En mis años de infancia y juventud en San Juan de los Morros, los periódicos de circulación nacional eran, por orden de antigüedad, La Religión, El Universal, La Esfera y El Nacional; éstos llegaban al pueblo bien entrado el día, a pesar de que el tránsito automotor no era muy intenso en ese entonces. No existían autopistas, al punto que el gran hito en la comunicación terrestre lo marca la inauguración de la carretera Panamericana en diciembre de 1953. Los fajos de papel, apilados en la parte trasera de los autobuses, tenían que tomar la ruta de la vuelta del Pescozón, las peligrosas curvas de Guayas, atravesar los centros poblados de Tejerías, El Consejo, La Victoria y San Mateo, enfilar en La Encrucijada hacia Cagua para finalmente enfrentarse a las no menos mortíferas sinuosidades del interminable tramo entre La Villa y San Juan. En San Juan existían pocos kioscos y en ellos se conseguían granjerías y guarapo de piña, mas no el periódico; éste lo vendían un par de pregoneros que también distribuían los ejemplares a los suscriptores, práctica habitual en la época.
Aun cuando el pregón que más recuerdo es aquel de ¡El Mundo, a medio El Mundo! que impregnó las tardes caraqueñas a raíz de la caída de Pérez Jiménez, mi memoria más remota en este aspecto es la frase ¡El Universal con suplemento!, oída alrededor del mediodía de un domingo sanjuanero. El suplemento, material impreso adicional a la presentación habitual del periódico, consistía en un tabloide de ocho páginas en colores, lleno de recuadros en los cuales se desglosaban historietas cómicas y serias. Por extensión nosotros también le decíamos suplementos a los cuadernillos que en España llaman tebeos, que presentaban entre otras, las aventuras del Capitán Maravilla, el Superhombre y el Hombre Murciélago, superhéroes que luego pasaron a llamarse el Capitán Marvel, Superman y Batman. Entre los extremos de la seriedad, tanto en el dibujo como en el argumento, de Hal Foster y su Príncipe Valiente y la prosopopeya de los caracteres de Walt Disney, aparecía el humor cotidiano vivido por Pepita (Blondie), su esposo Lorenzo Parachoques y la perra Daisy, don Pancho de Educando a Papá, El Capitán y los Cebollitas y Popeye y su combo: Pilón, Rosario (que en las comiquitas de televisión llaman Oliva, en honor a la primigenia Olive Oil) y el torpe Brutus.
El tema central de esta crónica, las hamburguesas, no surge a través de Popeye, el marinero tuerto, sino de su inseparable partenaire J. Raspadura Pilón. El personaje original, creado por Bud Sagendorf, lleva por nombre J. Wellington Wimpy y el apellido alude a su gordura. Wimpy en inglés es mano de pilón, la herramienta en forma de mazo que se usa en la molienda conjuntamente con un mortero. En nuestro lar, el artilugio está asociado al procesamiento del maíz (maíz pilado) y es bastante voluminoso, tal como nos lo recuerda la copla:
El que se roba un pilón
y una piedra de amolar,
no se puede llamar ladrón
sino guapo pa´ cargar.
Pilón, con un nivel intelectual por encima de sus congéneres, es un vividor, un glotón y un gorrero por excelencia, siempre en búsqueda de una víctima que le brinde una o más hamburguesas. Cuando yo leía las aventuras de Popeye en San Juan de los Morros, allá por los años cuarenta del siglo veinte, lo que Pilón buscaba que le obsequiaran eran albóndigas, pues en ese entonces las hamburguesas eran completamente desconocidas entre el público que disfrutaba de las comiquitas en Venezuela.
Vine a conocer las hamburguesas en mis años de estudiante en la Universidad Central de Venezuela, cuando mi compañero de estudios y entrañable amigo Wolfgang Stockhausen me llevó en su Citroen hasta Ernesto´s, un pequeño local ubicado en la margen izquierda de la ruta principal entre Los Chaguaramos y Santa Mónica, que en ese entonces era doble vía. Allí, una deliciosa hamburguesa costaba un bolívar o uno veinticinco, si la pedías con queso. El otro sitio donde sé que vendían hamburguesas y al que fuimos Wolfgang y yo con unas amigas suyas, a las cuales su esposa Elke recuerda bien, fue a la Cervecería Alemana, la cual estaba en Chacaito y luego fue mudada para la avenida La Salle de Los Caobos, en las inmediaciones de la avenida Andrés Bello. Cuando estuve de pasantía corta en 1960 en la planta eléctrica de Las Morochas en Ciudad Ojeda, la compañía Shell me alojó en el hotel Oro Negro. Éste quedaba frente a una esquina de la plaza y en la diagonal opuesta había un local de la cadena norteamericana Tastee Freez, en donde amén de helados y merengadas vendían hamburguesas. Sin embargo, el recuerdo gastronómico más agradable que tengo de esa estancia en la costa oriental del Lago de Maracaibo, son los suculentos platos de pasta que servían en el restaurante italiano “La araña de oro”, al cual iba a almorzar en compañía de mi tutor y de otros ingenieros y técnicos de la planta.
En septiembre de 1962 llegué a Nueva York en compañía de otro venezolano, becario igual que yo de la Fundación Shell. Se suponía que iban a recibirnos al aeropuerto, pero como nadie lo hizo nos fuimos en autobús hasta Manhattan y nos alojamos en un hotel barato cercano al terminal de los colectivos. Esa noche, en una sórdida taguara de los alrededores consumí mi primera hamburguesa gringa, lo cual fue una experiencia decepcionante. Sin embargo, estas se reivindicaron en una lunchería ubicada cerca de la residencia que la compañía Shell me había conseguido en casa de la familia Shapiro en Utopia Parkway, Flushing. En esa lunchería resolví la comida los primeros fines de semana, o en una pizzería que quedaba a un par de cuadras de la casa. Luego aprendí a llegarme en autobús y metro hasta Times Square, el corazón de Nueva York, en donde había pequeños negocios que vendían panquecas todo el día y unos locales, aun más pequeños, prácticamente un zaguán, en los cuales elaboraban pizzas a la vista del público y las vendían al detal, a veinticinco centavos la porción. Ya en Chicago, en la estación de la calle 35 del metro de Chicago (The “L”), en la vecindad del Illinois Institute of Technology donde yo estudiaba y del Comiskey Park, sede los Medias Blancas de Chicago, había un puesto de hamburguesas McDonald’s, con su alto aviso en forma de arcos dorados que resaltaba en medio de los desolados alrededores. Comparadas con las versiones actuales que ofrecen en los McDonald’s, esas hamburguesas se podían catalogar de diminutas pero las papitas fritas, en la opinión de un francés que estudiaba conmigo, eran las mejores.
Cuando estuve de año sabático en el Instituto Tecnológico de Georgia, dentro del campus mismo había un Burguer King y una gigantesca venta de hamburguesa, con televisores por todos lados, llamada ¨The Varsity¨ en honor a las selecciones deportivas del Georgia Tech. En una fuente de soda (mala traducción de Soda Fountain) llamada Dunk and Dine que estaba cerca de mi residencia en La Vista Villas, las hamburguesas las ofrecían al estilo de Hamburgo, con la carne servida en plato y no emparedada, presentación que en el norte llaman “hamburger plate”. Siempre creí que las hamburguesas, tal como las conocemos hoy en día, eran un invento gringo, pero resulta que son alemanas. En 1891, Otto Kuasw, un cocinero del puerto de Hamburgo elaboró un sándwich de carne de res molida, frito en mantequilla y con un huevo frito encima, el cual tuvo gran aceptación entre los marineros. Para 1894 y ante la demanda de esos navegantes cuando atracaban en el puerto de Nueva York, los restaurantes de la zona empezaron a ofrecer el sándwich que los marinos pedían como “hamburguesa”. En nuestro país ya la hamburguesa tiene un amplia historia, desde los Tropic Burger que merecen un artículo aparte, pasando por los Burger Bistró, los McDonald’s, Burger King y Wendy’s. En la Venezuela de nuestros días la hamburguesa se consigue en una gran variedad de locales, desde los ubicados en los más modernos centros comerciales, aire acondicionado incluido, hasta los carritos que pueblan la llamada “calle del hambre”, género que empezó en la vecindad del viejo aeropuerto de Porlamar y que se ha esparcido por todo el país. En estos locales, el huevo de Otto Kuasw se queda corto ante la cantidad de aderezos adicionales que incluyen: papitas fritas finitas, aguacate, queso parmesano o queso fundido, maíz de lata, salsa rosada y salsa tártara. En la variedad llamada “bomba”, la carne es en lascas a la parrilla y la alfalfa debe estar presente. Creo que Pilón se sentiría feliz de consumir uno de estos especimenes. Por mi parte, cuando quiero resolverme con una comida rápida, apeló a un Big Mac de McDonald’s, mientras que mi nieta prefiere una cajita feliz de nuggets. Mi hija no comulga con la llamada comida basura, ni con las ferias de comida, pero reconoce que las papas fritas de McDonald’s siguen siendo las mejores. Para finalizar, diré que mi última travesura gastronómica la tuve a la entrada de Los Chorros, en donde mi hija me llevó a desayunar con arepas de chicharrón fritas y rellenas. Yo pedí una “pelúa”, cuyo relleno es carne mechada y queso amarillo en tiritas.
domingo 4 de mayo de 2008
Pilón comía albóndigas
viernes 15 de febrero de 2008
Vida estudiantil
Cuando empecé a estudiar ingeniería en la Universidad Central de Venezuela, en septiembre de 1957, llevaba ya un año residenciado en Caracas en la casa de mis abuelos maternos, entre las esquinas de Gloria y Sucre en la parroquia La Pastora. Como parte de los 900 bolívares que costaba la inscripción por un año académico, los estudiantes recibíamos un talonario de tiques con el cual podíamos abordar las unidades de transporte que partían del Centro Simón Bolívar, desde la curva frente a la iglesia de Santa Teresa, con destino a la plaza del Rectorado. Yo salía a las seis de la mañana y bajaba a pie hasta la parada del autobús; mi ruta incluía una visita al café de unos chinos que quedaba casi en la esquina de Principal, en donde por medio real me comía una empanada. Creo que un cafecito de perol (no de máquina) costaba una locha, pero en ese entonces yo no bebía café. Las clases empezaban a las siete de la mañana y no recuerdo haber llegado nunca tarde. De regreso caminaba desde el centro hasta la esquina de Carmelitas, donde tomaba el autobús amarillo de San Ruperto o el blanco y verde de la Puerta de Caracas, los cuales me dejaban en la esquina de Tajamar, a tres cuadras de la casa. Con las clases concentradas en las horas matutinas, casi siempre podía almorzar en la casa de los abuelos y si no, la alterativa era el comedor estudiantil de la UCV, en donde se pagaba un bolívar que no era una cantidad despreciable, ya que el tipo de cambio era de 3.35 por dólar. De noche los universitarios aprovechábamos que las luces de la pérgola exterior del Mercado Libre de La Pastora las dejaban encendidas y ahí nos instalábamos a estudiar y a hablar un poco de paja.
En agosto de 1958, cuando iba a comenzar el segundo año de ingeniería, mi familia se mudó de San Juan de los Morros para Caracas y nos instalamos en un apartamento de Los Rosales, en el cruce de las avenidas Roosevelt y María Teresa Toro, a unas doce cuadras llaneras de la Facultad de Ingeniería. La ida, en bajadita, era de nuevo a pie y el regreso lo hacía inicialmente en las unidades anaranjadas de la Circunvalación tres, la cuales abordaba en la salida de Las Tres Gracias. El pasaje, en todos los autobuses que he mencionado costaba medio real (Bs. 0.25). Como por las tardes las clases o los laboratorios no empezaban tan temprano, casi siempre iba a almorzar a la casa. Al principio de ese año escolar le pregunté al gocho Hugo Molina Sánchez, un compañero de estudios que vivía por la avenida Victoria, la hora a la cual se iba a regresar, para irnos en el mismo autobús. Hugo me dijo que él se iba en cola con el catirito del Volkswagen. En ese momento se apareció por el pasillo Luis Ernesto Christiansen y el gocho me lo presentó. El catire Christiansen vivía en El Paraíso, al final de la avenida San Martín, frente al lugar donde ahora están las instalaciones del Bloque De Armas y se regresaba para su casa por la cota 905, pasando por la avenida Victoria. Ese día no sólo logré regresar más rápido al apartamento, sino que marcó el inicio de una gran amistad con quien luego seria mi ahijado y mi compañero de tesis junto con Gonzalo Van der Dys, a quien también conocí en segundo año de ingeniería. De noche el catire pasaba a buscarme por el apartamento para ir a estudiar. Como mi papá odiaba que tocaran corneta para llamar a la gente, el catire me notificaba su llegada con una breve aceleración del motor. Nos íbamos a la UCV y nos instalábamos, en sendas sillitas plegables de lona, en los pasillos adyacentes al Aula Magna. Amén de los libros, cuadernos y hojas en blanco, un radio portátil nos hacía compañía, ya que aprendimos a estudiar sin exigir comodidades tales como un lugar silencioso; más bien, nosotros poníamos el acompañamiento de la música. Quizás este entrenamiento me ha permitido poder dictar clases sin mayores problemas a tempranas horas de la mañana, cuando el ambiente se impregna con el ruido ensordecedor de las máquinas que cortan los amplios espacios de grama de la USB, o cuando los estudiantes que esperan afuera la llegada de sus profesores inundan de ruido los resonantes pasillos. A veces estudiábamos en la Biblioteca Central, no para usar los libros sino para aprovechar las amplias mesas que generalmente estaban desocupadas. Los fines de semana estudiábamos, en medio de una frondosa vegetación, en las instalaciones del Jardín Botánico.
En enero de 1963 llegué a Chicago a emprender estudios conducentes a una maestría en ingeniería eléctrica, después de haber estado un trimestre tratando de aprender inglés en el Queens College de Nueva York. Lo que más me impactó al empezar a desenvolverme en los predios del Illinois Institute of Technology, fue la forma en la cual el tiempo me rendía. En primer lugar estaba residenciado (room and board) en los dormitorios del propio instituto, así que el salón de clases más lejano me quedaba a unas cinco cuadras. En segundo lugar, todos los libros de texto de los cursos que tomé se podían adquirir en el Commons, una edificación de una planta adyacente al dormitorio, en la cual funcionaba una pequeña librería, una barbería, una farmacia, un consultorio médico, un supermercado y un cafetín en el cual vendían pancakes, esas deliciosas tortas fritas que en Venezuela llamamos panquecas. En el cuarto del dormitorio había una mesa en la cual los dos compañeros nos sentábamos el uno frente al otro a estudiar, pero más que todo a hacer tareas que parece ser el método de aprendizaje preferido en el norte. El cuarto lo compartí durante el semestre de enero a junio con Rama Shankar Singh, un estudiante procedente de Bombay que estaba sacando su doctorado en física; luego mi “room mate” fue Clayton Smith, un catire gringo que venía de la vecina ciudad de Green Bay, que es conocida más que todo por ser la sede de los "Packers", famoso equipo del fútbol americano. Smith estaba empezando sus estudios de postgrado en matemáticas y al final del semestre contrajo nupcias, mudándose al dormitorio de los casados. Durante mi último semestre me tocó como compañero un estudiante de la licenciatura en ingeniería mecánica que procedía de Madrás y llevaba cierto tiempo en los Estados Unidos. Este sujeto, cuyo nombre no recuerdo quizás por lo engreído que era, se las daba de escritor y se molestaba en grado sumo cuando irrumpía por el cuarto Basawaptna R. Ganesh, un compañero mío en la maestría que con cierta frecuencia iba a verme para despejar dudas.
A cincuenta años de distancia del inicio de mis estudios universitaria en Venezuela y a cuarenta y cinco de mi experiencia en los Estados Unidos, me gustaría comparar mi vida estudiantil con las peripecias de un estudiante de la Universidad Simón Bolívar. Pensando que va a estar muy cerca de la Universidad, el estudiante proveniente del interior alquila un cuarto en una residencia de la urbanización Piedra Azul. Para ir a la universidad tiene que abordar una de las unidades del transporte estudiantil, ya que no hay ningún otro tipo de transporte público hacia Sartenejas. Las camionetas que van hacia Hoyo de la Puerta, aparte de que vienen llenas desde Baruta, sólo lo dejarían en la puerta de salida de la universidad, bastante lejos de todas las áreas académicas. Irse en cola es una misión casi imposible, ya que la mayoría de sus compañeros no tienen vehículo y la probabilidad de encontrar un conductor que, dentro del universo de sus conocidos, vaya para la USB desde Manzanares o desde Baruta, es bastante reducida. Si no llega a la parada antes de las 6:20 a.m. la espera se le hará eterna, ya que después de esa hora los pequeños autobuses pasan repletos de estudiantes que los abordaron en la parada de La Trinidad y si acaso quedan puestos vacíos, estos se completan en la parada de Baruta. De paso, la parada de Piedra Azul ha sido ubicada, por razones de seguridad, en las inmediaciones del Liceo Alejo Fortique. A unos diez metros se encuentran varios contenedores que acumulan la basura del barrio La Palomera; más de una vez uno de estos contenedores ha sido desplazado hacia la propia parada y los pasajeros tienen que montarse en las unidades en el medio de la calle. Así que los estudiantes tienen que fruncir la nariz, no sólo por la desagradable espera sino para tratar de filtrar los nauseabundos olores.
Almorzar en Sartenejas es toda una odisea, ya se trate de estudiantes, profesores, obreros o empleados. Si el estudiante sólo está libre en las horas pico, tendrá que calarse una larga cola en el comedor del MYS o en el remoto comedor de la Casa del Estudiante, con los consabidos problemas de los coleados, llegarse hasta el Subway (donde también hay que hacer cola) o echarse una bala fría en la proveeduría estudiantil, en el Acuario o en el Ampere. Regresarse por las tardes no es más fácil que venir por las mañanas, la única diferencia es que en la residencia no debe llegar a una hora determinada. Para abordar un autobús tiene que hacer una larga cola, a veces personalmente o a veces delegando la responsabilidad en el morral de los libros y cuadernos. A pesar de que las horas de salida de los estudiantes son aleatorias, la situación del transporte se agrava ya que por razones de seguridad las unidades no admiten pasajeros de pie, para no tener vehículos sobrecargados en las fuertes pendientes de las bajadas, bien sea por Baruta o por Tazón. Si por alguna razón el estudiante tiene que ir a la universidad después del mediodía, deberá hacerlo antes de las 2:30 p.m. A pesar de que los autobuses circulan hasta bien entrada la noche regresando estudiantes hacia La Trinidad y Baruta, no recogen pasajeros hacia la universidad después de la hora señalada. Si bien por las mañanas los estudiantes que van sentados tratan de repasar sus notas de clases o consultar sus libros de texto, el interminable regreso en horas de la noche es una completa pérdida de tiempo. Y si a alguno se lo ocurre comprarse un vehículo, igual tendrá que llegar bien temprano para poder encontrar dónde estacionarse. Y si no puede escaparse antes de las 4:00 p.m. tendrá que aprender a incorporarse a una vía llena de carros, muchas veces atravesándose en la vía y recibiendo recuerdos para su progenitora.
sábado 17 de noviembre de 2007
Malapropismos y Yoguismos
Se denomina malapropismo al error que se produce cuando, en forma involuntaria o a propósito, el hablante utiliza una palabra o sonido en lugar de otro, bien por confusión, bien porque hay una semejanza fonética que induce al lapsus linguae o al juego de palabras. El error puede deberse a la ultracorrección («Chacado» en vez de «Chacao», a la etimología popular («balandronada» por «baladronada», «antena paranoica» por «antena parabólica») o a otras causas («estar entre la espalda y la pared», «rascarse las vestiduras»). El término proviene de la señora Malaprop, personaje de la comedia The Rivals (Los rivales) escrita por el inglés Richard Brinsley Sheridan y estrenada en 1775. Sheridan sacó el apellido del francés «Mal à propos», mal a propósito. La buena mujer, prototipo de habladora descarada y con ínfulas pero carente de toda formación, adquirió tanta notoriedad que dio origen a la voz «malapropism», consolidada en la lengua inglesa y que gradualmente va encontrando su acomodo en el idioma español. Vamos a estudiar a la discoteca, Matar es un pescado grave, Hay que cuidar el miedo ambiente y Dar una de sal y una de arena son algunos ejemplos. En esta área, Lawrence Peter Yogui Berra es uno de los personajes famosos no sólo por el uso de malapropismos, sino de muchas construcciones divertidas.
Los amantes del béisbol saben que Yogui Berra es un jugador que se retiró hace ya muchos años y que es miembro del Salón de la Fama desde 1972. Berra, hijo de un inmigrante italiano que se ganaba la vida como albañil, nació el 12 de mayo de 1925 en una vecindad pobre y ruda de San Luis, la tierra de los Cardenales. Su apodo se lo puso un amigo que le dijo que se parecía a un hindú sagrado (yogui). Cuando llegó a Nueva York muchos dijeron que era demasiado feo para ser parte del equipo de los Yankees. Uno de los técnicos del equipo lo llamaba el mono y sus mismos compañeros lo saludaban colgándose con un brazo del techo del dogout. Torpe al principio, su arduo trabajo lo llevó a ser un excelente receptor; bateaba a la zurda y lanzaba a la derecha. Jugó con los Yankees de Nueva York durante dieciocho temporadas, lapso en el cual el equipo fue campeón de la Liga Americana catorce veces y ganó diez veces la serie mundial. Pero su fama le viene por los disparates verbales que creó, los cuales han sido bautizados como yoguismos. No son simplemente estupideces, actos fallidos, confusiones, lapsos mentales o consecuencias de la ignorancia. Como se verá en los ejemplos que siguen, la mayoría de los yoguismos son juegos de palabra agudos e inteligentes. Prueba de que Yogui Berra no tiene un pelo de tonto, es que todavía a estas alturas del juego le ha sacado punta a sus dichos en las campañas publicitarias de la compañía aseguradora Aflac; en una cuña ponen en su boca la frase: Y te dan dinero contante y sonante, que es tan bueno como el efectivo.
Cuando le preguntaron en los entrenamientos de primavera acerca del tamaño de su gorra, dijo: “No lo sé, todavía no estoy en forma”
En referencia a una película de Steve McQueen: "Ha debido hacerla antes de morir."
Cuando la esposa del alcalde de Nueva York John V. Lindsay le dijo que se veía fresco, a pesar del calor reinante: “Tampoco usted parece tan caliente”
”El juego no se termina hasta que se acaba”
"Nunca conteste un carta anónima"
"Normalmente tomo un siesta de dos horas, de la una a las cuatro”
"Es, otra vez, un deja vu"
”Cuando llegue a una bifurcación en la carretera, tómela”
”Realmente no dije lo que dije”
”Viendo se puede observar mucho”
Cuando le preguntaron la hora, respondió:......" ¿en este momento?”
En el día de Yogui Berra en San Luis en 1947 " Quiero agradecerles por hacer este día necesario”
”Si el mundo fuera perfecto, no sería”
”Si la gente no quiere venir al estadio de béisbol, nadie se lo va a impedir”
Cuando los Yankees perdieron la serie de 1960 con los Piratas de Pittsburgh: "Hicimos demasiados errores equivocados"
”El futuro ya no es lo que era”
"Aquí se hace tarde temprano”
Cuando le preguntaron que haría si se encontrara un millón de dólares: "Buscaría al tipo que lo perdió y, si es pobre, se lo devolvería”
"¡Piensa! ¿Cómo diablos puedes pensar y batear a la vez?”
"Debes andar con cuidado si no sabes adonde vas, porque puede que no llegues”
"Sabía que iba a tomar el tren equivocado, así que salí temprano."
"Si no sabes adonde vas, terminarás en algún otro sitio."
"Si no puedes imitarlo, no lo copies"
Cuando le preguntaron como quería su pizza: "Mejor córtala en cuatro pedazos, porque no tengo hambre suficiente como para comerme seis pedazos."
"El béisbol es noventa por ciento mental, la otra mitad es física."
"Fue imposible iniciar una conversación; todo el mundo hablaba demasiado."
"¿Una mala racha? No estoy en una mala racha, simplemente no estoy bateando."
"Ya nadie va a ese sitio; está demasiado lleno."
Una vez su esposa Carmen le preguntó:, "Yogui, tu eres de San Luis, vivimos en Nueva Jersey, y tu jugaste en Nueva York. Si tú mueres primero: ¿Dónde quieres que te entierre?” La respuesta de Yogui: “Sorpréndeme”
”Si das el cien por ciento en la primera mitad del juego y no es suficiente, en la segunda mitad darás lo que te queda."
Sobre el golf: "Noventa por ciento de los putts que se quedan cortos, no entran."
Durante una campaña electoral donde George Bush padre dijo que Texas era un estado importante: "Texas tiene bastantes votos eléctricos."
"Siempre pensé que ese record se mantendría hasta que lo rompieran."
"¿Para qué comprar buenas maletas? Sólo las usas cuando viajas."
"Los otros equipos pueden causarnos problemas si nos ganan"
Siendo mánager de los Yankees, estos adquirieron al veloz Ricky Henderson y dijo: "Puede correr cuando quiera, le he dado luz roja”
"Nunca me culpo cuando no le estoy pegando bien a la bola, culpo a mi bate y si la cosa sigue, cambio de bate. Después de todo, si sé que no es mi falta que falle, no puedo molestarme conmigo mismo. "
"Hay que asistir al funeral de los amigos; si no, ellos no irán al tuyo."
"No es el calor, es la humildad."
Esta última frase, al igual que la de los votos eléctricos, son malapropismos. En la televisión venezolana, esta fue la especialidad en Hay amores que matan del personaje de María Solita, una bella adolescente muy ingenua interpretada en forma excelente por Ámbar Díaz. Y que se puede decir de El Chunior de la Radio Rochela, que todavía y gracias al cable nos entretiene hablándonos de Don Quijote, la obra inmoral de Cervantes. Este locutor representa a la inmensa cantidad de gente que usan palabras como "Indiosincracia", "Ministro de Pronunciación", "Defensor del puesto" y muchas frases más no tan inocentes como parecen. Poco de inocencia hay también en los algoritmos que han transmutado los términos Infernal y Carroña en apellidos. A continuación una historia cómica plagada de malapropismos, tomada de la red y citada en las referencias.
Una pareja va al ginecólogo, y dice el marido: Mire doctor, es que tenemos un problema, es que mi mujer y yo queremos tener condescendencia y no podemos. No sabemos si es porque soy omnipotente o porque mi mujer es esmeril. Antes hemos ido a otro doctor y nos dijo que mi mujer tenía la vajilla rota y la emperatriz subida y, como además la operaron de la basílica balear, no sabemos si eso puede influir. Y también a mí hace años me operaron de la protesta y a lo mejor me han quedado escuelas en el cuerpo. En la consulta de ese doctor le hicieron una coreografía a mi mujer y no vieron nada raro, y eso que las máquinas eran muy modernas, con ordeñadores conectados a una antena paranoica y todo. Nos recomendó que hiciéramos el cojito; y 15 días ella y 15 días yo haciendo el cojito, pero, nada. Nos recomendó hacer vida marítima y nos fuimos de viaje por la costa y hasta compramos una barquita, pero nada. Además a mi mujer le nació un féretro muerto cuando tuvo un alboroto hace ya tiempo, y a lo mejor eso ha influido. Pero yo creo que mi mujer es frigorífica, porque nunca llega al orégano.
Y contesta el ginecólogo con sorna:
A ver si va usted a tener un problema de especulación atroz.
Referencias:
Stephen Hanks et al: "150 Years of Baseball" Publications International. Lincolnwood, Illinois. 1989. Pag. 288
Geoffrey C. Ward y Ken Burns: "Baseball, An Illustrated History" Alfred A. Knopf. New York, 2000. Páginas 313-315.
Juego de palabras: Malapropismos. http://romera.blogalia.com/historias/25347
Malapropismos. http://www.google.co.ve/search?q=malapropismo&ie=utf-8&oe=utf-8&aq=t&rls=org.mozilla:es-ES:official&client=firefox-a
El Chunior – Radio Rochela. http://ajordanah.primera-clase.com/index.php/2007/08/19/el-chunior-radio-rochela/
domingo 26 de agosto de 2007
Todos éramos de izquierda

En 1979, cuando estaba de año sabático en el Instituto Tecnológico de Georgia, mi vecina en La Vista Villas –una señora mayor de origen griego – me dijo que había que sacar a patadas al presidente Carter de la Casa Blanca. Al indagar sobre las razones en las cuales ella sustentaba su drástica posición, me dijo que bien se lo merecía, por haberle entregado el canal de Panamá a los panameños. Bastó que le preguntara “Whose channel?” (¿el canal de quién?) para que mirándome como gallina que ve sal, diera por terminada nuestra conversación. No sé si salió a comentar con las otras viejitas del condominio o con sus hijos, que tras la apacible figura de su vecino se ocultaba otro comunista más. Igual me sucedió en Chicago cuando estaba estudiando postgrado, me tenían por comunista por haber leído la Fábula del Tiburón y las Sardinas del ex presidente de Guatemala Juan José Arévalo. No hay que olvidar que por esta obra, al padre de la democracia guatemalteca también lo tildaron de comunista. Poca gracia le hacía a mis amigos gringos que su poderosa nación fuera comparada con un tiburón, listo para engullirse a los pequeños países de América Central. 
Como la izquierda venezolana fue el baluarte de la lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, a su caída casi todos los estudiantes universitarios nos identificábamos con esa corriente política. Por eso, cuando al Vicepresidente Richard Nixon se ocurre incluir a Venezuela en su gira por Sudamérica, el rechazo por parte del estudiantado fue multitudinario. Lo menos que se puede decir de esa visita del 13 de mayo de 1958, a tan corta distancia del derrocamiento de Pérez Jiménez, es que fue bien inoportuna. Ese día fue la primera vez que yo me fui a pie desde la plaza del Rectorado hasta mi casa de habitación en la parroquia La Pastora. En mi periplo vital he caminado distancias aun mayores, pero nunca como aquella vez, al compás de las bombas lacrimógenas. Bajo las consignas de abajo el imperialismo yanqui, de que ni son naranjas ni son limones, son del petróleo las restricciones en donde se hacía un juego de palabras con el apellido del indeseado visitante y de que Nixon no entrará al Panteón, marchamos desde la Universidad Central hasta el Panteón Nacional. Allá, en el límite entre las parroquias de Altagracia y de La Pastora, recibimos nuestro bautizo de fuego con los gases asfixiantes que lanzaban los uniformados y que aprendimos a combatir respirando a través de los pañuelos mojados en vinagre. Era tal la euforia que al final de la jornada, cuando los que vivíamos hacia San José y La Pastora pasamos frente al cuartel San Carlos, les gritábamos improperios a los pobres soldaditos que estaban tras las alambradas. Pero Nixon nunca realizó su planeada visita al Panteón. A la altura de la avenida Sucre la comitiva fue atacada, cambiándole la cara a lo que se esperaba fuera un paseo triunfal por Caracas. El automóvil que transportaba a Nixon fue golpeado repetidas veces, como lo muestran las fotos que ilustran esta crónica y el vicepresidente se libró por muy poco de ser agredido. El vicealmirante Larrazábal se vio obligado a presentarse en la embajada americana para ofrecerle disculpas a Nixon. Por aquello de que la excepción confirma la regla, una delegación estudiantil integrada por Fernando Lluberes y Conrado Araujo, también presentó sus excusas al Vicepresidente Estadounidense. De esto último hay una histórica foto de la cual no he podido obtener una copia. Muchos le dicen a Conrado que ha debido usar tal fotografía para conseguirse por lo menos una beca bajo la administración de Nixon. En defensa de mis dos amigos, uno de ellos prematuramente fallecido, diré que algunos destacados líderes de la izquierda de ese entonces hoy son prominentes miembros de lo que se conoce como la extrema derecha, corroborando aquello de graduar a un comunista es la manera más fácil de convertirlo en capitalista. Aprovecho que he hablado de fotos, para hacer referencia a una que fue usada (mas no tomada) en la misma época. 
Cuando el antioqueño Alfredo Lamus Rodríguez y su esposa Lucrecia llegan a San Juan de los Morros a principios de 1953, a dar clases en el Liceo Roscio, no sé si habían emigrado antes y venían de otra parte de Venezuela, o si su éxodo coincidió con la crisis que se generó en Colombia a finales de 1952. En 1951 el presidente conservador Laureano Gómez sufre una trombosis y el Congreso de la República nombra presidente encargado a Roberto Urdaneta Arbeláez. A finales de 1952, Urdaneta nombra comandante general de las Fuerzas Armadas de Colombia al general Gustavo Rojas Pinilla, designación que no es del agrado de Gómez y la situación empieza a enturbiarse en el vecino país. En San Juan de los Morros Castor Urbina, quien era funcionario del gobierno estadal y profesor de Latín y Raíces Griegas en el Liceo Roscio, es designado a finales de 1952 representante por el estado Guárico ante la Asamblea Constituyente de los Estados Unidos de Venezuela, junto con Luis Acosta Rodríguez y Mercedes Hernández. Este cuerpo terminó decretando, el 15 de abril de 1953, la Constitución que fue refrendada por Marcos Pérez Jiménez. La esposa del profesor Urbina, Celia Ortiz de Urbina, se traslada a Caracas con él. Ella, que nos daba Inglés en primer año, es reemplazada por Lucrecia de Lamus. A finales de 1957 Rojas Pinilla, para entonces dictador de Colombia, es obligado a renunciar y el liberal Alberto Lleras Camargo asume la presidencia de Colombia. El profesor Lamus, que ya no trabajaba en el Liceo Roscio, viaja a Colombia por carretera, acompañado por un grupo de estudiantes de San Juan de los Morros. El grupo llevaba como único pasaporte, una fotografía donde aparecía el Dr. Lamus en compañía del nuevo presidente de Colombia. Barrunto que la foto quizás correspondía al breve periodo presidencial que entre 1945 y 1946 ejerciera Lleras Camargo. El pasaporte funcionó, cosa que me hace recordar la frase de Luis Herrera Campins en tiempos de su presidencia, de que nosotros no declaramos sino que nos retratamos. Esta máxima la utilizan a plena capacidad muchos candidatos a cargos políticos. También y para terminar en el tono con el cual comenzamos, en el territorio de los Estados Unidos se ve a muchos jóvenes gringos llevando una franela con la efigie del Che Guevara y no les queda nada mal, porque están en la edad adecuada para tener sarampión.
miércoles 22 de agosto de 2007
Los estudiantes contra la dictadura
En 1952, cuando la Junta de Gobierno permite que se lleve a cabo la convocatoria a representantes de una Asamblea Nacional Constituyente, el objetivo primordial no era exactamente la elaboración de una nueva constitución, sino el hecho de que dicha Asamblea elegiría al Presidente Constitucional para el periodo 1953-1958. Como los resultados no favorecieron al gobierno, estos fueron invertidos, fraguándose así un nuevo golpe de estado. Ese clima político, sustentado en un fraude, era el que se había vivido en Venezuela por casi cinco años cuando yo ingresé a la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela en septiembre de 1957. En ese entonces yo no había participado ni mucho menos dirigido acción política alguna, ya que había estudiado los primeros cuatro años de bachillerato en San Juan de los Morros bajo una férrea supervisión paterna y cuando curso el quinto año en Caracas en el liceo Carlos Soublette, lo hago bajo la amenaza de una caución que mi anciano abuelo fue obligado a firmar, en la cual se hacía responsable de mi conducta.
En primer año de ingeniería, entre repitientes y nuevos éramos más de trescientos estudiantes, repartidos teóricamente en tres secciones, cada una con más de cien alumnos. Las clases de Química las recibíamos todas las secciones juntas, en el auditorio del edificio de Geología, Minas y Metalurgia e igual sucedía con las de Física, pero ahí estábamos divididos en dos grupos a cargo de un mismo profesor. El jueves 21 de noviembre de 1957 teníamos dos horas de clase seguidas a primera hora, en el auditorio antes mencionado. La exposición del profesor fue interrumpida casi al final por unos gritos que provenían del flanco oeste. Al salir por las escaleras vimos en el espacio entre el edificio donde estábamos y el auditorio de la Facultad de Ingeniería, en medio de un gran revuelo y de un coro de voces que llamaban a la huelga, a un estudiante de otra facultad que después supe que se trataba de Américo Martín, trepado sobre una improvisada plataforma arengando a los presentes. El meollo de la protesta era el plebiscito propuesto por Pérez Jiménez el 4 de noviembre de ese año y aprobado por el Consejo Supremo Electoral el 17 del mismo mes. A pesar de la rígida censura que imperaba en todos los medios de comunicación y de la presencia en los más impensados rincones de los temibles funcionarios de la Seguridad Nacional la juventud, sin distinción de toldas políticas, se había lanzado a manifestar abiertamente contra la dictadura. En lugar de curarse en salud siguiendo las palabras de Otto von Bismarck, de que con las leyes pasa como con las salchichas, es mejor no ver como se hacen, los estudiantes decidieron dejar oír su voz, ya que consideraban que el plebiscito no era más que un nuevo fraude orquestado por el dictador, una señal inequívoca del temor que tenía el régimen de contarse de nuevo a través de elecciones. En ese momento no pensé en otra cosa sino en abandonar lo antes posible el recinto universitario A continuación narro mis vivencias en torno a ese día, ampliadas por los testimonios orales de tres de los protagonistas: Max Contasti, Wolfgang Stockhausen y Douglas Figueroa. Los dos primeros estudiaban ingeniería aunque luego Max se cambió a sicología y Douglas lo hacía en la Escuela Técnica Industrial. Quizás para completar el panorama me haría falta obtener información de alguno de los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, quienes también se alzaron esa mañana en las instalaciones de la esquina de Tienda Honda.
Cruzando por el improvisado mitin, me dirigí hacia el edificio principal de la Facultad de Ingeniería por el sur, por la puerta donde quedaba el cafetín de Giuseppe. Llevaba como único equipaje una pequeña carpeta de tres argollas, en la cual tomaba los apuntes de todas las materias. Ya tenía en mente salir lo antes posible, pero temía que andar con una carpeta era como tener en la frente un sello que dijera estudiante. En eso me topé con un compañero de otra sección de primer año, a quien yo ya había visto en otras oportunidades en los pasillos enfrascado en candentes discusiones políticas; él se identificó como Narciso Planas y ofreció guardarme la carpeta en un locker metálico con candado que tenía debajo de las escaleras que estaban frente al cafetín. Que el gordo Planas tuviera un locker lo atribuí a su condición de dirigente estudiantil, pero luego yo mismo dispuse de esa facilidad, apelando al simple expediente de ponerle candado a uno de los lockers que estaban en la planta baja del edificio de Arquitectura, en la zona más cercana a Ingeniería. Luego de dejar la carpeta bajo llave, enfilé mis presurosos pasos hacia la salida más cercana, la de la plaza de Las Tres Gracias. Si de lo que se trataba era de salir ileso, tuve la suerte de haberme marchado bien temprano, porque un poco más tarde fue una misión casi imposible.
Alrededor de los 9:30 de la mañana un grupo de estudiantes interrumpió las deliberaciones de la Conferencia Internacional de Cardiología que se realizaba en las instalaciones de la Biblioteca Central, después de haber quebrado una amplia puerta de vidrio, la cual se convirtió en una especie de guillotina hasta que terminaron de caer los enormes fragmentos. Uno de los manifestantes dio un discurso en el sitio. Entre los médicos asistentes a la conferencia se encontraba el doctor José Francisco Torrealba, quien se dirigió a los estudiantes tratando sin éxito de calmar los ánimos. De las instalaciones de la biblioteca un nutrido grupo, formado más que todo por estudiantes de ingeniería según me cuentan Wolfgang y Max, se dirigió hacia el rectorado y luego, para hacer que la protesta trascendiera, salieron hacia la plaza Venezuela. Desde las ventanas de la residencia femenina, las muchachas saludaban y aupaban a los manifestantes. Cuando llegaron al puente sobre la autopista ya la policía, que venía desde la plaza Morelos, había llegado por la autopista y se habían estacionado bajo el puente. Los agentes empezaron a subir, siendo recibidos por una lluvia de piedras, que como siempre aparecieron por arte de magia y algunas de ellas dieron en el blanco, lo cual no deja de ser un eufemismo porque la mayoría de los policías eran negritos de las barriadas caraqueñas, aun cuando había algunos andinos. Muchos estudiantes decidieron replegarse corriendo hacia la Ciudad Universitaria y otros decidieron alcanzar la plaza Venezuela y salían como hormigas por la margen norte del río Guaire. De esto fui testigo visual a la altura de la estatua de Colón, desde el autobús anaranjado de la circunvalación tres que se dirigía al centro y que yo había abordado frente a Cars, en la salida de la plaza de Las Tres Gracias. En la rampa que va hacia la autopista, por donde ahora está el mural de Zapata, dos chicas dudaban entre seguir o devolverse ya que una de ellas, Max piensa que era la estudiante de economía Gladys Lander, se había torcido un tobillo. Wolfgang se detuvo a tratar de ayudarla y lo agarraron preso. Cuando estaba en la jaula que lo llevaría a las instalaciones de la Seguridad Nacional, uno de los policías lo reconoció como el autor de la pedrada que le había roto la cara y pugnaba por entrar a la jaula, pero los otros agentes no lo dejaron desquitarse. Al no ver a Wolfgang junto a él, Max sospechó que lo habían hecho preso. A la altura de las residencias las muchachas, entre ellas Imelda Rincón y Doris López, le daban agua con valeriana a los agotados manifestantes. Como muchos que tenían vehículo, Max decidió dejar estacionado su carro en la Universidad y salió a pie sin contratiempos en horas de la tarde por la plaza de Las Tres Gracias. De ahí fue a gestionar la libertad de Wolfgang, en compañía de Manolo Garabito y de un funcionario que ellos creían era de la Seguridad Nacional, el cual vivía en el mismo edificio que los Stockhausen en Los Totumos de El Cementerio. A eso de las siete de la noche, una comisión de doce miembros que seleccionó Gianfranco Incerpi, integrada entre otros por Rodolfo Schafernott, Pedro Vivas Bertier, Guillermo Domínguez, Emilio Santana y el propio Incerpi, fue a hablar con el rector Spósito Jiménez, para pedirle que gestionara la libertad de los estudiantes detenidos. Iban custodiados por un funcionario de la Seguridad Nacional de apellido Morantes. Mientras tanto en las instalaciones de la Seguridad Nacional el propio Pedro Estrada les preguntó a los detenidos acerca de lo que querían. Uno de ellos, o no entendió la pregunta o tenía el hambre hereje, porque dijo que querían tostadas. Les llevaron una bandeja con arepas rellenas y café pero ninguno quiso comer nada, pues alguien regó la bola de que las arepas estaban aderezadas con vidrio molido.
Esa misma mañana Douglas Figueroa, que había llegado dos meses antes desde el lejano pueblo de Río Caribe, estaba realizando las prácticas de Taller en la Escuela Técnica Industrial (ETI), enclavada dentro de la misma Ciudad Universitaria, en las instalaciones donde hoy funciona la Facultad de Ciencias. La ETI tenía su propia residencia estudiantil, y en ella se respiraba un ambiente de mucho orden, con una disciplina casi militar. Ese memorable día, la práctica estaba siendo supervisada desde su oficina por el profesor, a través de un vidrio con visión panorámica, parado y con los brazos cruzados, cual capataz de una fábrica, listo para llamar la atención a cualquier alumno distraído. De pronto el silencio se rompió y apareció un grupo de alumnas de la Universidad Central que habían logrado violentar el portón de la Escuela Técnica, neutralizar al cuerpo de vigilancia y entrar en grupos a las distintas aulas y talleres. Las que entraron al taller de Douglas se subieron a un mesón de trabajo y megáfono en mano empezaron a despotricar contra la dictadura de Pérez Jiménez. Douglas confiesa que su primera reacción fue de mucho miedo, alternando su mirada con vacilación entre las bellas jóvenes que los incitaban a salir a la calle y la cara de arrecho que no podía disimular el profesor. A Douglas lo que más le preocupaba en ese momento era que la Técnica había estado clausurada en años anteriores y el día de su inscripción, su representante tuvo que firmar una constancia que lo comprometía a permanecer ajeno a este tipo de situaciones.
Pese al fogoso discurso de las jóvenes, el miedo prevalecía entre los estudiantes y ninguno se atrevía a moverse de su sitio, ni a soltar las herramientas de trabajo. Hubo momentos de tensión e indecisión hasta que una de las chicas, dotada de una atractiva figura, apeló a un recurso muy conocido e infalible para persuadir a una audiencia de puros hombres: se levantó su linda falda y enseñó casi todo. Pero no era para el disfrute de aquellos adolescentes, pues al mismo tiempo les gritaba, enfurecida: ¡Gallinas, cuerda de culillúos, esta pantaleta que ven aquí la deberían llevar ustedes! En cuestión de minutos, y sin darse cuenta, todos los estudiantes se encontraban en la avenida Roosevelt, rumbo a la Escuela Normal Gran Colombia en el Prado de María. El entusiasmo y la algarabía les duró lo que dura un peo en un chinchorro, pues al llegar a la altura de la plaza Tiuna, el pánico cundió cuando vieron llegar de todas partes numerosas patrullas de las cuales salían los policías blandiendo rolos y peinillas. Despavoridos, cada quien escogió su mejor ruta de escape, pero desafortunadamente muchos de ellos cayeron presos y algunos fueron enviados a la siniestra Seguridad Nacional y no se les volvió a ver más. Douglas escapó metiéndose con otro compañero en un modesto restaurante en las adyacencias de la plaza Tiuna. Se sentaron en una mesa al fondo del local y como si no pasara nada ordenaron sendos mondongos, a dos bolívares el plato. Les acababan de servir la sopa que habían pedido, cuando la policía hizo acto de presencia en la puerta del local. Douglas y su amigo sintieron que estaban perdidos, ya que sus uniformes color beige de la ETI los delataban. El dueño, un señor italiano, le dijo a los gendarmes que esos muchachos eran clientes habituales, que estaban sentados ahí antes de que llegara la manifestación estudiantil. Por suerte los policías desistieron y se marcharon inmediatamente. Digo por suerte, ya que Douglas cuenta que cuando trató de llevarse el primer sorbo de sopa a la boca, la mano le temblaba tanto que le resultó imposible hacerlo.
No he podido precisar si fue al día siguiente cuando se produjo el asalto la Ciudad Universitaria por parte de funcionarios de la policía y de la Seguridad Nacional. Max sospecha que no fue el viernes 22, pues él pudo sacar ese día su vehículo del área universitaria. Además, el día del allanamiento él huyó hasta la iglesia de San Pedro en el carro de un amigo por la entrada del Hospital Clínico, apretujado con otros compañeros. La represión fue exacerbada por el intento de linchamiento por parte de los estudiantes de algunos funcionarios de la Seguridad Nacional. Resultaron detenidos más de 200 personas, entre estudiantes y algunos profesores. Al joven profesor de ingeniería Héctor Isava le metieron un peinillazo en un brazo cuando salió en defensa de los estudiantes. Wolfgang estuvo preso cinco días en la plaza Morelos y fue liberado tras las gestiones del embajador de Alemania, pero había sido botado de por vida de la Universidad Central. A raíz de los sucesos yo me fui para San Juan de los Morros, sin tener ninguna noticia oficial sobre la posible reanudación de las clases. El director de la Escuela Técnica Industrial por su parte había anunciado la suspensión de las clases hasta enero. Cuando los muchachos de la Técnica regresaron en enero, encontraron en el portón de la Escuela una larga lista de estudiantes botados, donde se esgrimían razones de bajo rendimiento. En la sección de Douglas, de 60 estudiantes sólo quedaron unos 35. Indudablemente que las acciones de los estudiantes fueron un detonante en la caída del dictador Pérez Jiménez. Al conmemorarse el primer año de los acontecimientos de la Ciudad Universitaria y como un homenaje a los estudiantes que tuvieron el valor de luchar por sus ideales de libertad y democracia el profesor Edgar Sanabria, en su condición de presidente de la Junta de Gobierno de la República de Venezuela, firmó el decreto mediante el cual quedó establecido el 21 de noviembre como el Día del Estudiante Universitario.
jueves 9 de agosto de 2007
La militarización del Fermín Toro
Ante la resonancia inmediata que en el Palacio de Miraflores tenían los disturbios estudiantiles del vecino Liceo Fermín Toro, la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez apeló al sencillo expediente de clausurarlo. Así, cuando en julio de 1956 aprobé el año más avanzado que se dictaba en el Liceo Roscio de San Juan de los Morros, el cuarto año, encontré cerradas las puertas de la institución que me correspondía de acuerdo a la zonificación educativa. Porque debía emigrar de la bucólica capital del Estado Guárico para culminar la secundaria y la escogencia obligada fue Caracas, donde mis abuelos maternos me habían apartado un rinconcito en su modesta vivienda de Gloria a Sucre 23, en la parroquia La Pastora.
Ingresar a alguno de los pocos colegios privados de prestigio que ya existían en ese entonces en la capital, fue algo que jamás se consideró en el círculo familiar dado lo exiguo de nuestros recursos económicos. Además, los liceos de mayor fama, los de probada excelencia, eran los del sector público. De tal suerte, nada más lógico que a falta del Fermín Toro, dirigiera mis pasos, concentrara todos mis esfuerzos, en conseguir cupo en el Andrés Bello o en el Liceo de Aplicación, búsqueda que pronto se tornó en desesperación. Finalmente, después de haber gastado más de una madrugada en una infructífera cola, nos enteramos que el Ministerio de Educación estaba ubicando a los sin cupo de cuarto y quinto año de bachillerato en una pequeña quinta en San Bernardino, en el llamado Liceo Provisional Nº 2. Para lograr que nos admitieran, nuestros padres o representantes se vieron obligados a firmar una especie de caución, en la cual se responsabilizaban por la buena conducta y el acato a las leyes de nosotros. La rúbrica que respaldó mi ingreso fue la de mi ya anciano y querido abuelo Julio César Rodríguez.
A pesar de lo poco atractivo del nombre de la institución, del evidente hacinamiento, de la carencia de cualquier tipo de instalación deportiva, pronto descubrimos que disfrutábamos de un cuerpo docente de primera línea. La razón era bastante sencilla: los profesores del Fermín Toro habían sido transplantados, sin aviso ni protesto, al nuevo liceo. Allí estaban Rodolfo Loero Arismendi dictando Mineralogía y Geología, la Física y su improvisado laboratorio estaba a cargo de Humberto Saldeño, igual hacía en Química el profesor Antonini, el curso de Matemáticas lo daba Adelsa Romero y los profesores Rodríguez y Pacheco, cuyos primeros nombres no recuerdo, dictaban respectivamente Dibujo e Inglés. Cuando durante los primeros meses de actividad se le cambió el nombre por el de Liceo Carlos Soublette, en honor a las innegables virtudes ciudadanas del general y presidente guaireño, la dictadura había logrado, quizás inconscientemente, la pacificación del Fermín Toro a través de una sutil militarización.
En liceo Soublette obtuve en 1957 mi título de Bachiller en Física y Matemáticas, que fue la primera y única vez que en el país se entregó un título con tal denominación. En las aulas de San Bernardino conocí a Abraham Abreu, vecino de La Pastora que estudiaba Humanidades y a muchos que emprendieron la carrera de ingeniería en la UCV, como el prematuramente fallecido Raúl Leoni Flores, Ángel Guillermo Cazorla, José Machiques Ferrer, Moisés Niremberg, Jean Piero Spitaleri, Sandro Fontana, Pastor Gerardo Lucena, el maracucho Lionel Paz, Simón Waksol y algún otro que seguramente se me escapa de la memoria. Mario Vignali estudió Geología mientras que Alfredo Sutil, Pilín, cursó arquitectura y nadie se imaginaba que bajo su apacible apariencia se ocultara el auténtico revolucionario que fue en la Universidad Central. Vale la pena mencionar que durante el año que pasamos en el Soublette no hubo alteraciones del orden ni manifestaciones de la característica rebeldía de los jóvenes, quizás por aquello de la caución o más bien por el tenso clima político que se vivía en Venezuela, un equilibrio inestable que se rompería el año siguiente.
Hoy, a cincuenta y un años de distancia y a pesar de la difícil situación económica que vivimos, las familias presupuestan primero el pago del colegio de los muchachos y luego hacen los recortes a que haya lugar. Nadie se desvela por conseguir un cupo en los liceos del sector público, ante la perspectiva de que sus docentes tengan que protestar por sus reivindicaciones y que las aulas puedan a menudo estar cerradas. La buena reputación hace muchos años que cambió de residencia, triste e irreversible realidad que me lleva a reflexionar brevemente sobre el futuro de la educación superior. Si en los presentes momentos nadie discute la calidad de la enseñanza que se imparte en las universidades públicas, prestigio que se hace manifiesto en la amplia aceptación de sus egresados en los diversos mercados laborales y en los postgrados de todo el orbe, nos preocupa que en un futuro no muy lejano también se inviertan los papeles. Temo que el orgullo de ser, por ejemplo, uesebista se pierda, bajo la consigna de una educación superior igualitaria, que sólo puede lograse nivelando hacia abajo, que el éxodo de los mejores estudiantes, que actualmente es hacia universidades extranjeras y no en forma masiva, ocurra hacia las universidades privadas, si es que sobreviven, y que para las clases más desposeídas de nuestra joven nación sólo quede como único refugio las ruinas de la otrora resplandeciente educación universitaria pública.
sábado 4 de agosto de 2007
Del Cuquero y sus alrededores
Cuando en 1974 Lorenzo Fernández fue candidato presidencial de COPEI, yo ya llevaba siete años siendo socio del Diners Club y siempre recibía la tarjeta de crédito con mi nombre perfectamente troquelado. Pero ese noviembre me llegó a nombre de Luis Lorenzo, lo cual indica que muchas veces uno no lee lo que está escrito y oye algo distinto a lo que le dicen. Ese es el secreto de muchos de los que se dicen políglotas y hablan bajito, para que el cerebro del interlocutor complete el discurso. En el caso del dinero plástico la distorsión vino por la intensidad de la campaña política, pero no es de eso de lo que quiero hablar, sino del sobrenombre y sus alrededores. Para ello arranco con lo que le pasó al amigo Isidro Alonso, quien se quejaba de que Gamaliel González en vez de contestarle la pregunta que la había hecho por el celular, lo había mandado a hablar con la OEA. Pero si Gamaliel hubiera dicho Comiquita en vez de Ojeda, otro gallo habría cantado. Sin ánimo de ofender a nadie, al final doy una lista alfabética de casi todos los nombres que se corresponden a los apodos aquí mencionados, excluyendo los identificados a lo largo del texto.
Los sobrenombres es algo que acompaña a las personas toda la vida. En mi libro Entre Gigantes de Piedra, tengo un capítulo dedicado a este inagotable tema. Cuando estudiábamos en la Universidad Central de Venezuela uno de los compañeros, Eduardo Sánchez Ramos, contrajo nupcias. Gustavo Tellería, alias Pío XII, llegó temprano a la fiesta y no vio ninguna cara conocida. Para que supieran que no era ningún coleado, lo único que se le ocurrió fue preguntar a lo anfitriones por Fefé, sin saber que ese remoquete era odiado por la familia de Eduardo. Mi profesor de dibujo en quinto año en el liceo Carlos Soublette se apellidaba Rodríguez, pero le decían manzanita, porque era extremadamente blanco y el frío de la Caracas de esos años le mantenía las mejillas rosadas. Pero si a algún despistado interiorano como el ñero Pablo Rodríguez se le ocurría preguntar cual era el nombre del profesor, Rodríguez Figuera (Firulai) saltaba a decirle que preguntara por el profesor Manzano.
Recién llegado yo a Amuay, me dieron la cola hacia la refinería en un carro donde iba de pasajero Ernesto Blanco. El conductor, creo que era Carlos Guillamón, a manera de presentación me pregunto que si yo conocía a Ernesto y yo contesté afirmativamente, diciendo que Coquito Blanco era el futbolista más famoso de todos los que alguna vez formaron parte del equipo de la Facultad de Ingeniería en mis tiempos de estudiante. Luego vine a saber por el propio Ernesto, que él había tratado de deslindarse de ese apodo cuando empezó a trabajar en la petrolera, pero que había fracasado en su intento por ser un mote familiar que trascendió hasta el ámbito del fútbol profesional. Hablando de Ernesto, una vez un ingeniero que se acababa de incorporar al grupo eléctrico cazó una culebra en el patio de su casa y quería embalsamarla. Ya que no sabía cómo hacerlo, apeló a aquello de preguntarle a los colegas, con la mala suerte de que el primer interrogado fue Ernesto Blanco quien lo mandó a hablar con otro colega que tenía apellido de músico alemán o de lanzador de béisbol del Caracas, al cual le habían puesto un apodo de ofidio porque balanceaba la cabeza hacia delante y hacia atrás al caminar. Finalmente el paño de lágrimas fui yo; el colega electricista me dijo que cuando empezó a hablarle de la culebra al ingeniero, éste se levanto de la silla y creía que iba a cruzarle la cara con un bofetón, pero se contuvo y le pregunto: – ¿quién te mandó a hablar conmigo? – y ante la respuesta recibida masculló entre dientes: – Ese coño de su madre.
En el ámbito deportivo es donde más abundan los sobrenombres. El una acto realizado en el Club Los Cortijos homenajearon muy merecidamente a Humberto Pipita Leal, Jesús Morales Valarino (Chuchú) y a Luis Romero Petit (Out por regla). Le tocó ser maestro de ceremonias a Herman Chiquitín Ettedgui. En la Universidad Simón Bolívar la batuta se la llevan los peloteros, ya sean profesores, estudiantes, empleados, obreros o invitados. De los cuatro últimos grupos, amén del mencionado Comiquita, un fenómeno con el guante y con el bate en la prácticas mas no así cuando el juego va en serio, nos vienen a la memoria los remoquetes de Alambrito, Alvarito, Bob Rivers, Bola ’e Perro, Bam Bam, el literalmente desparecido Caballito, Cara ’e Bicho, Chan, Clavito, Cuatro-Cuatro, El Cochinito, El Conejo, Come Mango, Guapo Doble, El Guayú, Jalea, Jaleíta, Juanchi, Maguila, El Maloso, El Maracucho, Margarito, El Morocho, Norte y Sur, El Ñoño, El Ovejo, Parcha, Pataruco, El Perro, Puño ’e Sal, Radio Fiao, El Rey del Arroz, Saltarín, Sombra, Taparita, Tapipa, quien más que todo trotaba a diario pero que jugaba softball en los ínter carreras, Tizón y Toby. Por cierto que este Parcha no tiene nada que ver con los llamados Gay, porque el sobrenombre era Flor de Parcha, por la forma particular que tenía su cabellera. Bola ’e Perro siempre se pasaba hacia delante buscando los batazos elevados y las bolas le quedaban atrás. Radio Fiao habla más que Isidro Alonso. Se dice que a Sombra le habían ofrecido un trabajo en la Universidad Simón Bolívar y se convirtió en la sombra del oferente hasta que por fin obtuvo la chamba. Los profesores tenemos a El Negro, Oswaldito, nuestro propio Pataruco, a más de un Puente Roto a quién no lo pasa nadie, San Antonio y El Tucán. San Antonio se ganó el remoquete porque cada vez que le tocaba lanzar y empezaba a perder el control sobre los lanzamientos, imploraba a ese santo diciéndole que le quitara ese bolero. En las crónicas deportivas que el rector Ernesto Mayz Vallenilla escribía, a Marcelo Guillén lo llamaba el Venado, por la velocidad que tenía en sus piernas a pesar de que fumaba más que Juan Carlos Pérez Toribio o que Luis Pino. A mi, Daniel Pilo empezó a llamarme el Loro-Mosca, cuando decidí ponerme a jugar tercera base en el equipo de béisbol de la USB de principios de los años setenta; esta difícil posición es poco apetecida y en ella no hay lugar ni tiempo para distraerse.
En estos días me llegué hasta Baruta buscando a Hugo, un herrero que me ha realizado unos trabajos en la casa y de cual sólo tenía la referencia de que maneja un jeep para Ojo de Agua. Nadie pudo darme razón de él, porque todos se conocen es por el apodo. Me preguntaron si no se trataría de Burro con Sueño, lo cual me hizo recordar a un profesor de la Simón Bolívar que no practicaba ningún deporte pero que trotaba a menudo por todo el campus. En el mismo pueblo de Baruta había allá por los años setenta un fiscal flaco al que llamaban Sardina Podría, del cual espero contarles pronto una anécdota. En el lenguaje del béisbol a una mujer que está bien buena le dicen que es un cuarto bate o la llaman flai al pitcher, porque todos la quieren coger. En ese mismo entorno, a la mujer que le para a todo el mundo la llaman pelotera. La Willie Mays fue el apodo que le pusieron a una secretaria de la Escuela de Eléctrica de la Universidad Central de los años sesenta, en honor a uno de los mejores peloteros de esa época y a los extraordinarios atributos físicos y a lo entradora que era de la fémina de marras.
Termino justificando el título de estas líneas. Por mucho tiempo el cafetín que está en los vestuarios del softball y del béisbol fue atendido por Dámaso Hernández, a quien llamaban El Papujo. Él prestaba sus servicios en la universidad y al salir del trabajo se dedicaba a vender frescos y chucherías. Mientras uno de sus muchos hijos atendía en el mostrador, Dámaso se desplazaba hacia las tribunas cargando un cuñete de los de pintura lleno de latas de refresco, que yo llamaba en mis crónicas El Coleman de Dámaso, y una bolsa de catalinas. Apenas aparecía, los presentes gritaban Llegó el cuquero, remoquete que a un hombre prolífico como él más bien le agradaba.
Nombres: Juan Arguinzones, Luis Arrieta, Mauricio Azagoury, Jaime Blandín, Armando Castro, Luis Espinoza, José Joaquín Flores Pino, José Luis Galindo, Jorge García, Antonio Gamaliel González, Darío González, Diego Graciano, Germán González, Manuel González, Francisco Gutiérrez, César Hernández, Luis Hernández, Richard Hidalgo, Robert Hidalgo, Israel Hurtado, Juan Marrero, Álvaro Martínez, José Tobías Méndez, Ramón Montezuma. Humberto Nicolai, Luis Negrín, Oswaldo Núñez, Alexis Ojeda, Elvis Quiroz, Rafael Ortega, William Oviedo, Andy Pereda, Douglas Pereda, Alexis Pérez, Teoblado Pérez, Gustavo Ramírez, José Ramírez, Nelson Ramírez, Roberto Ríos, Domiciano Rodríguez, Guillermo Rojas, Noel Rojas Arrieche, Alfredo Rosas, Rafael Strauss, Francisco Velásquez, Oswaldo Vera y Daniel Silva.