jueves, 4 de septiembre de 2014

El teatro en San Juan de los Morros: una nota personal.


Esta breve entrada pretende ser un recuento personal de mi participación en actividades teatrales en San Juan de los Morros, un corto lapso de cuatro años que se inicia a finales de la primaria en la Escuela Aranda, en 1953, y termina a finales de cuarto año de bachillerato en el Liceo Juan Germán Roscio, en 1956. Creo que de tantos estudiosos que aman a mi pueblo de crianza, sobre todo de las nuevas generaciones, surgirá alguno que escribirá la historia del teatro en la capital del estado Guárico. Lo que sigue es mi granito de arena en aras de ese objetivo.
 Allá en la década de los cuarenta, por los costados de la Escuela Aranda no se colaban cantos, ni risas, ni llantos, quizás los gritos de quienes jugaban voleibol y la algarabía propia de los recreos. Todo lo demás discurría en tiempo real: maestros, más que todo maestras, enseñando y alumnos, sólo varones, siempre atentos a la explicaciones, no había escapatoria. Mi maestro de sexto grado, Víctor Vielma, rompió la rutina un par de veces, al proyectar sendas películas en el amplio salón aledaño al patio de la escuela. Teatro como tal, representaciones para el público en general, que yo sepa nunca se hizo en los predios de la institución. Una que otra astracanada, de las que se programaban para los fines de curso, se representó en el auditorio del vecino Grupo Escolar República del Brasil. En ese escenario y creo que en 1951, la Escuela Aranda montó un acto cultural que se centró en números musicales; de ellos es el recuerdo de Rafael “Fucho” Requena con un alumno de los primeros grados de la mano, obviando la coreografía y cantando agachado al borde del proscenio:
                                    Este cocinerito chino
tan chiquito y mal formado
tiene la mala costumbre
de ser muy enamorado.
El todos los días nos dice
que ya no quiere estudiar
que le busquen una novia
porque se quiere casar…
            Quizás en ese entonces existió un plan conjunto con el Grupo Brasil para escenificar la “Ronda de enamorados” de la zarzuela “La del Soto del Parral”, ya que mi memoria guarda la letra y la música de tanto la parte de las féminas como la de los varones.
                                    MOZAS:
¿Dónde estarán nuestros mozos
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron,
y se desvelaron,
por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato,
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato,
ni le lloro,
ni le imploro,
ni me importa perder su querer.
MOZOS:
Ya estoy aquí,
no te amohínes mujer,
que yo por ti,
he de querer.
Espera y al esperar confía,
muy pronto será mi casa
un nido para los dos.
            Quizás lo memorice mal desde un principio, o más bien era una adaptación, porque buscando en la red he comprobado que la parte de las mozas es mucho más larga que la citada, al igual que la de los mozos. Tal representación, como tantas cosas que se emprenden para ponerlas en las tablas, nunca se dio.
De esa misma época, quizás a fines del año escolar 51-52 cuando ya Fucho y compañía estaban en el liceo Roscio, la Escuela Aranda presentó en el Grupo Brasil una minúscula obra de teatro, en la cual yo hacía el papel de un musiú que llega al llano buscando invertir dinero en la compra de unas tierras. Con una pipa en la boca, que conseguí prestada con el Dr. José Francisco Torrealba y la cual a la larga resultó dañada por los mordiscos que le di, mi personaje exigía un fuerte acento de extranjero recién llegado, lo que básicamente se resolvió cambiando la sintaxis y pronunciando la erres finales como ges. Tras muchos gestos y abrazos,  mi actuación empezó mascullado entre los ocupados dientes la frase:
            —Mi quereg verg hacienda, si me gustag, yo compragla…
            En esa obrita la Aranda recibió apoyo de las muchachas del Brasil, porque habían varias de ellas vestidas como campesinas, entre los malditos, o sea extras haciendo bulto. El término teatral malditos viene de las voces que salían de entre bastidores en el Don Juan Tenorio de Zorrilla: “Cuán gritan esos malditos/ pero mal rayo me parta/ si en terminando esta carta/ no pagan caros sus gritos”. El musiú comete numerosas falta al hablar, todas con una segunda intención del para mi desconocido libretista. Como ve a los pobladores dormitando en el suelo, pregunta:
            —Pero ellos: ¿no teneg chinchurria? —usando en vez de chinchorro un término que a la gente de San Juan de los Morros no les recordaba uno de los ingredientes de una ternera, sino más bien a una mujer buscona y fea.
            El final feliz de la obra es que el musiú, que había estado echándose palos, se rasca, termina bailando con suma torpeza, lo cual estaba hecho a mi medida y no exigía nada de mis capacidades histriónicas, y compra la hacienda, en medio de las incontenibles risas del público. Para nosotros eso fue un rotundo éxito que no nos habíamos imaginado.
            En las afueras del Grupo Escolar “Dos de diciembre”, bautizado en honor a la fecha en la cual en 1952 el dictador Marcos Evangelista Pérez Jiménez había asumido la presidencia provisional de la República, al anochecer durante el año escolar 55-56 a los vecinos de la urbanización Los Telegrafistas les llegaba el eco no sólo de las clases nocturnas, una sección de ellas dictada por mi compañero de estudios del Liceo Roscio Ángel Eduardo Acevedo, sino también de algunas canciones afro-venezolanas:
                                    Pero mi blanca no seas celosa
porque una rosa le di a Tatá.
No bebas agua de esa pimpina,
que no es tan fina
y te va a atorá.
Así, así, así,
como los negros de Bambalí.
Así, así, así,
que no es tan fina
y te va a atorá.
           
Un ejercicio del grupo teatral Guárico
El Grupo Teatral Guárico, creado por el gobierno de Emigdio Medina Ron, ensayaba “El árbol que anda” de Juan Pablo Sojo. Tanto el director, Carlos Denis, como el actor principal Carlos Rafael Talavera, habían sido contratados en Caracas y se hospedaban en un hotel de la plaza Los Samanes, relativamente cerca del nuevo grupo escolar. De igual manera todos los actores estaban residenciados por la zona; los Acevedo (Carlos, el negro, y Gladys) vivían al final de la Roscio llegando a la Bermúdez, al igual que César Tovar y Ramón Baloa. Ignoro dónde vivía Nina Montero, pero la casa de Laura Palacios quedaba al frente del Grupo. El que vivía más lejos era yo, en la calle Ribas con la Roscio, a doce cuadras del sitio, algunas de ellas verdaderas cuadras llaneras, como los dos tramos consecutivos de la calle Roscio que van de la calle Mariño a la calle Salias, pasando por la calle Miranda. Por aquello de que quien quiere besar busca la boca, yo iba feliz a ensayar todas las noches, caminando en alpargatas porque siempre me ha gustado usarlas y, como decía mi papá, silbando iguanas.
            En “El árbol que anda” interpreté a Abedón, el Diablo, que hacía su aparición a principios del segundo acto, hiperactivo, corriendo y preguntando a todo gañote, repetidas veces:
            —¿Y todavía las mujeres paren? —a lo cual contestaban los leñadores, detrás de bastidores— ¡Y parirán!
           
Carlos Talavera y Nina Montero en Manuelote.
De la escenificación de la creación de Sojo no sé si se tomó alguna fotografía, jamás llegué a ver una. De la segunda obra, “Manuelote” de César Rengifo, puesta en escena el 5 de julio de 1956, si conservo dos que incluí en mi libro Entre gigantes de piedra. En una de ellas aparece el profesor Carlos Talavera personificando al esclavo Manuelote y Nina Montero en el papel de su mujer Petrona. La otra muestra a Manuelote ayudando a su amo don Martín Tovar (César Tovar), que está malherido de un lanzazo. En esta última mi papá escribió en el ángulo superior izquierdo el nombre de la obra y la fecha. En ambas se ve la bien trabajada escenografía, lástima que ninguna de las fotos captó a plenitud el muro de bahareque en cuya construcción participamos todos los noveles actores y actrices. A mi me tocó interpretar al teniente Roso, primo de don Martín, quien lleva al amo al rancho de Manuelote, para pedirle que lo ocultara mientras conseguía unas mulas y medicamentos para trasladarlo al puerto de La Guaira. Aquí aprendí mi primera gran lección del teatro: hay que ensayar con todos los hierros. El teniente entraba, se quitaba la capa y la ponía sobre un taburete. Después de preguntarle al esclavo que si sabía lo del combate de La Puerta el 15 de junio, le decía:
            —¡Nos derrotaron! ¡Estamos fugitivos! ¡Aún ni sé cómo pudimos regresar a Caracas sin ser interceptados por los asesinos de Boves! A duras penas hemos cruzado campos y montañas andando de día y de noche…
Carlos Talavera y César Tovar, en Manuelote
             Al salir el teniente se volvía a poner la capa, por supuesto. Hemos podido usar un trapo cualquiera como capa mientras ésta aparecía, pero no, me decían que ya iba a estar lista. Así que en las numerosas veces que ensayamos, yo hacía la pantomima de quitarme y ponerme una capa imaginaria. El aditamento llegó el día del estreno, me lo quite al llegar y me lo puse al salir, sólo que al igual que en los ensayos, esta última acción fue en forma imaginaria. La capa quedó ahí, sobre el rústico asiento, y cuando llegó la gente de Boves a averiguar si el negro sabía algo del paradero de los facciosos insurgentes, ninguno se percató de tan notorio detalle. Por cierto que esa escena del interrogatorio no aparece en el libreto original, el cual vine a leer por completo en agosto de 2014; quizás fue una licencia que se tomó el director para montar en las tablas a más actores, en una obra cuyo reparto sólo contempla cuatro personajes y dos extras, los que ayudan a trasladar a don Martín.
El libreto de Manuelote puede consultarse en:
El libreto de El árbol que anda está disponible en:

miércoles, 16 de julio de 2014

Cuando San Juan agachó el dedo


El Sanjuanote
En el 2005 tuve la satisfacción de ver publicada por la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar mi obra “Entre gigantes de piedra”, en la cual pretendo recoger las memorias de mi infancia y juventud en San Juan de los Morros, el pueblo al cual llegue a la edad de cinco años en 1943 y que pasó a ser, sin proponérmelo, por cosas del espíritu, mi patria chica. En el primer capítulo de mi libro, el cual titulé “¿Mi ciudad o mi pueblo?, digo que hay un refrán de alcance internacional “cuando San Juan agache el dedo” que al parecer tiene su origen en San Juan de los Morros. Menos mal que mi librito, 142 páginas en dieciseisavo, no es de historia y que usé la expresión “al parecer”. Cito que un joven portugués fue a San Juan de los Morros a buscar trabajo como sastre y que un tipo lo llamó aparte y le dijo:
—Oiga joven, mejor es que usted se vaya para otro lado porque aquí no va a conseguir  trabajo como sastre nunca, a menos que San Juan agache el dedo.
El joven no entendió y le pidió a una señora  que le explicara; la dama le mostró el gigantesco San Juan y le dijo:
—Bueno, cuando esa estatua que está ahí agache el dedo será cuando usted  va a conseguir trabajo, porque aquí no hacen falta sastres, nadie se manda a hacer ropa a la medida y los hombres visten con el puyao.
—¿Y qué es eso? —preguntó el portugués.
—Bueno, muy simple, a usted le gusta un traje, va a una tienda, dice que le gusta ese trajecito oscuro que está allá arriba, el dependiente agarra una vara que tiene una puya, se lo baja y es un puyao; entonces usted paga dos fuertes y se lleva su ropa, así que lo mejor es que usted se vaya con su sastrería para otro lado —le dijo la mujer— a menos que “San Juan agache el dedo”.
El San Juan de da Vinci
En esta nota negaré el origen sanjuanero de este decir, pero primero hablaré de dónde viene. San Juan Bautista, fue el último profeta que anunció la venida de Cristo y el primero de los testigos de su llegada. Pero si los demás profetas habían anunciado a Cristo desde lejos, Juan Bautista lo señaló con el dedo: “He aquí el Cordero de Dios”, razón por la el dedo de San Juan Bautista siempre ha tenido una especial relevancia. Las imágenes de este santo, tanto en esculturas como en pinturas, siempre lo han representado con el dedo índice levantado, a veces apuntando hacia arriba y otras hacia el cordero que lo acompaña. El pueblo, a fuerza de ver la imagen del santo siempre con el dedo levantado ha convertido la frase “hasta que San Juan baje el dedo” en sinónimo de “nunca”. En los medios rurales de España suele decirse “hasta que San Juan abaje el dedo”, mientras que la variante con agache es suramericana. En esta forma, aparece en la novela colombiana “María”, escrita en 1867 por Jorge Isaac. Hay un fragmento que dice: “Pero si la muchacha se me encapricha, sí le juro que un día de éstos la encajo en uno de mis mochos, y al beaterio de Cali va a dar, que ahí no se me le ha de asentar una mosca, y si no sale casada, rezando y aprendiendo a leer en libro, la tengo hasta que san Juan agache el dedo”. Así que la expresión ya andaba rodando en 1867, mucho antes de que el general Juan Vicente Gómez le hiciera ese homenaje a la ciudad, cuando se la decretó como capital del estado Guárico en 1934.
Alejandro Colina
En ese año el escultor Alejandro Colina se encontraba trabajando en la planta eléctrica de San Juan de los Morros y el entonces presidente del estado Guárico, Ignacio Andrade, lo contrató para realizar el monumento al santo epónimo de la ciudad. Por suerte sobrevivió al menos una fotografía como testimonio de que el Sanjuanote que empezó a moldear Colina tenía la mano derecha levantada, con su índice en alto. La fuente de esa primera versión del monumento esta en los diversos cuadros ya mencionados y en particular el de Leonardo da Vinci; el florentino, al poner al santo a señalar hacia el cielo, quiso destacar que la salvación se logra a través del bautismo. Pero como bien lo expresa el escritor mexicano Arturo Ortega Morán, San Juan Bautista es mucho más que un dedo levantado. Su santoral, el 24 de junio, es el único que celebra el nacimiento de un mártir, en contra de la costumbre paleocristiana de conmemorar el aniversario de la muerte de éstos. Tampoco es casualidad que el día de San Juan sea próximo al solsticio de verano, cuando el tiempo de luz solar es el más largo del año. Cuando la Iglesia Cristiana llegó a Europa, se encontró con un arraigado culto al sol y una de las principales fiestas solares era precisamente el 24 de junio, cerca del solsticio de verano. Reconociendo la imposibilidad de eliminar la festividad, se optó por convertirla en la celebración de San Juan Bautista, que no podía ser un recordatorio de la muerte, ya que se trataba de una fiesta de vida, de modo que se optó por recordar el día del nacimiento del santo. Hay que destacar que la elección de San Juan Bautista para cubrir esta fiesta, está conectada con la elección del 24 de diciembre, solsticio de invierno, para celebrar el nacimiento de Cristo. El primero nace para anunciar la llegada del Segundo.
           
Antes de agachar el dedo
Para confirmar que toda regla tiene su excepción, en San Juan de los Morros San Juan agachó el dedo, lo cual trajo lamentables consecuencias para el escultor Alejandro Colina; éste no terminó la estatua y se dice que la razón fue el alto costo del proyecto. Pero hay una versión que se ajusta al ambiente que se vivía bajo la dictadura del general Gómez y que cuadra mejor con el contexto de esta nota: el escultor desistió de realizar la obra, enojado porque a Gómez no le gustó la posición del brazo alzado y ordenó “que le bajaran el dedo” como en efecto ocurrió y otro la terminó. El dictador no toleraba que le llevaran la contraria, así que no le pagó a Colina este trabajo, ni el de la Plaza de Tacarigua, obra que el escultor había realizado invirtiendo todos sus ahorros. Cuando esto aconteció, estando Colina en una pulpería de Maracay con unos palos encima se puso a arengar contra Gómez, lo cual bastó para que lo acusaran de comunista y lo pusieran preso en el Castillo de Puerto Cabello.

Fuentes consultadas:
Oscar Yánez “Así son las cosas” Editorial Planeta. 1996
Carlos Colina (Compilador) “Alejandro Colina El escultor radical” UCAB. 2002

Rafael de Jesús Aponte http://misanjuandeantano.blogspot.com/

jueves, 12 de junio de 2014

De "La violetera" a "Los zapatos de Manacho"

Si estas notas fueran musicales, sería muy difícil relacionar La violetera, el cuplé compuesto en 1914 por José Padilla con letra de Eduardo Montesinos, con la salsa Los zapatos de Manacho de Rafael Ithier, que es de 1973. No, aquí ambas composiciones entran en juego como parte del humor con el cual los estudiantes tratan de aliviar las penas que les causan los estudios, sobre todo las matemáticas. El recorrido que sigue empieza en la Universidad Central de Venezuela, mi alma mater y concluye en la Universidad Simón Bolívar, institución de la cual me jubilé en 1989 pero en la cual sigo activo como profesor contratado a tiempo convencional.
              
Ángel Palacio Gros
En mi época de estudiante universitario, que se inició en setiembre de 1957 y terminó en agosto de 1962, el verdadero coco, el filtro para graduarse de ingeniero en la Universidad Central de Venezuela era Análisis Matemático II, curso de un año de duración como se estilaba en ese entonces. El número de inscritos en la asignatura el año académico 58–59 era un poco más de cuatrocientos, divididos en dos secciones de 200 y pico, ambas a cargo del profesor Ángel Palacio Gros. Los nuevos, los que proveníamos directamente de primer año éramos minoría, los repitientes —que casi no asistían a clases— abundaban. En el auditórium de la planta baja de la Facultad de Ingeniería, la exposición de la materia por parte de "El Ángel de España" era brillante, llegándose a decir que hasta el momento en el cual se le apagaba el tabaco al profesor Palacio era algo que estaba fríamente calculado de antemano. A las nuevas generaciones: no es ninguna figura de retórica decir que se le apagaba el tabaco, era verdad, el profesor fumaba puros durante el dictado de la clase y además les prohibía mascar chicle a las muchachas (los hombres no lo hacían y las mujeres no fumaban). Cuando en una de las primera clases concluyó su demostración de la existencia de la integral según
Riemann y volteó hacia la audiencia con un gesto de: "ahí queda eso", uno de nosotros le preguntó que sí no podía dar un ejemplo. La respuesta se me quedó grabada para siempre, incluyendo el orgulloso acento hispano con el cual la enunció: —Joven, el ejemplo es la claudicación de la inteligencia—.
               Los exámenes, que debían escribirse con pluma fuente en papel rayado usando sólo una cara de éste, consistían de una pregunta teórica, que valía nueve puntos y un problema que valía diez. Sí, la nota máxima era diecinueve. Las notas del primer parcial las leyó empezando de abajo hacia arriba, primero una enorme cantidad de unos (1/20), no pocos dos y así sucesivamente. Total que al final sólo tres estudiantes habían aprobado el primer parcial: el catirito Odón y Gonzalo Van der Dys con 10 e Ignacio Iribarren con 19. Ignacio, matemático de vocación y luego de profesión, no logró el veinte en su fugaz incursión por ingeniería, pues éste estaba reservado según el profesor para él mismo. Quizás con nuestra escala del 1 al 5 no se hubiera enrollado tanto, pero se hubiera divertido menos al entregar las notas. La parte teórica del curso, que circulaba recogida en seis folletos, había que sabérsela de memoria y escribirla con letra perfectamente legible. Ante tan titánica misión, Van der Dys (el gran humorista e imitador del grupo) propuso que nos dedicáramos a componer canciones nemotécnicas, inaugurando él la colección con "Violetas Integrales", que con un título derivado de "Violetas imperiales" y música de La Violetera empezaba diciendo:
                                              Vamos a establecer
                                              el concepto de integral
                                              según el famoso Riemann
                                              según el famoso Riemann
                                              vamos a considerar....
               Ya en tercer año de ingeniería eléctrica, cuando construimos un transmisor clandestino de Amplitud modulada (AM), esa canción salió al aire, seguida de una propaganda que registraba el agua bajando en una poceta y el comentario: "Standard, esta sí que traga".
               Los zapatos de Manacho y La eliminación de los feos fueron los éxitos más extraordinarios de “El Gran Combo de Puerto Rico” allá por 1973, la primera época de Andy Montañéz con el grupo, así que con una confiabilidad del 90% (en el lenguaje de Adolfo Quiroz, quien me aportó información para este artículo, al igual que Rafael Bayón), diré que fue en 1974 cuando se escuchó en la Universidad Simón Bolívar a los alumnos cantar que
                                              Los zapatos de Camacho
                                              son de Bayón, son de Bayón,
                                              de Bayón.
parodia que según parece tiene la autoría del luego Ingeniero Mecánico José Dirani. Yo tuve la oportunidad de oír la parodia en el 2002, cuando empecé a buscar información para escribir estas notas, en la extraordinaria voz de una alumna de la primera cohorte, profesora ya jubilada de nuestra institución y madre de dos egresados nuestros: Maribel Giménez.
               En 1976 ejercía yo el cargo de Coordinador de Cursos en Cooperación, cuya oficina estaba en el edificio de Matemáticas y Sistemas (MYS), rodeada de aulas. A veces tenía dificultades para entrar en la oficina, ya que los estudiantes se agolpaban en las puertas de las aulas contiguas, esperando que salieran los del curso previo para tomar asiento en el curso de Matemáticas VIII. Al parecer eran seis secciones de esa materia, pero como los exámenes eran departamentales, los alumnos no asistían rigurosamente a la sección asignada, sino que se concentraban en tres de ellas: la de Arturo Camacho, la de Rafael Bayón y la de una profesora argentina que estuvo poco tiempo en la USB y a la cual le decían “La bruja”, tanto por el desenfado con el cual lucía su despeinada cabellera, como por su vestimenta, su “dulce” carácter y por la curva de la bruja, que ella enseñaba en alguna parte de la materia y la cual yo conocí en mis tiempos de estudiante como la versiera de Agnesi. Como yo estudié las matemáticas universitarias por libros españoles y franceses, ignoraba la mala traducción que los anglosajones habían hecho del italiano versiera, transformándola en hechicera o bruja. Vine a caer en cuenta de esto por una observación que me enviara el 13/6/14 mi pariente José Ernesto Loreto Méndez. Aun cuando algunos de los que fueron estudiantes de la bruja insisten en asegurar que la cazaron volando en una escoba, en honor a la verdad yo solo la vi utilizando medios más terrenales de transporte como el autobús o de parrillera en la motocicleta de un colega. Pero, por si acaso, sus alumnos cerraban las  ventanas con la esperanza que no pudiera entrar a clases. Me hubiera gustado saber de los antecedentes profesionales de ella, para ver que tenía en común con los ingenieros civiles Bayón y Camacho.
               Volviendo al curso dictado por Palacio Gros, de la parte teórica del curso, la cual recalco que había que sabérsela de memoria, por fortuna existían los seis famosos folletos. El editor de éstos era Freddy Celis Paredes, compañero de estudios de Camacho y Bayón, quienes vertieron en ellos sus apuntes de clases. Bayón dice que él sólo ayudaba y le da la autoría a Camacho. Habría que ver que opina Arturo sobre la materia. Lo que no he averiguado es si los folletos contaban con el “nil obstat” de El Ángel de España. La sede del multígrafo editorial era la Zapatería Ferrenquín, propiedad de Eusebio Camacho, el padre de Arturo, la cual estaba ubicada en la esquina del mismo nombre de la españolísima parroquia La Candelaria. De manera que, y a pesar de lo que diga la letra, es posible que más bien algunos zapatos de Bayón fueron de Camacho. Bayón y Camacho ingresan a la Universidad Central de Venezuela a cursar primer año de ingeniería en 1953. El primero estaba en la sección A, el segundo en la C y los dos tenían como profesor de Matemáticas Complementarias y Análisis Matemático I a Ángel Palacio Gros. Por ese tiempo Bayón vivía de San Ramón a Chimborazo No. 41 y Camacho en la esquina de Ferrenquín. Un buen día la madre de Rafael entró a la zapatería de Camacho a comprar unos zapatos. Al hablar entraron en confianza, pues eran españoles recién llegados a Venezuela, y por supuesto que hablaron de sus hijos que estudiaban Ingeniería en la UCV. Desde ese momento empezó la amistad entre ellos. Rafael iba a estudiar a la casa de Arturo, porque en la suya no tenía facilidades para hacerlo. Siguieron toda la carrera juntos y se graduaron en Agosto de 1958. Ambos fueron preparadores de Análisis Matemático hasta su graduación, Arturo con el  profesor Palacio y Rafael de Raimundo Chela. Al preguntarle a Rafael sobre los profesores que dejaron huella en ellos, me mencionó a Ángel Palacio Gros, Simón Lamar y a Celso Fortoul.

               En Octubre del año 1958 y a petición del profesor Palacio, Arturo comienza a dictar clases de Geometría Analítica y Rafael empieza en Enero de 1959, también a pedido del Profesor Palacio, sustituyendo a Nicolás Colmenares. Arturo siempre dictó clases de Geometría Analítica y Análisis Matemático I a V y Rafael dictó al principio Matemáticas para químicos y geólogos, un año dictó clases en la Facultad de Economía y después dictó clases de Análisis Matemático I, II y III, cursos que tenían una duración de un año académico. Ellos estuvieron en la UCV hasta el año 1974 y comenzaron en la USB en 1969. El profesor que los contactó para ir a trabajar a la Universidad Simón Bolívar fue José Giménez Romero. En 1969, como no habían comenzado las clases, muchos profesores fueron asignados a la Comisión de Planificación. Rafael Bayón se desempeñaba como inspector de las obras de las primeras construcciones que se hicieron, los pabellones aledaños a la casa del Rectorado que sirvieron de aulas en los primeros años. En la Simón Bolívar ambos han dictado clases de Matemáticas I, II, III, ...,VIII. Esta última ya no se dicta como MAT VIII y no depende del departamento de Matemáticas. Arturo fue jefe del departamento de Matemáticas de la Facultad de Ingeniería de la UCV, se jubiló en Octubre de 1983 y Rafael en Enero de 1984. Cuando yo ingresé a la Universidad Simón Bolívar en 1972 Camacho y Bayón ya gozaban de buena fama como docentes y los llamaban los morochos, unos gemelos no tan desiguales como Schwarzenegger y De Vito en Twins. Yo, en mis encuestas personales le he preguntado a mis alumnos de la Universidad Simón Bolívar si los han tenido de profesores; los que contestan afirmativamente los recuerdan como tremendos docentes. A esto sólo debo añadir que también los percibo como tremendas personas.