viernes, 10 de abril de 2015

Raúl Valarino, pionero de la ingeniería eléctrica.

El meollo de este recuento lo escribí en el 2003, hace doce años, cuando me movían serios deseos de abordar una historia ligera de la enseñanza de la ingeniería eléctrica en Venezuela. Ligera en el sentido de que la falta de una fecha precisa no debía originar un perfeccionismo paralizante y que tampoco debía carecer de anécdotas. En ese entonces pensé que la mejor manera de ir organizando los recuerdos, era centrarse en los profesores de la institución pionera, la Universidad Central de Venezuela, y que Melchor Centeno era el punto de partida obligatorio. Sin embargo sólo realicé estas cortas líneas sobre Raúl Valarino Hernández, personaje que unió el ejercicio profesional a la docencia y que alguna vez quiso incursionar en la política. Pensé seguir con el maestro Armando Enrique Guía, pero ni siquiera su familia, a la cual contacté a través de la Internet, me dio respuesta alguna y seguí dependiendo sólo de la escasa información que sobre él disponía. Abandoné el proyecto, pero pensé que las líneas sobre Raúl podrían tener una mayor divulgación a través del blog y procedí en consecuencia. Es poco lo que he añadido, aun cuando muchas cosas han sucedido en esos doce años, como la sentida desaparición de algunos de los colegas que aquí menciono, las cuales no incluyo.
              
Raúl Valarino (cortesía de AnaIsabel Valarino)
Así como hay profesores que todo lo explican en detalle, hay otros que son crípticos, categoría en la cual formaba filas Raúl. Me cuentan quienes recibieron de él clases teóricas, que en los enunciados de los exámenes omitía palabras a propósito, ya que tener el entendimiento global de los que se preguntaba era parte de la evaluación. Yo lo tuve como profesor del laboratorio de comunicaciones en cuarto año de la carrera, durante el año lectivo 1960-1961. Este era un laboratorio típico de la época, en la cual un único profesor atendía a los vendedores, seleccionaba los equipos, los recibía, los instalaba, los probaba, elaboraba las guías, realizaba las prácticas y luego les exigía su realización a los estudiantes. Y desde la recepción de los equipos, las demás actividades enunciadas se realizaban casi simultáneamente. Una labor similar me tocó a mí pocos años después (1964-65) con el primer laboratorio de microondas que se dictó en el país, con la única diferencia de que los equipos los había seleccionado Nelson Belfort y llegaron en el momento en el cual él salió a realizar su postgrado y yo regresé de mi postgrado e ingresé al cuerpo profesoral de la Universidad Central de Venezuela.
               Volviendo al laboratorio de 1960, uno de los escollos que teníamos que saltar era entender lo que se pedía en las guías. Visto en retrospectiva, este fue un buen adiestramiento para poder comprender más adelante los catálogos de los fabricantes de equipos. Una vez, a mediados del curso, nos tocó realizar la práctica de la llamada “T mágica”, que no es más que un puente de medición a radiofrecuencias, que usa como reactancias variables segmentos de líneas de transmisión de longitud ajustable. Al final de la práctica, Gonzalo Van der Dys le preguntó al profesor Valarino:
—¿Esta guía no la escribió usted, no es así?
—No, esa la elaboró Rodríguez Tamayo ¿Por qué lo preguntas?
—Porque la leímos y entendimos todo—le contestó Gonzalo con toda tranquilidad y sinceridad.
               A la larga Raúl y Gonzalo terminaron siendo socios, como lo cuento más adelante. Creo que Antonio Rodríguez Tamayo fue su compañero de tesis, en la promoción de 1956 que tuvo cuatro integrantes, ellos dos y los hermanos Carlos y Efraín Rodríguez Soto; esta promoción, la quinta desde 1950 ya que en el 52 no hubo ningún graduado, elevó el número total de egresados a diecisiete. Fue con Rodríguez Tamayo la persona con la cual Raúl me mandó a hablar con cuando regresé de Chicago, en julio de 1964, después que obtuve el Master. Estaba yo sentado en las afueras del Colegio de Ingenieros y no podía evitar mostrar la cara de preocupación que cargaba; no era para menos: andaba limpio y sin trabajo. Hizo acto de presencia Raúl y de la conversación que tuvimos en ese momento, surgió la entrevista con Rodríguez Tamayo, quien tenía un alto cargo en la entonces incipiente CANTV y despachaba desde una oficina de la torre sur del Centro Simón Bolívar. Previamente Roberto Chang había estado de visita por Chicago y me había expresado que esa compañía estaba interesada en mis servicios. Yo había realizado mi tesis de grado, junto al catire Luis Ernesto Christiansen y a Gonzalo Van der Dys, en la Oficina de Planificación y Desarrollo de las Telecomunicaciones, precursora de la CANTV. El cuento es que no terminé trabajando en la telefónica ni tampoco en la Compañía Shell que me había becado, sino que fui a parar a la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la UCV, pero eso es harina de otro costal.
               Al catire Valarino le decían “el mocho” o “el hombre de la patilla”, debido a que le faltaba la falange del dedo índice derecho, la cual perdió de muchacho manipulando la cadena de una motocicleta de su propiedad. Lo de la patilla obedece a ese afán de los venezolanos de hacer de todo un chiste. Decían que él se iba al mercado libre, apoyaba el dedo mocho en una patilla y le preguntaba al portugués cuanto costaba, obteniendo un gran descuento ya que le había metido el dedo. Las vicisitudes políticas de Raúl me las contó cuando me integré al personal docente de la Escuela de Eléctrica. No recuerdo a cual candidato de Acción Democrática se puso a hacerle campaña por todo el país, pero el caso es que sólo iba para su casa los fines de semana, a cambiarse de ropa y a cumplir con sus deberes maritales. Recuerdo la frase que empleó, como si la acabara de escuchar; no fue tan formal como yo lo he escrito, sino que habló de echar un diminutivo de esa nube que levanta el caballo “Plata” de “El Llanero Solitario” con la cortina musical de los compases de la obertura de Guillermo Tell de Rossini. Tal como sucedía en esos tiempos, el candidato de AD ganó la elecciones. A Raúl, como premio, lo nombraron miembro del directorio de la CANTV. Cuando asistió a la primera reunión se llevó mayúscula sorpresa, ya que los demás miembros le firmaron un cheque en blanco al presidente de la compañía, expresando que ellos aprobarían de antemano cualquier proposición que éste hiciera. No así Raúl, quién no se sumó al coro de los incondicionales y empezó a ser visto como un personaje incómodo. Yo siempre lo he dicho: para los políticos no hay nada que estorbe más que una opinión experta, sobre todo si va en contra de los designios populacheros e irresponsables. Corta fue la vida política de Raúl; a otros le ha ido mejor. Yo recuerdo los nombres de algunos profesores que formaron parte de un grupo de “Profesionales con Piñerúa” y aun cuando éste perdió las elecciones los docentes no perdieron del todo su tiempo, ya que dos de ellos fueron a la postre rectores de una destacada universidad venezolana, designados ambos por gobiernos de la tolda blanca.
Placa de la AVIEM, galería del Colegio de Ingenieros de Venezuela.
               El Colegio de Ingenieros o más específicamente la Asociación Venezolana de Ingenieros Electricistas y Mecánicos, AVIEM, era el sitio de encuentro de muchos de nosotros y algunos terminamos como directivos gremiales. En diciembre de 1965 regresó de Suecia Gonzalo Van der Dys y en la AVIEM se reencontró, entre otros, con Raúl Valarino. Entre otras cosas, los nuevos nos enfrentamos a la llamada vieja guardia que siempre había dirigido la AVIEM y les ganamos las elecciones. Esa directiva la presidió Alberto Méndez Arocha, el “Viti” Méndez, y formaron parte de ella Gonzalo Van der Dys y Paco Barea. A mi me tocó dirigir la revista “Ingeniería Eléctrica y Mecánica” y luego formé parte de la siguiente directiva, la cual presidió Luis Alvaray. De esa época recuerdo los sabios consejos que nos daba la experimentada voz del vocal Reinhold Pedersen, “Julius” como lo llamaba con afecto Raúl. Con el contacto permanente en la sede el CIV creció la amistad entre Gonzalo, Raúl, Manolo Díaz Hermoso y Fabio Osorio. Acicateados por el gusanito de mejorar el ejercicio de la profesión (el idealismo puro que ojalá no se acabe nunca, en palabras de Gonzalo) empezaron a pensar en la creación de una empresa de ingeniería que llenara el vacío que había en la parte electromecánica, ya que prácticamente sólo existían “Epsilon” de Carlos Rodríguez Soto en electricidad y “Otepi” en mecánica. La primera de las grandes, Tecnoconsult de Francisco González Pérez, fue creada apenas en 1967 y luego surgió Inelectra, creación de mi preparador de máquinas eléctricas Rubén Halfen, de su concuñado Moisés Niremberg mi compañero de estudios y amigo desde quinto año en el Carlos Soublette y del profesor de todos nosotros Luis Bertrand Soux. Gonzalo sale de Ericsson en l968 y junto con Raúl Valarino, Manuel Díaz Hermoso y Fabio Osorio, deciden formar la compañía “Arges”, representación mítica del rayo en la tormenta, de donde proviene los vocablos argentum: plata (la cual nunca obtuvieron con esa empresa) y derivados tales como argentina.  No por ser el mayor del grupo, sino por sus dotes naturales, Valarino fue el líder, cabecilla, ideólogo y mentor de la empresa pero, lamentablemente para una empresa comercial, demasiado idealista y puro. Prueba de ello fue el destino de la empresa “Alef” (la primera letra del alfabeto hebreo y título del cuento más notable, en mi opinión, de Jorge Luis Borges). Esta fue creada por el mismo grupo al año siguiente, 1969, para dedicarse a la ejecución de obras y complementar las funciones de Arges. Mientras estuvo a cargo del grupo inicial, la compañía nunca arrancó y todo el tiempo se les fue en hacer planes y presentar presupuestos; como al año se la vendieron a Florencio Bustamante y a Fabio Osorio, quienes la pusieron a valer y se dice que lograron buenas ganancias por muchos años.
               Gonzalo confiesa que su relación con Raúl Valarino se transformó en una gran amistad, signada por una profunda admiración de su parte. Añade que el espíritu organizador y el empuje de Raúl fue lo que permitió arrancar con esas empresas que, en lo personal, le dieron a Gonzalo las bases para ejercer profesionalmente y sobrevivir hasta el día de hoy.
Esta foto debe haber sido tomada de noche, la camisa es manga larga. (Cortesía de AnaIsabel Valarino)


               A mediados de 1995 me encontraba yo residenciado en la Isla de Margarita y leí en el periódico que se le rendiría un homenaje al profesor Raúl Valarino. ¿Qué nueva cosa buena habrá añadido Raúl a su palmarés, para que se le reconozcan sus méritos? fue la pregunta que me hice. Al leer la noticia encontré la triste respuesta de que simplemente había muerto. Falleció el 9 de abril de 1995, cuando le faltaban menos de cuatro meses para celebrar treinta y nueve años de graduado. Los egresados de la promoción de Ingenieros Electricistas de diciembre de ese año lo nombraron su padrino póstumo. Me imagino que esta distinción la disfrutaría desde las alturas, con el saco del traje recostado en una nube, luciendo su camisa blanca manga corta de cuello y su corbata de lacito, tratando de determinar quiénes de sus ahijados iban a parar en docentes, quienes serían buenos ingenieros y quienes simplemente se ganarían la vida de alguna otra forma.

domingo, 1 de marzo de 2015

Con bolívares y sin cédula.

En diciembre de 1953 descubrí, sin estar consciente de ello, que el bolívar era una moneda fuerte y de uso corriente más allá de las fronteras patrias. Proveniente de Bailadores en el estado Mérida, donde estaba pasando las vacaciones invitado por mi tío Fernando Rodríguez, llegué a Cúcuta junto con él, su cuñado Arturo Contreras y el cadete de la EFOFAC Milton Mora. El automóvil era de mi tío y como buen andino, Arturo lo manejaba. Nos detuvimos en la primera bodega que encontramos en territorio colombiano y mi tío me dio un bolívar para que le comprara una cajetilla de cigarrillos Lucky Strike. Tenía yo a la sazón quince años de edad recién cumplidos y a pesar de que nunca he fumado, sabía que ésta costaba un bolívar con real y medio (Bs. 1.75). Antes de bajarme del carro exterioricé dos dudas: que me aceptaran la moneda venezolana en otro país y que me alcanzara para pagar. Mi tío me dijo que no me preocupara, que hasta vuelto me iban a dar, como en efecto sucedió. Entonces entendí que lo había hecho a propósito, pues en Caracas jamás me había pedido que le hiciera mandado alguno, de eso se encargaba mi abuela y el vuelto era para mí. A Bailadores habíamos llegado por El Vigía, saliendo de la Parroquia La Pastora en Caracas por la Avenida San Martín y pasando hacia Los Teques por la vuelta de El Pescozón y las curvas de Guaracarumbo y La Cumbre Roja. Para que tengan una idea de lo intrincado de la ruta, ese tramo sinuoso de un solo sentido y dos estrechos canales que bordea al Hospital Pérez Carreño entre Antímano y La Yaguara, era en ese entonces una doble vía por donde circulaba todo el tránsito vehicular entre Caracas, el centro y el occidente, e inclusive gran parte del oriente por la ruta de los llanos. Los camiones y los autobuses casi se rozaban con sus semejantes que venían en sentido contrario, pero por suerte en ese tiempo no había motorizados zigzagueando entre ellos, pues el uso de las motos estaba restringido —creo que por disposiciones legales— a los funcionarios del la Inspectoría de Tránsito.
               Al regresar de Cúcuta vinimos un poco apretados hasta San Cristóbal, mas no incómodos, ya que Arturo y Milton contrabandearon para nuestro país un par de niñas que habían conocido en “La Casa de Las Muñecas”, célebre sitio de la vida nocturna en el portón de la frontera colombiana. Salvo la belleza, que era requisito indispensable para trabajar en el lupanar, las mozas no traían ningún otro tipo de identificación; el pasaporte para todo el vehículo lo constituía el quepis del alférez, estratégicamente colocado de manera que fuera visible a través del vidrio trasero. Yo no fui invitado al festín donde las conocieron, quizás debido a mi edad. En esos momentos pensé que las chicas regresarían a Colombia después de parar unos centavos en el Táchira, pero en retrospectiva no debe haber sido así, ya que con el discurrir del tiempo me percaté que la gran mayoría de las heteras que poblaban las casas de citas de Caracas eran hijas de la hermana república.
              
El final de la ruta de regreso, el arribo a Caracas a principios de enero de 1954 fue apoteósico, ya que a finales de diciembre el gobierno del General Pérez Jiménez había inaugurado el tramo de la carretera Panamericana que conecta a Tejerías con Coche. La hoy atosigante vía, a pesar de la isla central que le incorporaron muchos años después, en ese entonces nos pareció una ruta paradisíaca. Yo tampoco cargaba ninguna identificación, ya que la cédula la vine a sacar en Caracas cuando ya tenía dieciocho años y empezaba a estudiar quinto año de bachillerato. En San Juan de los Morros no se necesitaba ninguna identificación y hasta las cartas llegaban al destinatario sólo con el nombre de éste, sin dirección alguna. Fue en esos tiempos cuando César Balza, un compañero beisbolista que había llegado a San Juan desde llano adentro y trabajaba como cobrador en el INOS, vino para Caracas a visitar a otro compañero de los partidos de béisbol que había empezado a estudiar en la capital. Llegó al Nuevo Circo y le preguntó al primero que encontró que si sabía dónde vivía Carlitos Ron. Por suerte comentó que en la pensión donde Carlitos se alojaba, también lo hacían varios jugadores de béisbol profesional del equipo de su preferencia, el Caracas, entre ellos Dionisio Acosta. Así que la popularidad del béisbol permitió que el veguero encontrara al estudiante, ahí mismo, en una casa de San Agustín del Sur.
              
Isaías Medina Angarita
Hablando de cédulas, el número de la de mi padre que nació en 1902 era 2.933, mientras que el 47.990 era de mi abuelo materno, diecinueve años mayor que mi padre. Tanto mi madre, nacida en 1916, como mi hermano mayor que nació en 1937, tenían cédulas muy próximas, de la serie ochocientos mil, mientras que yo que soy de 1938, tengo una cédula que empieza en un millón setecientos mil, pero todo esto tiene su explicación. El sistema de identificación ciudadana lo implantó el gobierno del general Isaías Medina Angarita en noviembre de 1942 y mi padre, como funcionario del Ministerio de Fomento, fue cedulado en su sitio de trabajo. Mi abuelo estuvo renuente a realizar ese trámite, ya que para la época tenía 59 años a cuestas, llevaba casi 50 ganándose la vida y el único documento que había tenido que sacar había sido el pasaporte, cuando con veinte y piquito de años viajó a Nueva York a perfeccionar sus conocimientos en el arte de la reparación y afinación de pianos. La cédula la vino a sacar por necesidad, ya que entre otras labores afinaba los pianos de la Radio Nacional. En la emisora empezaron a pedirle el número de cédula y cada vez que lo hacían les contestaba con la verdad: que no la tenía. La situación se repitió hasta el día que le dijeron que si no la sacaba no le iban a poder pagar el sueldo. Mi madre la sacó en San Juan de los Morros, cuando tuvo su primer trabajo como oficinista en la Dirección Seccional de Estadística del Estado Guárico. Mi hermano Fran también lo hizo en San Juan, poco antes de irse a Caracas a estudiar quinto año de bachillerato. Yo ya estaba estudiando quinto año en el Liceo Provisional Nº 2, que luego recibiría el nombre de Carlos Soublette, y no tenía cédula. Al saberlo, mi tío Carlos Rodríguez,  quien trabajaba en la Compañía Shell en el área de pasajes y visas, me llevó a sacarla. La diferencia de edad con mi hermano mayor era sólo veinte meses, pero él me llevaba tres años en los estudios, pues yo era muy enfermizo y entré a primer grado cuando iba a cumplir ocho años, pero como nunca me rasparon y las huelgas universitarias se superaron, logré graduarme cuando iba a cumplir los veinticuatro.
               Siempre me ha gustado viajar, pero en este momento no es posible ir ni a la misma Colombia. Valga aquí una pequeña digresión: una vez que visité Cartagena de Indias, pensé que no necesitaba identificarme como extranjero, ya que nuestros acentos son muy similares. Raudo, bajé al mercado principal y pregunté cuánto costaba el kilo de un apetecible queso que exhibían. —Será la libra— me objetó inmediatamente el vendedor. Pero no la  libra que nosotros conocemos, sino una de 500 gramos. A un tío paterno mío que tenía una bodega en Calabozo lo multaron porque no había cambiado el juego de pesas patrón de libras a sus correspondientes en kilogramos. Con razón en Canudos el fanático religioso Antônio Conselheiro se oponía, entre otras cosas, al gobierno central y al sistema métrico decimal. Esto nos lo recordó Mario Vargas Llosa en “La guerra del fin del mundo”, deliberada reescritura de uno de los mayores clásicos de la literatura brasileña: “Os Sertões” de Euclides Da Cunha. Hoy hay que limitarse a viajar a través de los libros, tratando tal vez de releer porque la masa no está para bollos. El tipo de cambio de nuestro país es desconocido, el oficial es un mito y el real o paralelo innombrable, fuera del alcance del devaluado sueldo de los profesores y además no hay dólares. Si nuestros antepasados no hubiesen defenestrado a Emparan, posiblemente nos estaríamos manejado en euros bajo la apacible supervisión de un Virrey. Si esto les suena como un descabellado retroceso al pasado, para mi resulta más atractivo que la regresión que actualmente se gestiona a diario desde las más altas esferas del poder.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Del deporte en el San Juan de mis tiempos (1943/1958)

Ya que llegué a San Juan de los Morros quince días antes de cumplir los cinco años, muy probablemente la primera instalación deportiva que conocí fue la rudimentaria cancha de volibol erigida en el medio del patio de la Escuela Aranda: dos vigas doble T todo oxidadas, sin ninguna capa de pintura protectora, empotradas con concreto al patio de tierra, donde colgaban la malla que algún maestro guardaba. Sé que los parales eran de metal y no de madera, porque cuando la cancha fue reubicada hacia el lado oeste cortaron esos parales, seguramente con una segueta por lo que no lo hicieron a ras de tierra y los tocones quedaron sobresaliendo. Al inicio de un año escolar, época en la cual el monte de patio estaba bien alto, yo me lancé corriendo a través del patio durante el recreo y me llevé uno de los tocones con la parte delantera de mi pierna izquierda, a la altura del tobillo en la parte no protegida por el zapato. Como testimonio me quedó una gruesa cicatriz de más de un centímetro de largo, de una herida que seguramente me curé con un pedazo de telaraña que busqué en lo alto de las paredes de los vecinos baños, porque si en la casa se enteraban del accidente, además de la cortada uno no se escapaba de su buena pela.
Aun cuando el único juego en el cual participé en torneos en mis años de infancia y adolescencia en San Juan de los Morros fue el volibol, es inevitable que estas notas giren en un alto porcentaje en torno al deporte que más me ha apasionado desde que lo descubrí: el beisbol. De paso emplearé la palabra como aguda, tal como a mi gusta escribirla y pronunciarla, contraviniendo la forma grave béisbol registrada en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, que se aproxima más a la transcripción fonética de baseball. En el idioma inglés muchos de deportes que se juegan con un balón, como el football y el volleyball, terminan en ball independientemente de las dimensiones de éste, pero el único que se abrevia con esa palabra es el beisbol. Así lo recoge el himno no oficial de ese espectáculo “Take Me Out to the Ball Game” (1908), que se acostumbra cantar después de la primera mitad de la séptima entrada.
En los años cincuenta, en San Juan de los Morros sólo existía un diamante con sus 90 pies cuadrados de área, dugouts, back stop y cercas al final de los jardines: el del cuartel Urdaneta o campo de La Mulera, al lado izquierdo de la única carretera que iba desde San Juan hasta Villa de Cura. Detrás del back stop, cerca del home y un poco hacia el lado de  la tercera base había un espacio circular techado, sin gradas ni ningún tipo de asiento, un quiosco poco adecuado como tribuna ya que desde él sólo unos pocos espectadores podían disfrutar del juego de pelota. Un frondoso samán cercano a la primera base extendía sus ramas hacia la zona fair, dando sombra al jugador de esa posición, pero cualquier batazo de aire que golpeara al árbol era automáticamente foul. Aledaño a la casa cuartel La Mulera, que data de 1934, no tengo la menor idea de cuando fue construido el campo deportivo y dudo que se realizara alguna ceremonia oficial el día de su inauguración.
El público iba a ver los juegos de pelota y a la vez escuchaba Radio Guárico por un altoparlante que había en el quisco. El 18 de diciembre de 1955 por la mañana, en pleno desarrollo del acostumbrado juego dominical, los asistentes nos enteramos a través de las ondas hertzianas “nada más y nada menos de la muerte de Pancho Pepe Cróquer”, que fue la para mi infeliz frase pronunciada por el locutor de turno. Por cierto que en el aviso de señalización vial que está a la altura de la avenida Luis Aparicio, la identificación de la ruta que conduce al estadio que lleva el nombre de ese destacado narrador deportivo, el apellido está mal escrito, con la grafía sajona Croker.
Recuerdo que una vez, alrededor de 1950, se dio un intercambio deportivo con Calabozo que entre las diversas disciplinas incluía el fútbol. En San Juan no se escenificaban partidos de ese deporte y por lo tanto no existía ningún equipo; sin embargo los organizadores se las arreglaron para armar uno, formado básicamente por inmigrantes mas que todo italianos, diestros en la materia pero a los que nunca se les había visto practicar ese deporte, por ser adultos que trabajaban de sol a sol, por lo general en la construcción de obras civiles. De Caracas vino a estudiar a la Escuela Aranda, por un tiempo relativamente corto, Iván Darío Bouy, a quien vi practicando el oficio de portero en el arco que estaba en territorio foul por los lados de la tercera base del campo de la Mulera, paralelo a la línea de fair/foul. A mi Bouy me dejó la impresión de ser un excelente arquero. El arco opuesto estaba en los profundo del right field, el más lejano de los jardines, que colindaba con la carretera hacia La Villa. Sin embargo los vehículos que por ahí transitaban no corrían ningún peligro, ya que por lo lejos que estaba nunca vi a ningún pelotero, ni zurdo ni mucho menos derecho, sacarla sobre esa barda. No sucedía lo mismo con el left field, mucho más corto, razón por la cual sí salían de vez en cuando jonrones que bombardeaban las casas de la urbanización La Tropical, ataque que se intensificaban cuando nos visitaban los poderosos sluggers del SAPLM, los robustos petroleros de Tucupido.
El baloncesto fue promovido entre los integrantes de mi curso en el Liceo Roscio por el profesor de historia Ramón Vivas Gómez, un excelente docente de acertadas y elocuentes exposiciones. Bajo su tutela practiqué este deporte por primera vez, en la cancha adyacente al ala norte del pie de la colina del monumento a San Juan. El profesor Vivas Gómez ya tenía acuñado el nombre del equipo que iba a estructurar: “Los piarros del Guárico”. Este dinámico docente, que llegó recién graduado al Liceo Roscio, también caminaba con nosotros hasta el campo de la Mulera, balón en mano, a practicar fútbol. En ese entonces me llegó la noticia de que él era sobrino de un alto oficial apostado en el cuartel Urdaneta, con sede en La Mulera. En la cancha de la colina básicamente se había jugado voleibol, tanto de día como de noche, ya que gozaba de una rudimentaria iluminación, suministrada por una hilera de bombillos comunes y corrientes que corría a lo largo de su eje central, perpendicular a la malla. Más de una vez, en plena desarrollo de un torneo nocturno se fundieron los tapones del circuito que alimentaba los bombillos, pero eso no constituía ningún inconveniente, ya que aprendimos a reemplazarlos por monedas (lochas), que si bien no protegían los cables de la instalación mantenían las luces encendidas. El público masculino, formado en su mayoría por liceístas y estudiantes de los últimos grados de le Escuela Aranda y el Grupo Escolar República del Brasil, era bastante abundante cuando competían las muchachas del Grupo Escolar o las del Liceo Roscio. El principal atractivo no residía en el juego en sí, sino en la oportunidad inédita de contemplar las piernas de las bellas jugadoras.
Cuenta Argenis Ranuárez, por testimonio recogido de boca de don Jesús María Torrealba y de su hermano José Andrés, que los muchachos de la generación nacida en la década de los años 20 jugaban pelota en el sitio donde fue construida la Plaza Bolívar a mediados de los años treinta del siglo pasado. También narra Argenis que la organización del beisbol en San Juan empieza con la llegada desde Cagua de un albañil de los buenos y un apasionado de ese deporte como lo fue Pablo José Montes, apodado “el “chingo” por sus contemporáneos. Hasta octubre de 2014, cuando encontré en la internet la ponencia de Ranuárez indicada al final de estas notas, yo ignoraba la labor pionera del viejo Montes, como cariñosamente lo llamábamos, pero doy fe que siempre estuvo a la cabeza en la organización de los torneos en los cuales participé como anotador oficial, ya que mi papá me tenía prohibido jugar beisbol, por padecer de una hernia inguinal que según él se me podía estrangular jugando pelota.
El único campo de béisbol, el del cuartel Urdaneta, estaba copado por los peloteros adultos los fines de semana, así que los muchachos del pueblo jugábamos cuando nos dejaban un huequito o nos íbamos a un terreno todo accidentado, desnivelado y con capas rocosas en la zona de la tercera base que estaba cerca, más allá del casino de oficiales del cuartel, del otro lado de la carretera que va hacia los baños termales, más o menos por la zona donde construyeron el monumento a la bandera. Uno que otro fin de semana nos íbamos para el campo de aterrizaje, como llamábamos al aeródromo cuya pista es hoy la avenida Luis Aparicio y que en ese entonces era un auténtico peladero de chivos, pero más podía la fiebre por jugar pelota. En vista de que los mayores nunca le querían prestar el campo a los muchachos, ni compartirlo con ellos, estos últimos los retaron a un partido. Ganaron los jóvenes, gracias a la labor en el montículo de César Balza, quien unió a su poderoso y controlado brazo de habitual receptor una curvita que tenía locos a los más grandes, al punto de que recibieron catorce ponches. Cuando llegaban las vacaciones escolares, de lunes a viernes íbamos a jugar pelota a La Mulera, actividad que extendí hasta las vacaciones de los años escolares 56/57 y 57/58. En el 57 estaba en Caracas y me gradué de bachiller en el Liceo Carlos Soublette, ya que en San Juan no había quinto año de bachillerato y en el 58 terminé primer año de ingeniería en la Universidad Central de Venezuela. En septiembre de ese año mi familia se mudó para la capital, lo cual significó para mi decirle adiós al beisbol vacacional.
El equipo"Los sabios"
Los primeros partidos organizados de volibol que presencié fue en “La Canchita”, una competencia entre estudiantes del liceo Roscio, agrupados no por el año que cursaran, sino distribuidos en equipos. La canchita quedaba al final de la calle Piar, lindero de la basta zona no construida a la izquierda del auditorio del Grupo Escolar República del Brasil, una cuadra hacia el este y una sola cuadra hacia el sur, pero esta última era el prototipo de lo que se llama una cuadra llanera. Los hermanos Blanco, varón y hembra, vivían al lado de la canchita y ambos, a pesar de ser bajos de estatura, era excelentes jugadores de volibol. Igual sucedía con Omar Echezuría, oriundo de San Sebastián de los Reyes, quien desplegó sus habilidades más que todo en la cancha del patio de la escuela Aranda. Su hermano Luis, quien destacó en el canto bajo el alias de Luis D’Ubaldo, era un destacado jugador de billar, pero este último renglón no lo incluyo entre los deportes, a pesar de que históricamente es un juego de la nobleza, porque en San Juan la mayoría de los jóvenes lo practicábamos a escondidas de nuestros progenitores. En el torneo de volibol al cual hago mención la madrina del equipo “Los Sabios” fue Elena Araujo y la mascota una chiva; estos datos los puedo suministrar gracias a la fotografía que el hermano menor de la madrina, el profesor Luis Araujo, difundiera por las redes sociales. Mi hermano Fran jugaba en ese equipo, con la misión de servirle el balón a Rafael Ángel Hernández, el rematador. En la foto pude identificar a otros integrantes de ese equipo: Heriberto Blanco, Carlitos Ron, Miguelito Salazar, Raúl Medina Torrealba y Rubén Balza. También aparecen a la derecha de la foto tres miembros de otro equipo: Rubén del Corral, Julio Sánchez y Manuel Rojas Muñoz; al fondo se ve a un integrante de un tercer equipo, pero la lejanía impide su identificación.
El boxeo se practicó en San Juan a comienzo de los años cincuenta, con el Culí López como entrenador, en un ring instalado en el cine Bolívar en el lado izquierdo de la zona de gallinero, cerca de la pantalla y frente al baño de los caballeros. En ese entonces ya el local había dejado de ser un largo patio a la intemperie, era más corto, techado y le habían cambiado el nombre original de Cine El Patio. El cuadrilátero fue mudado luego para el largo descanso que hay después de las primeras escaleras que suben hacia el Sanjuanote. En el cuartel La Mulera instalaron un ring de boxeo por los lados de la primera base, frente a la casa que originalmente fue del general Gómez. Ahí se enfrentaban oficiales, conscriptos y algunos sanjuaneros que habían aprendido el oficio con el Culí López, entre ellos mi hermano mayor Fran. Los organizadores de las fiestas patronales de 1955 armaron un ring de lucha libre en la calle que existía entre el monumento a San Juan y la plaza Bolívar, en el cual presentaron a luchadores profesionales del elenco de Televisa. El encordado fue trasladado luego al cuartel de La Mulera, a la zona entre el casino de oficiales y el dugout de la tercera base. Ahí los liceístas nos dimos más de un raspón en los codos y hasta organizamos una competencia en la cual yo hice de anunciador. De los estudiantes el luchador que más se destacó fue el gordito Armando Rivera, quien además era el jonronero del pueblo y un excelente cátcher. El Centro de Turismo Baños Termales fue el primero en tener una piscina corta (semiolímpica); en ella le tocó al entrenador Rafael Lafuente de la Cuadra hacer la selección de los nadadores que representarían a San Juan en las diversas competencias nacionales del año 1955. La práctica del tenis se inició en las tres canchas que también se construyeron en el Centro Turístico. Participaba gente mayor que ya dominaba la disciplina, a quiénes vi practicar y hasta hablé con algunos de ellos al borde de las canchas. Hoy he podido saber que se trataba de Ricardo, Ana y Juan Shult, Tulio Pineda, Pedro Belisario hijo y Carmen Padilla, entre otros. Yo me enfrasqué en la práctica de este deporte, que me gusta mucho por su tremenda similitud con el beisbol (aunque usted no lo crea), cuando ya tenía treinta años, en mi corta estancia de dos años y pico como ingeniero en la refinería de Amuay.
Un nutrido grupo de estudiantes del Liceo Roscio participó en el primer maratón de los barrios, medio maratón (21 km) que se llevó a cabo creo que en 1953. Por suerte no pedían autorización a los padres de los menores de edad, porque estoy seguro que mi papá no me hubiera dejado correr. El ganador fue “Camuco” Pulido, cuyo oficio cotidiano era arrear ganado a pie todas las madrugadas por las faldas del cerro Pariapán. El segundo lugar lo consiguió un atleta que había venido del estado Aragua y yo fui el único liceísta que logro colarse en el cuadro de las medallas, que en realidad fueron trofeos. La competencia empezó bien temprano, lo cual fue providencial porque todavía no había apretado el calor. A lo largo de la ruta los organizadores no le suministraron ni una gota de agua, ni de cualquier líquido, a los participantes. No existían botellas de plástico, ni grandes ni pequeñas, pero a ninguno de nosotros se le ocurrió pedirle a un amigo que nos diera una vasito de agua en algún punto del trayecto. Esa misma mañana, una vez finalizado el acto de premiación, dejé mi flamante trofeo en la casa y me fui a desempeñar mis labores habituales de los domingos: anotador oficial del juego de beisbol que se escenificó en La Mulera. Este trabajo siempre lo hice con gusto y por supuesto que ad honorem. Quizás por no haber entrenado formalmente ni nada parecido, o por la falta de hidratación, durante unas pocas noches posteriores al maratón los calambres en las piernas me estuvieron interrumpiendo el sueño; de día se me iban las rodillas en el corto trayecto de menos de una cuadra que separaba a mi casa de la calle Ribas 18 del liceo Roscio.
Durante las vacaciones escolares del año 56, la gran noticia entre los jóvenes fue la participación de José Ubaldo Pimentel, un hijo de San Juan de los Morros, en el Mundial de Ciclismo que se realizó en Copenhague, Dinamarca, los días 27 y 28 de agosto. Los otros integrantes de la delegación venezolana fueron Simón Armando Rodríguez, Domingo Rivas, Osman Pulgar y Martín Carpio. Pimentel, quien fue mi contemporáneo, contaba a la sazón con dieciocho años cumplidos o por cumplir.
La primera casa deportiva que yo conocí en San Juan de los Morros, y creo que no hubo otra antes, se llamó El palacio de los deportes, propiedad de José Castillo Toro y regentada por su hijo Francisco “Perico” Castillo. Estaba ubicada en la avenida Bolívar, entre las calles Zaraza y Ribas, frente al liceo Roscio. Ahí fui a comprar mi primera pelota de beisbol, infantil, que me costó siete bolívares, un poco más de dos dólares al cambio vigente de 3.35 bolívares por dólar. Yo me lo pasaba más limpio que talón de lavandera, así que la suma la completé medicito a medicito junto con mi hermano Gustavo y con ellos se la pagamos al dependiente. Si uno ponía la pelota, era obligatorio que lo metieran a jugar. Esto lo sabía muy bien Víctor Valera Mora, quien no era un habitual jugador de beisbol, pero a quien no le faltaba plata en el bolsillo. Una vez el chácharo, como todos lo llamábamos, se presentó al campo de La Mulera apertrechado con pelotas, guantes y hasta un bate. El manager Carlitos Ron optó por alinearlo, pero cuando Víctor vio que lo habían puesto a ocupar la nada deseada posición de right fielder, no quedó nada contento y en medio de un arrebato amenazó con llevarse sus bártulos. Al verlo a punto de abandonar el campo, el estratega tuvo que complacerlo y lo puso a jugar en la segunda base.
Cierro estas notas mencionando a la Penitenciaría General de Venezuela, que se construyó en San Juan de los Morros e inició sus actividades a partir de 1949. De ella venía uno que otro recluso, muy contados, a jugar en los torneos dominicales de beisbol que se escenificaban en La Mulera. En esos años iniciales la penitenciaría fue asiento de un movimiento deportivo en el cual participaban equipos integrados por reclusos contra equipos invitados en béisbol y en fútbol. Yo tuve la oportunidad de calentar el brazo como integrante de un equipo de jóvenes que fue invitado a jugar beisbol en el recinto penitenciario. Para la fecha, 1951, ya había logrado que me operaran la hernia inguinal, pero estaba en desventaja con respecto a los otros muchachos. Mi poca destreza, unida a mi brazo “mocho”, condición que como cosa rara se me curó con los años, hacían que mi actividad habitual fuera calentar banco.
Referencias:
Ranuárez, Argenis: Periodismo deportivo en Guárico: algunos lugares, algunos nombres. Ponencia. 2012.
Loreto, Luis: Entre gigantes de piedra. Editorial Equinoccio. 2005.

Funes, Miguel: Concreción histórica y urbana de San Juan de los Morros. 2005.