los llame, organizó con entusiamo una fiestecita. De los invitados, quisiera mencionar a mi abuela María, con 97 años a cuestas de su largo periplo vital de ciento ocho años, y a Gustavo Roig, un profesor cubano de electrónica de grata recordación. Gustavo estuvo conversando con mi abuela y en un momento dado le preguntó en mi presencia: —Dígame Doña María, de todos los presidentes de Venezuela, de todos los que usted ha conocido: ¿cuál ha sido el mejor?— a lo cual ella contestó sin vacilación: —Joaquín Crespo, hijo— Me imagino que el estudioso de Gustavo apelaría luego a un libro de historia para ubicarse. Después, cuando le comenté a mi papá esta conversación, me dijo que en esa respuesta podían haber influido dos factores: el terruño y que durante la segunda presidencia de Crespo (1894-1898) su mamá no sólo se encontraba en la flor de la vida sino que había bailado cuadrillas en la residencia del presidente.
              
Joaquín Crespo
Acerca del terruño, de mi paisano Simón Díaz se dice que nació en el estado Aragua, pero Barbacoas era Guárico para el ocho de agosto de 1928 y además vivió su infancia y juventud en San Juan de los Morros, después que San Juan pasó a formar parte del estado Guárico. El trueque de San Juan por Barbacoas lo realizó el General Gómez en 1934, para convertir a San Juan en capital del Estado Guárico. La aldea aragüeña, tan cercana a la querida Maracay del dictador, era visitada con mucha frecuencia por Gómez, ya que sus milagrosas aguas termales le aliviaban los padecimientos de la próstata. Yo mismo nací en Caracas, pero me crié en San Juan y siempre me he considerado llanero. Mi abuela María Eugenia nació en Calabozo y Crespo lo hizo el 22 de agosto de 1841 en San Francisco de Cara, pueblo aragüeño ya desaparecido que en 1968 se sumergió en el río Guárico, bajo las aguas de la represa de Camatagua. A los padres de Crespo, Leandro Crespo y María Aquilina Torres, les bastó cambiar de orilla en el río y andar un poco para llegar a Parapara, el primer pueblo llanero del Guárico que uno se encuentra al salir de San Juan por el sur. Ahí vivió Crespo su juventud, ahí aprendió a leer y a escribir y ahí conoció y desposó a Jacinta Parejo.
               Joaquín Crespo emprendió desde muy joven la carrera militar, iniciándose en 1858 como soldado raso hasta convertirse, en 1864, en General de Brigada. Durante su trayectoria en la milicia, se distinguió por su dedicación y valor personal.  A esta alturas ya habrán adivinado, quienes no lo saben, el origen del nombre de la llamada casa de Misia Jacinta, la cual paradójicamente nunca llegó a ser habitada por Misia Jacinta. Joaquín Crespo tomó posesión como Presidente de la República de bienio 1884-1886 el 27 de abril de 1884 y en agosto del mismo año compró el terreno de La Trilla, ubicado en Caracas, para iniciar la construcción de una nueva residencia, donde viviría con su esposa y sus hijos. Es por ello que originalmente se le llamó a esta residencia "La Trilla", y más tarde se le denominó "Miraflores", su nombre actual. Se comenta que durante su estancia en España, Crespo tomó el nombre de "Miraflores" debido a una Cartuja que existía en la ciudad de Burgos. Una segunda versión indica que Crespo se inspiró en ese nombre a raíz de su exilio en Perú, donde permaneció algún tiempo en una hacienda antigua denominada "Miraflores".

               
La residencia anterior de Crespo quedaba algo más al sur, en los límites de las parroquias San Juan y Santa Rosalía, vecina a la aristocrática urbanización El Paraíso. Mi abuelo Julio Cesar Rodríguez, quien nació en 1883 y vivió cerca de la Plaza de Capuchinos antes de mudarse para La Pastora, cuando iba a afinar los pianos de Radio Caracas, de Bárcenas a Río, nos decía con toda propiedad que iba, no para Quinta Crespo sino para la quinta de Crespo. Un poco más al sur, del otro lado del Guaire, tuvo también su residencia el presidente Cipriano Castro, en la mansión Villa Zoila, así llamada en honor a su esposa Doña Zoila Rosa Martínez de Castro. Después de la muerte de Crespo, acaecida el 16 de abril de 1898 cuando murió en la Mata Carmelera, Estado Cojedes, al frente de las tropas que defendían el gobierno de Ignacio Andrade contra el alzamiento del Mocho Hernández y de Luis Loreto Lima (Lanza Libre), Miraflores fue sometida a remate y, finalmente, el Gobierno Nacional la adquirió el 19 de junio de 1911, para convertirla en casa presidencial.  De Crespo recoge la historia que era sobrio, abstemio, cojo de la pierna derecha por herida de guerra, fiel a Misia Jacinta y no muy escrupuloso en el manejo de los dineros públicos. Parece que la corrupción sistemática de los gobernantes venezolanos es de vieja data y por los aires que soplan, el enfermo no ha mejorado nada.

jueves, 5 de junio de 2014

Los fantasmas de Sartenejas.

Si en las plazas de toros aparecen vagando los espíritus de los toreros que murieron en plena faena, algo similar debe suceder con los astados, que en estos menesteres llevan siempre las de perder. No se si en las corridas de toros que se efectuaron entre 1955 y 1962 en el Club Sartenejas la suerte era a matar, o si simplemente se trató de toreo portugués. En todo caso, nadie ha visto jinetes en el cielo de la universidad, pero si hay recuentos de otros tipos de fantasmas. La Casa del Estudiante es mudo testigo de las citadas corridas, ya que su extraña arquitectura obedece a que está construida sobre lo que fueron las bases de parte de las tribunas de la plaza de toros.  Contaba también el citado Club (según lo recogió María Teresa  Jurado de Baruch en su obra “La Universidad Simón Bolívar a través de sus Símbolos” Editorial Equinoccio, 1987 ) con piscina, picadero para equitación, manga de coleo, caballerizas, canchas de polo, campo de golfito, gallera, restaurant, salas de juego, canchas de tenis y campos de tiro.
               La primera noticia que se tiene sobre fantasmas en el campus de Sartenejas tiene que ver con el proyecto de difusión televisiva, que fue una feliz realidad con La Simón TV, hoy lamentablemente fuera del espectro radioeléctrico. Creo que todavía quedan en algunos de los ambientes que antes alojaron aulas en los básicos, las estructuras metálicas que sostenían a los receptores de televisión a un lado del pizarrón. Las trasmisiones se originaban en el Rectorado y se distribuían por cable hacia el edificio Básico I, pero pronto el nivel freático del valle inutilizó el canal principal de distribución de la señal. Este proyecto, que hacía pionera a la Universidad Simón Bolívar en el área audiovisual, estuvo originalmente a cargo de Roberto Chang Mota y luego pasó al control de Enrique Jorge Tejera Rodríguez. Como la señal viajaba por cable, no se trata de fantasmas tecnológicos, nombre que reciben las señales que llegan con distintos retardos a un receptor debido a la propagación por trayectorias múltiples, sino verdaderos aparecidos, retruécano incluido.
              
La instalación de los receptores de televisión en el Básico I se hacía de noche, para no perturbar las actividades y era realizada por Adías Godoy Chávez y su ayudante Monasterios. No se si era porque no les pagaban horas extras, pero estos dos técnicos estaban renuentes a continuar el trabajo, ya que de noche los acosaba el fantasma de un mujer, una de las pisatarias del valle, la cual se había ahorcado según cuentan en una mata de mango que había en la zona que hoy queda entre el Básico I y el Básico II. El relato de Godoy y Monasterios vino a ser corroborado por el ingeniero José Itriago (ex alumno mío de la Universidad Central y primo de nuestro apreciado colega Pedro Pieretti), quien en una solitaria noche recogió en las afueras de la Universidad a un Guardia Nacional que huía despavorido de la mujer fantasma. Quien desee más detalles, puede consultar “La señorita de Sartenejas”, escrita por José Urriola Casanova en el blog de los Hermanos Chang http://hermanoschang1.blogspot.com/2006/02/la-seorita-de-sartenejas.html
              
Después empezó a aparecer un vampiro en los básicos, con colmillos, capa y demás aditamentos. Aparecía envuelto en la capa y la desplegaba ante sus víctimas, causando más de un susto y huyendo sin ser identificado. Pero sus fechorías finalizaron el día que se escondió en un baño y abrió la capa frente al profesor Nelson Vázquez. Peló los colmillos, emitió un ruido gutural y el profesor ni se inmutó, cosa que no debe extrañarle a quienes conocemos a Nelson. Confuso, el estudiante no solamente le pidió perdón al profesor, explicándole que esperaba asustar a otro estudiante, sino que además se quitó la careta y fue plenamente identificado. Como se dice el pecado pero no el pecador, les diré que el apodo del vampiro era “Tu”, trato que le daba él a todo el mundo, incluyendo al Rector si es que la ocasión se le hubiese presentado.
              
Para los que no criamos en un pueblo, la sayona, la burra maneada, el carretón, la llorona, Juan sin pantalones y otros tantos aparecidos eran parte de nuestras tertulias nocturnas. No le temíamos a los fantasmas, al punto que mi padre me aconsejaba que si tenía que dormir al descampado en un lugar desconocido, lo hiciera en el cementerio; que a los que había que tenerle miedo era a los vivos. Después, con el advenimiento de la luz eléctrica, los lémures cambiaron de domicilio. Por eso en el año 72,  cuando salí más tarde que nunca de la clase de Transmisión de Datos que dictaba en horario nocturno en el Básico I, cuando ya se habían marchado todos mis alumnos del postgrado de Computación, no me alteré en lo más mínimo ante la presencia de una blanca figura que agitaba los brazos en medio de la penumbra que reinaba en la curva de lo que es hoy el Edificio de Comunicaciones. Al acercarse a mi carro, la figura se  delineó como una muchacha rubia, ataviada con una bata de laboratorio, que me pidió que por favor la sacara del recinto universitario. Le pregunté que hacia donde se dirigía y me dijo que hacia cualquier lugar civilizado; le dije que yo iba hasta Piedra Azul, le expliqué dónde quedaba eso y me dijo que perfecto. En el camino me contó que la práctica de química se había tardado más que nunca y que cuando se dio cuenta, no quedaba sino ella en el pasillo del laboratorio. Que eso era lo habitual, salir tardísimo de los laboratorios, pero que ese día había batido el record. Iba hacia el este, así que la llevé hasta la parada de los carritos (sí, en ese entonces eran automóviles de cinco puestos) que todavía está frente a la Plaza de Baruta.
               Según me han contado, otra noche un grupo de estudiantes de química que salían del Básico I, se espantó con los lastimeros quejidos que surgían desde algún punto del oscuro estacionamiento. No huyeron despavoridas, pero se agruparon solidariamente, hasta que pudieron distinguir claramente que la voz pronunciaba el nombre de Liselotte, una de las muchachas del grupo. El pobre abuelo de una de ella la había ido a buscar, se estacionó y decidió caminar en medio de la penumbra hacia el edificio. Para mala suerte no lo hizo por el puente y rodó por el amplio canal de desagüe que en ese entonces no estaba embaulado, sufriendo múltiples traumatismos. Esta historia parece remota, pero en pleno siglo XXI todavía las alcantarillas le juegan malas pasadas a los transeúntes, según me han informado.

               
Un Guardia Nacional que hacía la ronda nocturna fue mucho más drástico ante la presencia de una bata blanca que caminaba sola por los pasillos del Básico I. Si algunos no lo saben, dentro del campus de la USB, en la casita que está en la curva frente al MYS operaba un destacamento de la Guardia Nacional y las áreas exteriores de los primeros exámenes de admisión fueron custodiados por guardias que portaban armas. La decidida acción del guardia fue cargar el arma reglamentaria, posiblemente un FAL, y apuntar al blanco móvil. Ante las angustiadas palabras que surgieron de la bata, se acercó y pudo identificar a un joven de piel oscura, con una bata de laboratorio sobre los pantalones negros y los zapatos negros. No era otro que el conocido José Alvarado, el negro Alvarado, o el “Black Hole” como le decimos los que practicamos con él softbol, pues era muy buen bateador, pero medio espía con el guante. José, como parte de sus labores de técnico, antes de que se fuera al exterior y obtuviera su doctorado, se encontraba realizando algunas instalaciones en los laboratorios, por supuesto que de noche y sin cobrar horas extras.