lunes 4 de mayo de 2009

Uniformado de pelotero en la playa


Esta crónica se refiere a un viaje que el equipo de béisbol de los profesores de la USB hizo a Maracaibo a principios de 1973. Un apreciado colega, cuyo nombre recuerdo perfectamente pero no voy a mencionar, contó hace pocos años en la terraza de la Casa del Profesor y en medio del tradicional brindis asociado a algún acto académico, la historia de un equipo de béisbol de estudiantes de la USB, en la cual aparecía el Dr. Mayz jugando la segunda base de dicho equipo y luego dándoles a los jóvenes un agasajo en el Hotel del Lago. Habiendo sido yo miembro de esa comitiva (y también de la bebitiva) recordaba todos sus detalles, pero juzgué que no era apropiado corregir al narrador en ese momento. Él, aun cuando recibió la información de segunda mano, había conservado lo substancial del relato, así que decidí escribir Uniformado en la playa, mi primera versión de los acontecimientos. A finales de abril de 2009, hurgando en los archivos de Cenda en mi condición de Cronista de la USB, pude localizar la Carta Semanal donde Ernesto Mayz narra los pormenores del juego, nota que incluyo textualmente debidamente entrecomillada. El rector Mayz no sólo era el segunda base titular del equipo, sino el cronista de todas las actividades deportivas de la Simón Bolívar, tanto de profesores como de estudiantes, empleados y obreros. Le he dado un título ligeramente diferente a esta segunda versión, ya que a pesar de no haber eliminado muchas de las repeticiones que habían entre lo que escribí de memoria más de treinta años después y la nota que el Dr. Mayz había escrito en caliente, si cambié algunas imprecisiones, como la de que el short stop lo había jugado Osmar Issa, cuando a esas alturas ya había sido destronado por Edicio Ramírez, aquel catire que bateaba a la zurda y que me la sacaba de jonrón cada vez que yo lanzaba en las prácticas de bateo.

Todos los peloteros viajamos en autobús, incluyendo al Dr. Mayz, aun cuando el automóvil oficial del rector, su chofer y su guardaespaldas formaban parte de la comitiva. Los maracuchos, encabezados por el profesor Tito Useche, nos recibieron a cuerpo de rey y nos agasajaron en una discoteca hasta altas horas de la madrugada. La mañana siguiente, cuando llegamos al campo de juego de la Fábrica de Cemento, conocimos a un hermano del Dr. Mayz que era médico y ejercía en Maracaibo. No se olviden que el Dr. Mayz es marabino. Los anfitriones apenas calentaron el brazo justo antes de empezar el encuentro y a nosotros nos dejaron practicar todo lo que quisimos, más de media hora. Una vez iniciado el juego, lo estuvimos ganando hasta la quinta entrada, cuando sobrevino la debacle y nos cayeron a batazos. Ellos lo atribuyeron a que a esa altura del juego ya se habían acostumbrado a la pelota chiquita, ya que normalmente era softball lo que practicaban. La verdad era que el agotamiento físico causado por el viaje y la trasnochada, la intensa práctica previa y el agobiante calor reinante, nos venció. Así que cuando yo entré de bateador emergente, no fue por estrategia sino porque muchos de los peloteros no podían con su alma. El receptor Emilio Guevara, quien además de estar agachado la mitad del juego (que es más de la mitad del tiempo, cuando tu equipo es el que está recibiendo leña), tenía que forrarse el cuerpo con el peto, el casco, la careta y las espinilleras; así, cuando nos tocaba batear se metía de cabeza debajo de un chorro de agua que había a un lado del dugout. Los jardineros Jacinto Morales Bueno, Daniel Pilo y José Adames o Marcelo Guillén, porque cuando uno lanzaba el otro cubría una posición del outfield, tuvieron que correr de lo lindo. No hubo muchos batazos por el short, defendido por Edicio Ramírez, ni muchos tiros a la primera que era propiedad de Jacinto Gómez Vilaseca. Porque cada posición tenía su dueño y la segunda era del Dr. Mayz y eventualmente de Daniel Pilo. Yo, para poder jugar en ese equipo, me puse a practicar la posición de tercera base que nunca había defendido, porque el tercera habitual, Néstor Ollarves, las cogía todas pero no tenía fuerza en el brazo como para que sus tiros llegaran a primera y otros que se atrevieron a jugar en la esquina caliente, como Esteban Luis Berta, tenían más voluntad y valor que conocimientos o condiciones natas. Una vez el recordado colega Luis Bruzual intentó incorporarse al equipo, pero en las prácticas no agarraba los batazos elevados porque ponía el guante a un lado del cuerpo, esquivando la pelota. Yo le dije que el truco era no quitarle la vista a la pelota y así lo hizo, tan literalmente que recibió un pelotazo en un ojo que marcó su debut y despedida. Para salirme de esta digresión, incluyo el relato del Dr. Mayz, aclarando previamente que el Manager Rojas que se menciona es Salvador Rojas, en ese entonces empleado administrativo de la Universidad Simón Bolívar y que no recuerdo nada acerca del López que allí aparece, pero que por cuestión de fechas sé que no es Rafael “El negro” López.

“Un cordial acto de intercambio deportivo realizó el equipo de beisbol de los Profesores de la Universidad Simón Bolívar con sus colegas de la Universidad del Zulia. Acompañados del rector de nuestra Universidad quien juega la 2da. Base del equipo, se trasladaron el autobús a Maracaibo, donde se llevó a cabo un encuentro a nueve entradas.

“Brillante actuación tuvieron todos los integrantes de nuestra novena deportiva. Y si los resultados no fueron del todo favorables, ello se debió al cansancio del viaje, a la influencia del cálido sol marabino y a la inteligente pero demoledora estrategia social que pusieron en práctica los anfitriones. Por lo demás, en el equipo zuliano aparecían 4 ó 5 jugadores de categoría AA, entre ellos el pitcher, cuya especialidad es la hipnología en el área psiquiátrica. El árbitro, que descollaba por su generosa humanidad física, era también el chofer de uno de los autobuses de la Universidad del Zulia…

“A pesar de todas estas adversas circunstancias, nuestros profesores dejaron muy en alto el nombre de la Universidad Simón Bolívar y demostraron una vez más su clase beisbolera. Si entrar en detalles, este cronista quiere destacar la brillante actuación que como pitcher tuvo el profesor Marcelo Guillén, quien abrió las acciones desde el montículo. Guillén pretendió dominar los bateadores contrarios empleando su célebre curva rabo e´cochino; pero los de Maracaibo como que se han especializado en dar palos cochineros. El profesor Guillén tuvo, en consecuencia, que ser auxiliado por su colega Pilo, quien a decir verdad no estaba en su mejor forma, por haber perdido, durante el viaje, sus lentes de contacto. Por esta razón no veía muy claro el home, lo que obligó al Manager Rojas a sustituirlo por el profesor Adames, después que Pilo recibió una pila de palos. Adames sufrió los rigores del sol marabino y aunque tuvo momentos estelares, donde brilló su innegable clase, sufrió continuos parpadeos en su control. Esta circunstancia y una serie de errorcillos cometidos por algunos de los otros titulares – a quienes no viene al caso nombrar descortesmente – hicieron que los de Maracaibo se envalentonaran en el oficio de correr continuamente las bases.

“Entre las ejecutorias más inesperadas del juego cabe destacar la impecable defensiva que lució el 2a. base Mayz, aunque su actuación al bate dejó mucho que desear, ya que sorbió tremendo ponche maracucho propinado por el pitcher psiquiatra. Sin embargo, haciendo llave con el profesor Edicio Ramírez, quien defendía el campo corto, intervino en 4 ó 5 lances sin la menor sombra de error. Era domingo y estaba en su tierra. Por eso, este cronista no sabe todavía el motivo que tuvo el Manager Rojas para sustituirlo en el 5° episodio, cuando el Dr. Jacinto Gómez –aquejado de un doloroso esguince que le produjo una audaz carrera con la que quería llegar a primera, con un simple rolincito– haciendo gala de vergüenza, presentó su irrevocable renuncia y le pidió al Manager Rojas que lo sustituyera. La salida de estos dos brillantes jugadores del equipo fue aprovechada, indudablemente, por los zulianos, quienes comenzaron a batear pérfidamente entre primera y segunda, aprovechándose en el manifiesto overtraining que exhibía el profesor Issa, sustituto del Rector. Sin embargo, en descargo del mencionado profesor Issa, hay que decir que alguien observó que el campo deportivo no tenía las condiciones requeridas y que una y otra vez la pelota disparada en roling o en flai, parecía tropezar maliciosamente con piedritas colocadas en la trayectoria del mingo.

“En los campos de fildear sobresalieron todos – López, Loreto, el importado Mc Knight – pero se comentó insistentemente que el profesor Morales Bueno no parecía tan Bueno en Maracaibo como en Sartenejas. Guevara impecable como catcher, aunque sus tiros a segunda – por la potencia del brazo – llegaron muchas veces al centrofield. Ollarves cometió uno que otro pecadillo en tercera. Sus tiros a primera eran una pesadilla para Jacinto Gómez, quien le adjudica gran responsabilidad en el traicionero esguince que decretó su salida del juego.

“La sorpresa del evento la dio el Profesor Loreto, quien largó un mandarriazo de dos bases por el centro field. Fue el primer hit de Loreto en 35 turnos al bate. Pero con algo se empieza…

“Al fin del encuentro la pizarra eléctrica marcaba 7 x 4, aunque después del 4° episodio parece que hubo un corto circuito en Maracaibo.

“Aparte del encuentro deportivo hubo un extraordinario programa de actividades sociales, donde la cordialidad y el compañerismo reinaron entre los Profesores zulianos y los usebistas.”

Lo del batazo de dos bases lo recuerdo vivamente, porque cuando me deslicé en la segunda base en un campo tan duro que parecía estar cubierto de cemento, me lesioné pero no dije nada, porque acababa de entrar a jugar y yo siempre he sido un fiebrúo. A la larga (bien larga, a principios del siglo XXI) tuve que operarme de los meniscos de la rodilla derecha para poder seguir jugando. Por la noche, el mismo Dr. Mayz me ayudó a calmar el dolor, recetándome el linimento de Sloan, que él usaba a pesar de que a doña Lucía, su esposa, le producía alergia. Lo de los 35 turnos sin hit es una exageración, pero sus crónicas siempre gozaban de este elemento, para bien o para mal. Un tiempo después, cuando debuté como pitcher en el softball, dijo que yo había ponchado a ocho contrarios, incierta hazaña bien difícil de lograr por cualquier pitcher, aun en la modalidad de lanzamiento rápido (mis lanzamientos nunca han sido rápidos, más bien mañosos) que se practicaba en esa época.

Esta crónica se refiere al béisbol (o beisbol, como lo escribió el Dr. Mayz, que es la forma como se pronuncia en Venezuela y que es la que yo prefiero, pero que el procesador de palabras me la corrige automáticamente) y no softball, porque eso era lo que jugábamos, ya que en la Universidad Simón Bolívar no se había construido todavía el campo de softball. Los zapatos con ganchos de metal (los ganchos) contribuyeron a que me lesionara, en lo que fue el último deslizamiento de mi vida. No que dejé de jugar, sino que siempre advierto: ¨Si depende de que me deslice o no para que ganemos o que perdamos, perderemos porque no voy a hacerlo¨. Lo cual me recuerda a Nerio Olivares Nava, buen tercera base y buen jardinero pese a su corpulencia, a quien cuando le pedían que ocupara la receptoría decía: ¿qué quieren, que no juegue?

Una vez terminado el partido, los profesores de la Universidad del Zulia nos invitaron a una tarde de playa en unas instalaciones que la Asociación de Profesores de LUZ tiene en las inmediaciones de Isla de Toas, en el Lago de Maracaibo. Tomamos el autobús uniformados, para cambiarnos en la playa. El Dr. Mayz, como de costumbre, se vino con el equipo. No así Daniel Pilo, quien convenció al chofer del Dr. Mayz para que lo llevara a visitar a unos amigos antes de ir para la playa. Llegamos y nos cambiamos, todos menos el Dr. Mayz cuyo traje de baño andaba en la maleta del carro. El vehículo nada que aparecía y el disgusto del Dr. Mayz, paseándose en la playa en uniforme de pelotero, era palmario y creciente. Yo seguramente andaba dándome un chapuzón cuando llegaron los del carro, pero me contaron que el Dr. Mayz le armó tremendo zaperoco al chofer. Quizás esto influyó en la beca de postgrado que luego recibió Daniel, una especie de exilio dorado que a la vez eliminaba competencia en la segunda base.

De regreso para Caracas, con una visita a la zona colonial de Coro, ya que en ese entonces la ruta de Barquisimeto era casi intransitable en la zona de Puente Torres, cuando nos aproximábamos a la alcabala de Sanare les advertí a todos, basado en la experiencia adquirida en los años que trabajé en la refinería de Amuay, que se portaran bien, que esa era una alcabala sumamente fregada. Apenas hizo presencia en el interior del autobús el guardia nacional y dio las buenas noches, José Adames se despertó, se puso de pie y dirigiéndose a mí, que estaba sentado en la primera fila, me preguntó con lengua de trapo: "¿No quieres un traguito Luis?", frase que acompañó con un vaso en una mano y una botella en la otra. La reacción del guardia fue bajarse inmediatamente del autobús, diciéndonos con firmeza: "¡Sigan señores! "

miércoles 29 de abril de 2009

La edad de los libros de texto


Cuando yo ingresé a la Universidad Central de Venezuela en 1957, las materias se cursaban por año, aun cuando algunas como Humanidades I estaban divididas en dos partes que las dictaban dos profesores distintos, pero la nota final era una sola. Los dos primeros años eran comunes a todas las especialidades, al punto que a pesar de estar inscrito en ingeniería eléctrica, pasé un año completo dibujando cabillas, encofrados, isometrías y todo lo relacionado con la ingeniería civil. Con el advenimiento de la democracia y bajo las ideas innovadoras del decano Isava, empezó el régimen de semestres. Nomogramas y Ábacos, que dictó el propio Héctor Isava, fue la primera materia que cursé bajo esa modalidad en el primer semestre de segundo año. La cátedra de Circuitos I se dictó por primera vez por semestres y también por vez primera a nivel de segundo año ese año escolar 58-59. El profesor de la asignatura, Melchor Centeno Vallenilla, recomendó como libro de texto el "Electric Circuits", que en ese entonces se conseguía sólo en inglés, en una edición gruesa impresa en un papel de óptima calidad y encuadernada en azul. Con toda seguridad era una reimpresión de la edición original que data de 1940. Hoy en día se escriben libros en inglés teniendo en mente que el mercado es internacional, pero cuando los miembros del MIT EE Staff redactaron ese clásico, jamás pensaron en el sufrimiento que causaría por estas latitudes. Porque algunos, muy contados, manejaban bien el inglés y la mayoría no. Para mí, que estudié los primeros cuatro años de bachillerato en el bucólico San Juan de los Morros, la materia más difícil que enfrenté en quinto año en el Liceo Carlos Soublette en Caracas fue precisamente inglés. Todo lo atribuyo a la falta de rigor en la enseñanza que recibí, porque los profesores iban y venían y nunca tuve un curso completo de inglés con el mismo profesor. En primer año de bachillerato (1952) empecé a recibir las clases de inglés con la exigente y excelente profesora Celia Ortiz de Urbina, quién nos dejó a mitad de curso, ya que su esposo, el también profesor Castor Urbina había sido designado miembro por el estado Guárico de la Asamblea Constituyente que se instaló en la capital y promulgó, el 15 de abril de 1953, la nueva Constitución de los Estados Unidos de Venezuela. Ese año lo terminó la profesora colombiana Lucrecia de Lamus, con un nuevo método y un nuevo libro
Volviendo al meollo de la narración, el lenguaje del texto del MIT era denso, al igual que los conceptos matemáticos requeridos. Pero pude sobrevivir gracias al idioma universal de las ecuaciones y los gráficos, manejando un vocabulario mínimo en el cual las palabras "lead¨ o "lag" no eran sino sinónimos de las posiciones relativas de los vectores corriente y voltaje. En la cátedra de Magnetismo y Transformadores también dictada por Melchor, el texto fue el "Magnetic Circuits and Transformers", quizás en su versión de 1961 y no la original de 1944. Por cierto que cuando estuve de año sabático en 1979, todavía ese era el libro de texto en el postgrado de ingeniería eléctrica del Instituto Tecnológico de Georgia. En luminotecnia Melchor nos mencionó el libro de Parry Moon y de la doctora Domina Spencer, pero los apuntes del propio Melchor eran insuperables y contenían contribuciones originales de nuestro querido profesor. En la materia Líneas de Transmisión empleamos la segunda edición del “Electric Power Transmission” de L. F Woodruff, publicado por primera vez en 1938. Éste, a diferencia de los anteriores, tenía carátula empastada roja y era delgadito, lo cual no decía nada de las veces que tuvimos que darle vuelta a la regla de cálculo, leyendo ambas caras contra reloj, evaluando funciones hiperbólicas que describían la línea que va desde Boulder Dam, Colorado, hasta Los Ángeles, California.
Cuando yo regresé de postgrado, en 1964, la primera materia que dicté en la Universidad Central de Venezuela fue Teoría Electromagnética, por el libro de Plonsey y Collin, que era nuevo (1961) y por el cual yo había estudiado en el Instituto Tecnológico de Illinois . En Comunicaciones I usé la primera edición del Lathi, que me recomendó el director de la escuela Roberto Chang, pero al año siguiente me cambié a la también primera edición del Carlson. Pero en Comunicaciones II y como buen alumno de Centeno, recomendé un libro de texto de 1950, el "Transmission Lines and Networks" de Walter C. Johnson. Yo había estudiado esa materia por el Everitt y Anner, que sólo analiza las líneas de comunicaciones en régimen sinusoidal permanente (o estado estacionario, como dicen, pero a mi no me gusta el término). Resulta que en la primera clase de la materia "UHF Waves and Transmission" que tomé en el Illinois Institute of Technology en Chicago, el profesor puso un problemita de una batería que se conectaba a través de un interruptor a una línea de transmisión sin pérdidas de parámetros distribuidos L y C, terminada en un circuito abierto. Para mi eso era chino y mientras los demás compañeros dibujaban ondas a lo largo de la línea o en el extremo receptor, yo pensaba en como iba salir del atolladero. Le pedí prestado a Manolo Oliva, un amigo cubano que estudiaba pregrado en eléctrica, el texto que ellos usaban en esa materia, el cual resultó ser el de Johnson. Ahí aprendí que la impedancia característica de una línea no es un concepto exclusivo del régimen sinusoidal permanente y supe atacar problemas de transitorias en líneas de transmisión. Creo que este curso de Comunicaciones II que dicté en la UCV les fue útil a mis alumnos que se fueron por la rama de potencia y que trabajaron como ingenieros en el proyecto de la línea de corriente continua del Guri, sobre todo en las "switching surges" u "ondas de choque" que en ese entonces eran palabras nuevas en el léxico de los ingenieros electricistas.
Quiero cerrar esta nota mencionando que en quinto año fue cuando vine a saber que existían unas ecuaciones de Maxwell, a pesar de que ya había aprobado teoría electromagnética, porque mi profesor de Sistemas de Comunicaciones, Hernán Pérez Belisario, las mencionó y le sorprendió nuestra crasa ignorancia. En ese entonces Clemente Gooding, ingeniero de la OPD (Oficina de Planificación y Desarrollo de las Comunicaciones, la precursora de la CANTV) que guió la tesis que hicimos Gonzalo Van der Dys, el catire Christiansen y yo, nos recomendó el libro de Mischa Schwartz "Information Transmission, Modulation and Noise". Gonzalo, que siempre se lo pasaba fregando la paciencia (para no usar un gerundio que empieza por jota y termina en diendo), se ponía a imitar la pronunciación del bueno de Clemente y decía algo como "Micha Chuá". De paso, todavía en el 2009 venden en las librerías la traducción de la segunda edición del Carlson, que no sólo está obsoleta sino que es pésima, pero esto es un material más que abundante para unas nuevas reflexiones.

sábado 29 de noviembre de 2008

De arquitectura, el teatro



Entrar a trabajar en el sitio donde uno ha estudiado tiene sus ventajas. Con dos años de graduado, de los cuales dediqué cuatro meses al idioma inglés en el Queens College de Nueva York y el resto en sacar el Master en el Instituto Tecnológico de Illinois, en septiembre de 1964 pasé del pupitre del estudiante a la tarima del profesor. Todo me era familiar en la Escuela de Ingeniería Eléctrica, inclusive unos pocos de mis primeros alumnos habían sido mis compañeros de estudio. Lo que si tuve que aprender fue a buscar un sitio donde almorzar. De estudiante vivía con mis padres cerca de la Universidad Central e iba a almorzar a la casa (un apartamento alquilado en Las Acacias), que era lo más económico. En la UCV el horario de trabajo era de ocho a doce y de tres a seis, aun cuando el dictado de las clases y de los laboratorios nada tenía que ver con esto y muchas veces di clases a las siete de la mañana y atendí laboratorios bien entrada la noche. También trabajábamos medio día los sábados. Por lo general los profesores almorzábamos en grupo en los alrededores: el Ling Nam en la vecindad de la plaza de Las Tres Gracias. el Fornaretto en Santa Mónica y el más cercano y económico Cafetín de Arquitectura, donde a pesar del nombre servían comida caliente y no simplemente balas frías.

Un mediodía a principios de enero de 1965, cuando estaba almorzando en Arquitectura en compañía del colega Luis Fábregas, vimos descender por unas escaleras adyacentes al comedor a dos o tres mujeres que estaban bien buenas. Picados por la curiosidad, al terminar de comer bajamos hacia el vecino sótano y descubrimos las actividades que en un auditorio llevaban a cabo los miembros del Teatro Experimental de Arquitectura (TEA). En esos momentos ensayaban el montaje de la comedia “El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra” de Tirso de Molina y el director hizo una audición entre el público presente. El tocayo Fábregas ni se dio por enterado, pero yo, con el gusanito de haber hecho teatro en San Juan de los Morros, subí al escenario y dije, libreto en mano, los tres parlamentos de la escena II, en la cual el Rey de Nápoles increpa a Isabela y a Don Juan y manda a prender a este último. Quizás me metí en la piel del Jefe Civil de un pueblo, ya que el director me dijo que le había puesto carácter e intención al personaje, pero que le había faltado la majestuosidad propia de un rey. El director, quien había abandonado los estudios de derecho al descubrir que su vocación era el teatro, conocía bien los asuntos de la realeza por haber protagonizado en el Teatro Universitario a Cesáreo en "Noche de Reyes" de William Shakespeare. De él supe que para ese momento ya había actuado también en las obras "Pozo Negro" y "El Sombrero de Paja de Italia”, había estado actuando en Italia y había representado y escrito el guión de “Juan Francisco de León”. Su nombre: José Ignacio Cabrujas.

“El Burlador…” fue un ambicioso proyecto de Cabrujas que no cristalizó ya que se necesitaban muchos actores y los disponibles eran pocos. A falta de otros yo había calificado para personificar al Rey y desde ese momento Maritza Pulido, una de las actrices a quien ya conocía por trabajar ella en la Facultad de Ingeniería, empezó a llamarme “Rey”. Entre los consecuentes mirones había un tipo bastante metiche a quien bautizamos con el remoquete de “ La Gaveta”. José Ignacio lo puso a hacer la escena VIII conmigo, en la cual yo personificaba al Duque Octavio y La Gaveta al criado Ripio, quien le preguntaba al Duque: “¿Tan de mañana, señor, te levantas?” El tipo pronunció todas las palabras sin ninguna entonación y exageró las pausas entre las palabras, como si fueran puntos y no comas. A la sugerencia de que se olvidara de la letra y simplemente dijera: “Hola Luis: ¿cómo estás?”, respondió con la misma cadencia: “Hola/ Luis/ Cómo/ Estás/”. Después me enteré, cuando coincidimos en medio de unos disturbios que se dieron entre la Facultad de Farmacia y el Hospital Universitario, que La Gaveta era simplemente un policía (petejota, disip, que sé yo) a quien habían destacado para hacer labores de inteligencia dentro del campus de Los Chaguaramos.

Cuando yo ingresé al TEA, el director Humberto Orsini tenía ya lista la obra “La Cantante Calva” de Ionesco, protagonizada por Pilarica Iribarren, Roger Bonet y Manuelita Zelwer. Como parte del trabajo del grupo recibíamos clases de expresión corporal, a cargo de Rolando Peña, quien todavía no usaba su título nobiliario de “El Príncipe Negro” que le había otorgado Andy Warhol en Nueva York. No sé si José Ignacio y Rolando se conocían previamente, pero en ese mismo año de 1965 ellos montaron en la Universidad Central de Venezuela “Testimonio” y “Homenaje a Henry Miller”, los primeros espectáculos multimedia de la América Latina, que incorporaron al teatro y a la danza aplicaciones de la tecnología como el cine, proyección de diapositivas, luces estroboscópicas y música electrónica. Del TEA debo también mencionar a las hermanas Germania y Esmirna Ledezma y al flaco Alfredo, cuyo apellido no recuerdo. En esa época se dieron los ensayos de “La Muerte de Bessie Smith” de Edward Albee, el mismo de “Who's Afraid of Virginia Woolf?” y también de la versión en español de: “Oh Dad, Poor Dad, Mamma’s Hung You in the Closet and I’m Feelin’ So Sad” de Arthur Kopit, más teatro del absurdo, pero ahora de un dramaturgo americano fuertemente influenciado por Ionesco. De esta última obra ensayé algunas escenas en el papel del Comodoro Roseabove. La escenificación de “La muerte…” se dificultaba por la inexistencia de un actor negro. La Gaveta era el único que daba el físico, pero nada que ver. Finalmente el flaco Alfredo, quien además es catire, resolvió el problema pintándose de negro cual Al Jolson redivivo. Tengo entendido que el estreno se dio estando yo en Palo Alto, California, a donde había viajado a recibir entrenamiento en el área de microondas en la firma Hewlette-Packard.

En septiembre de 1965 el grupo fue invitado a presentar “La cantante…¨ dentro de un festival de teatro que tuvo lugar en Guanare, estado Portuguesa, en el marco de las festividades a la Virgen de Coromoto. Partimos del estacionamiento que está entre la Escuela de Eléctrica y la Facultad de Arquitectura, en una destartalada buseta suministrada seguramente por la Dirección de Cultura. O faltaba un asiento o sobraba un pasajero, así que yo me ofrecí para viajar sentado en los escalones que daban acceso al transporte. Bien duros por cierto y sin un cojín a mano o algo por el estilo. Maritza me aconsejó que para poder soportar el largo viaje tendría que anestesiarme con caña. En la primera parada que hicimos empezando la Panamericana a nivel de Cochecito, adquirí bastimento etílico suficiente para todo el viaje. Cuando nos detuvimos por segunda vez no aguantaba las ganas de orinar, pero en lugar de asumir la conducta atávica de buscar la parte posterior de una mata, prevaleció en mi aquello de que “borracho no pierde el tino ni mea lejos del camino” y, saliendo el primero dada mi ubicación, descargué la vejiga sobre la rueda delantera de la buseta, mientras actrices y actores desfilaban hacia los amplios mostradores del negocio.
Más adentrados en la ruta, la cabeza empezó a darme vueltas y a pesar de toda la física que había estudiado, intenté vaciar mi estómago apuntando hacia la vía sabiendo que el movimiento relativo invertiría la trayectoria. Detrás de mi estaba sentada la primera actriz y los demás pasajeros se dieron cuenta de mi acción cuando ella preguntó ingenuamente: “¿Cómo que está lloviendo?” Al llegar a Guanare ya había recobrado la compostura y me sentía todo apenado, pero para mi sorpresa los miembros del grupo (menos una, por supuesto) vinieron a darme palmadas y a decirme que en el trayecto, a pesar de mi condición de profesor, había demostrado cabalmente que yo pertenecía al grupo, que era uno de ellos. En la recepción del hotel, donde llegamos ya avanzada la noche, nos enteramos que Cabrujas también estaba alojado allí. Averiguamos cual era su cuarto (todos tenían ventanas que daban a la calle) y nos pusimos a escenificar, a grito vivo, escenas de “El Burlador…”. Con una cara que indicaba claramente que lo habíamos sacado de su sueño, José Ignacio se nos unió en la calle y nos dijo: “Pensé que tenía una pesadilla”.

Para finalizar les cuento que treinta años después me reencontré con Germania en la Universidad Simón Bolívar, en la terraza de la Casa del Profesor, a raíz de un concierto que diera el talentoso guitarrista Aquiles Báez, quien es su nieto. Con Roger Bonet coincidí en la casa de mi vecino Rafael Orellana, cuando éste celebraba el grado de su hija mayor, Lilia. De esto hace ya bastante tiempo, pero me acuerdo que fue Roger quien me reconoció, cuando casi siempre pasa lo contrario, que soy yo el de la memoria. Estando viviendo en la Isla de Margarita, en agosto de 1995 sostuve una grata conversación en el Hotel Marina Bay con José Ignacio Cabrujas un par de meses antes de su muerte, después de una charla que él dictara sobre la telenovela, una historia en la cual una mujer sufre en todos los capítulos menos en el último. En el 2006 puede disfrutar, en las instalaciones de la Biblioteca Central de la Universidad Simón Bolívar, la presentación de “El barril de Dios” de Rolando Peña. Una vez finalizado ese evento y en la grata compañía de Claudio Mendoza, Rolando y yo intercambiamos los respectivos correos electrónicos, nos deleitamos con variados recuerdos y prometimos mantenernos en contacto, lo cual hemos cumplido al menos por vía electrónica.

jueves 16 de octubre de 2008

La tierra de los abuelos

Antes, para muchos de nosotros, los abuelos y las abuelas estaban repartidos por la geografía nacional y eran una alternativa válida para pasar las vacaciones. Los destinos que estuvieron disponibles en mi infancia y juventud fueron Calabozo y Caracas y luego, cuando empecé a trabajar, la isla de Margarita. Los hijos de europeos que fueron mis compañeros en los pupitres de la escuela y en los bancos del liceo, se quedaban en San Juan de los Morros ayudando a sus padres, pero al crecer y hacerse profesionales, iban de vacaciones al viejo continente, a conocer la tierra de los ancestros en plan de parientes ricos. El panorama, ya a finales de la primera década de este siglo XXI, es bastante diferente, como veremos.

Mi papá era el mayor de once hermanos y tuvo que asumir junto a mi abuela la crianza del resto de la prole al morir a temprana edad el abuelo llanero que no conocí. Para que ellos se educaran, la alternativa fue abandonar el campo dejando las tierras de mi abuela en manos del segundo de mis tíos, Félix Antonio. Pero todos los demás estudiaron y se graduaron y de ellos tres se dedicaron a las letras: Blas, Jesús y Rafael Loreto Loreto. Los dos primeros publicaron varios libros y mi padrino Rafael solamente uno, pero tuvo una dilatada labor periodística.

Muere en Caracas, en la parroquia San Juan, don José Gorrín el esposo de mi tía abuela Teresa y en uno de los novenarios que se efectuaron en la casa de la plaza de Capuchinos, y entre los vecinos que fueron a rezar por el descanso eterno del difunto ve mi papá a Olga Rodríguez, se prenda de ella y terminan casándose, a pesar de los catorce años que él le llevaba, lo cual era un serio impedimento en una época en la cual el promedio de vida era bastante bajo. Pero la mayor traba era la económica, ya que bajo el gobierno del general Gómez no había a quién ganarle un centavo. Decía mi viejo que de no haber muerto Gómez, le hubiera gastado los balaustres de la ventana de la casa de don Julio de tanto aferrarse a ellos mientras hablaba con su amada.

Con sexto grado encima, casado, con dos hijos y trabajando, consigue mi papá la oportunidad de hacer un curso de estadísticas que dictó el Ministerio de Fomento y a la larga, cuando por razones de salud debe regresar a un clima cálido, es designado Director Seccional de Estadísticas del Estado Guárico. Así que me crié en un sitio equidistante de la casa de mi abuela María en Calabozo y de la de mi abuelo Julio César en la parroquia La Pastora de Caracas, sitios a los cuales nos enviaban de vacaciones.

Las vacaciones en Calabozo eran multitudinarias, ya que a los abundantes primos hermanos se unían los nietos de mi tía María Luisa Loreto de Cedeño, que pasaban también sus vacaciones a cuadra y media de nosotros. La casa de mi abuela era enorme, la puerta de la entrada principal era tan grande como el portón de campo que comunicaba con el patio trasero. El frente tenía un quinto de cuadra de extensión (veinte metros) y el fondo más de dos cuadras, una de ellas de construcción y el resto era el corral que alojaba aves, burros y vacas. Cuando regresábamos a San Juan, sentíamos que nuestra casa se había encogido. A Caracas sólo iba un nieto a la vez, ya que no había mucho sitio donde dormir, en la casita que tendría unos siete metros de frente y unos cuarenta de fondo que daba con una de las tantas quebradas que cruzan La Pastora de norte a sur. Por supuesto que al regresar a San Juan de los Morros tenía la sensación de que mi casa se había ensanchado.

Hoy en día parece que todos vivimos en Caracas y que los campamentos vacacionales son la solución para el asueto estudiantil de los muchachos. Y mis amigos de origen europeo casi no viajan al exterior. Un colega de origen español nacido en la parroquia caraqueña de La Candelaria y próspero industrial, me dice que cuando viaja a España tiene la sensación de más bien haberse arruinado y no sólo eso, sino que los parientes no recuerdan haber sido pobres, de lo cual no los culpo porque recordar es vivir, pero sólo sí el recuerdo es bueno. Y aquellos que no tienen nexos probados con la madre patria, olvídenlo, porque ahora somos indeseables sudacas de mala fama bien ganada. Nuestro ahora disminuido gentilicio nos marca como los sujetos preferidos para formar parte de la cuota numérica de rechazados en la frontera, especialmente en el aeropuerto de Barajas, Madrid, mediante la aplicación de una resolución de denegación de entrada y de retorno que recuerda los mejores tiempos del generalísimo Francisco Franco.

sábado 27 de septiembre de 2008

La botó de jonrón y no anotó.

En noviembre de 2007 los gerentes generales de los equipos de grandes ligas aprobaron el uso de la repetición instantánea (instant replay), limitada a unos pocos casos, a saber: a) si un batazo que se lleva la cerca es fair (jonrón) o simplemente foul ; b) en caso de una pelota que golpea la cerca y regresa al campo de juego, determinar si la pelota quedó viva (adjudicándole al corredor las bases que haya alcanzado), o es un doblete por reglas de terreno (la bola tocó la cerca antes de salir) o es un jonrón (la bola en vuelo golpeó algún objeto colocado más allá de la cerca); c) si un espectador hace contacto con la bola antes de que esta supere el plano de la cerca, es interferencia del espectador. Si el contacto es después de dicho plano, es jonrón. Se entiende que la cerca que separa la zona de juego de las gradas, define un plano vertical que la prolonga.

El 28 de agosto de 2008 se puso en práctica la repetición instantánea y se utilizó por primera vez el tres de septiembre de 2008 en un juego en el Tropicana Field entre los Yankees de Nueva York (¿debemos llamar a sus seguidores pitiyanquis?) y los Mantarrayas de Tampa. Alex Rodríguez de los Yankees bateó aparentemente un jonrón, pero la bola golpeó una pasarela ubicada detrás del poste de foul (que debía llamarse poste de fair, porque está en territorio bueno). Se determinó que era un jonrón, pero el manager de Tampa Bay Joe Maddon cuestionó la decisión. Los umpires decidieron revisar la jugada y después 2 minutos y 15 segundos, reafirmaron que era un jonrón.

Cuando se batea un jonrón, al bateador se le acredita un hit, una carrera anotada y una carrera empujada por cada corredor que anote con el batazo. Sin embargo, esto no sucedió en el juego realizado el viernes 26 de septiembre en San Francisco entre los Gigantes de esa ciudad y sus eternos rivales los Dodgers de Los Ángeles. El receptor de los Gigantes, Bengie Molina, bateó una línea que inicialmente parecía un sencillo contra el tope de la cerca del jardín derecho. Molina fue inmediatamente reemplazado por el corredor emergente Emmanuel Burriss. Entonces el campo corto de los Gigantes Omar Vizquel, que desde ahora y según su manager Bruce Bochy será reconocido no sólo por sus manos suaves sino también por su oído biónico, originó el primer caso de repetición instantánea implementado en el AT&T Park. Omar le dijo al manager que había oído como la bola golpeó una parte metálica La revisión cambió la decisión arbitral, el sencillo se convirtió en un jonrón de dos carreras, Molina se acreditó su vuela cercas 16 y dos impulsadas, pero no la carrera anotada.

Los detalles son los siguientes: en la sexta entrada el venezolano de Puerto Cabello Pablo Sandoval estaba en primera por un hit que llevó su promedio de bateo a 343. Contra el primer lanzamiento del derecho Scott Proctor, el batazo de Molina rebotó de la cerca. Sandoval alcanzó la tercera, pero Molina, con la baja velocidad típica de los receptores que están agachados la mayor parte del tiempo, sólo llegó hasta la primera base. Inmediatamente después de la substitución, Omar Vizquel le dijo a Bochy que pensaba que la bola había golpeado la marquesina metálica verde que corre a lo largo de la pared del jardín derecho. Como por arte de magia, apareció una pelota con un mancha de pintura verde, que sirvió como evidencia. Bochy le dijo a los árbitros que esperaran un momento y les mostró la pelota manchada. La cuarteta arbitral (como le gustaba a Alberto Zamora llamar a los árbitros así fueran sólo dos), decidió apelar a la repetición instantánea. En ella vieron claramente que la bola golpeó la zona verde, lo cual es un jonrón según las reglas de terreno de ese estadio.

Todo juego de las Grandes Ligas que se televise es monitoreado y supervisado en Nueva York por un equipo técnico, desde la sede del Major League Baseball Advanced Media. El equipo está integrado por un experto y un supervisor de árbitros o un árbitro retirado. En cada uno de los 30 estadios de las Grandes Ligas se ha instalado un monitor de televisión y junto a él un enlace telefónico de seguridad conectado con el sitio MLB.com. Si la cuarteta determina que hace falta una repetición instantánea, se llama al técnico de MLB.com, quien transmite los segmentos de video más apropiados tanto al árbitro que lo acompaña en el sitio como al árbitro jefe de la cuarteta, quien no necesariamente es el árbitro de home del juego. El árbitro de Nueva York no tiene comunicación directa con ningún miembro de la cuarteta arbitral y la decisión de revertir una sentencia queda a discreción del árbitro jefe. Su misión principal es determinar si hay una evidencia clara y convincente de que la decisión tomada en el campo fue incorrecta y debe cambiarse. El uso de la repetición instantánea está limitada a los caso de jonrón antes señalados: si la bola salió o no, si es fair o foul y la interferencia de un espectador. De paso, en béisbol la palabra usada es fanático, por calco del inglés fan, pero debería ser aficionado.

Burriss recorrió las bases con entusiasmo, no sólo porque los Gigantes empataron el marcador. “Fue divertido”, dijo. “Fue una jugada tan rara que uno no sabe como reaccionar. Inclusive me quedé por un segundo en primera, después que dijeron que era un jonrón. Le pregunte al coach de primera, Roberto [Kelly] y al umpire, si Bengie regresaría a correr. Roberto me dio una especie de pequeño empujón y el árbitro me pidió que corriera, así que dije: “OK, lo haré”. Molina felicitó a Burriss en el dugout diciéndole: "Buen swing".

Pero Bochy no estaba del todo feliz. Con base en la decisión, quería que Molina permaneciera en juego. Después de discutir con los umpires, optó por poner el juego bajo protesta, lo cual perdió vigencia ya que los Gigantes ganaron el juego seis carreras a cinco en diez entradas. “Nosotros nos sabemos las reglas” dijo el árbitro Welke. “Después que un corredor emergente toca una base, ha entrado en el juego… Bochy debía haber reclamado antes de poner a correr al emergente. Hay una regla que contempla a los corredores emergentes y esa fue la que aplicamos. Lo único que tenemos son las reglas. Este fue un aprendizaje para todos. El sistema funcionó y lo hicimos bien”.

Como los Dodgers ya habían asegurado el título de la división oeste de la Liga Nacional, el manager de Los Ángeles, Joe Torre, no se preocupó mucho. Sólo dejo caer que el objetivo de “acelerar el juego” no se había logrado, ya que la interrupción duró 12 minutos. Al igual que Torre, que ha demostrado su innegable calidad manager llevando a los Dodgers desde posiciones subalternas al sitial de honor, pensamos que la revisión del batazo ha debido hacerse antes de cualquier otro movimiento. Quizás esto se especifique en la reglas en el futuro inmediato.

Para finalizar, indicaremos que ésta fue la séptima repetición instantánea realizada desde la implantación del sistema y sólo en dos casos se ha cambiado la decisión.

Fuentes: las reglas del béisbol, disponibles en varios enlaces en Internet, la página http://mlb.mlb.com/index.jsp y la columna del sábado 28 de septiembre del comentarista de los Gigantes Chris Haft, incluida en el “wrap” de ese juego.

viernes 25 de julio de 2008

Del hábito nace el monje

A pesar de la reconocida sabiduría que encierran los refranes, en el ámbito académico estuvimos empeñados en llevarle la contraria a aquello de que “el hábito no hace al monje”. Digo que estuvimos porque hoy en día ya son muchos los profesores que van a la universidad sin paltó y sin corbata; es más, no es raro cruzarse con unos pocos colegas que andan en shorts o en bermudas, inclusive en los brindis que se dan en la casa del rectorado y si no lo creen pregúntenle a Mario Caicedo, deseosos de que alguien les diga algo para entonces proceder a mostrar el respectivo título de doctor.

El clima debería ser el factor determinante en la forma de vestir de un pueblo. En mi siempre caluroso San Juan de los Morros, a los profesores del Liceo Roscio al parecer los obligaban a dar sus clases en paltó y corbata. En la Universidad Central de Venezuela de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, o en la Universidad Simón Bolívar de principios de los setenta, el agradable frío matutino no sólo justificaba sino que reclamaba el uso de al menos un suéter. Hoy, en pleno siglo XXI, con el verde de la metrópolis desapareciendo cada vez más bajo el concreto y el asfalto, hasta las más frescas mañanas van acompañadas de unas tardes bastante calurosas.

Durante el año escolar 1956-1957, en la pequeña quinta de San Bernardino que alojó al cuarto y el quinto año del entonces recién creado Liceo Carlos Soublette, llamaba mucho la atención la figura del profesor Virgilio Tosta, vistiendo un terno (flux más chaleco y por supuesto corbata) aun el los calurosos meses de junio y julio. El terno es el traje habitual de los bogotanos; en su viaje de luna de miel mi compañero de tesis Luis Ernesto Christiansen y su esposa Ninoska se sintieron desubicados en la capital colombiana, al salir a la calle vestidos informalmente.

En la Universidad Central los profesores dictaban sus clases en saco y corbata, pero el primer adminículo lo colgaban en el respaldar de la silla una vez que llegaban a sus oficinas. Los profesores que sólo daban laboratorios usaban batas; de ellos recuerdo en orden cronológico a Demetrio Catón en Talleres, Mario Hernández en Física y José María Farrán en Máquinas Eléctricas. Raúl Valarino, quien nos dio los laboratorios de Comunicaciones Eléctricas, lo hacía en mangas de camisa, una camisa blanca manga corta de cuello duro la cual engalanaba con una corbata de lacito.

En los años del rectorado de Ernesto Mayz Vallenilla era imprescindible vestir saco y corbata para entrar a la casa del rectorado. En esa época Ricardo Teruel intentó asistir a un concierto en el paraninfo en su condición de artista, vistiendo una de esas elegantes guayaberas tipo hindú a que son tan afectos los músicos (y si no pregúntenle al novel profesor Pablo Morales) y lo rebotaron. Esto lo recordaba el colega (por ingeniero, ojo) Teruel, cuando ganó en 2006 el premio de Composición Musical “ Aniversario de la Universidad Simón Bolívar” con “Un sombrero lleno de sonidos”

Estando de año sabático adquirí en Atlanta tres trajes, por las ventajas que en ese entonces nos daba el cambio de divisas. Cuando regresé en enero de 1980 me designaron Jefe del Departamento de Electrónica y Circuitos y empecé a ir al trabajo luciendo mis nuevas adquisiciones. Mis colegas me preguntaron que si ese era un mensaje para el resto del profesorado, a lo cual contesté que no y de inmediato colgué en las perchas de mi hogar las flamantes vestimentas. A esos trajes les saqué el jugo cuando me desempeñé como Secretario de la Universidad Simón Bolívar, durante el rectorado de Marcelo Guillén. Tanto los dos vicerrectores (Freddy Malpica y José Antonio Pimentel) como yo seguimos dictando clases, una materia por trimestre. Uno de mis alumnos me preguntó sobre las horas de consulta y le contesté que podía solicitarme en las oficinas de la Secretaría. ¿Y puedo ir así, sin saco? No te preocupes, que ni siquiera discriminan por el color de la piel, fíjate que el rector es negro.

El párrafo anterior me trae a la memoria el remoquete de “sucio” que le calaron en la Universidad Central a Armando Díaz Lovera. Se realizaba en mi Alma Mater un congreso de ingeniería y a Armando le tocó encabezar el grupo de estudiantes que fue a hablar con los organizadores, para pedirles que los dejaran participar. El profesor que los recibió, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente pero no voy a mencionar, le dijo al organizador: “Miguel Ángel, aquí te solicitan unos muchachos sucios y mal vestidos, que deben ser estudiantes”. Pero ese día no sólo nació “El sucio Díaz Lovera”, sino que al profesor de marras de ahí en adelante se le conoció dentro de un estudiantado que pronto engrosó las filas de los ingenieros mecánicos, como “el sucio T”.

El colega y amigo Juan Lecuna Torres se encontraba en la Jefatura Civil de la parroquia La Candelaria, tratando de presentar a su hija recién nacida, cuando se armó un tremendo zaperoco detonado por los vivos de siempre que intentaban colearse. Parece ser que la única forma de imponer el orden fue metiendo presos a todos los presentes. En una época cuando no se soñaba siquiera con la telefonía celular, no sé cómo Juan pudo ponerse en contacto con uno de sus hermanos que además de abogado era amigo del Jefe Civil. Pronto fue el funcionario a liberar a Juan, no sin antes recriminarlo por su vestimenta, diciéndole algo como “usted tiene la culpa, por no andar vestido con paltó y corbata”

Una vez me tocó dar un curso intensivo de comunicaciones digitales, durante el mes de agosto, a un grupo de ingenieros de Lagoven. Como era mi costumbre, me había ido en carro con la familia para la isla de Margarita, a pasar las vacaciones. La semana del curso me vine a Caracas por avión, no sólo para comodidad de los veraneantes, sino por lo flojo que soy para manejar. Las clases las dictaba en la sede de Los Chaguaramos, en paltó y corbata, y además me estaba estrenando unos flamantes zapatos que había comprado en Porlamar. Una tarde, cuando venía de regreso hacia Baruta en una camioneta de pasajeros, nos detuvieron frente al Centro Venezolano Americano en Las Mercedes. “A bajarse todos, cédula en mano” fue la apremiante orden del guardia nacional. Yo, que iba sentado en la primera fila, traté de encabezar el descenso pero el uniformado me dijo: “No don, usted no”

En enero de 1971 en la Universidad Simón Bolívar ya estaba construido el edificio del Básico I, originalmente denominado Ciencias Básicas I, mas no así el del Ciclo Básico II y mucho menos el Ampere. El cafetín quedaba en el ala norte de la planta baja del Básico I, con la puerta viendo hacia El Placer y con las mesitas para los comensales ubicadas en el área abierta que hoy en día está frente a las taquillas de Dace. En ese entorno y recién llegado de Argentina por vía del Massachusetts Institute of Technology, el profesor y doctor Lázaro Retch fue abordado por un colega español, quién le aconsejó que era conveniente venir a la universidad con paltó y corbata. Al indagar el novel profesor sobre la razón de tal sugerencia, le contestaron que era para establecer distancia entre profesores y alumnos. “Pues mire, si esa distancia hubiera que establecerla, ese no es el modo”, fue la tajante respuesta de Lázaro.

Para terminar esta nota en un tono festivo al cual soy tan afecto, les contaré una anécdota. En una fría mañana de enero de principios de los setenta estaba yo dictando una clase de Comunicaciones Digitales a primera hora de la mañana. En ese entonces no era habitual que las personas de cierta jerarquía, como los profesores, dijeran malas palabras. Para tomarme un descansito en medio de una demostración matemática un poco larga, apelé a contar un chiste: “Llegan dos tipos a un restaurante y le dicen al mesonero, que por favor les traiga una sopillas. ¡Ah, los señores son españoles! No, no, maricones”. El salón, sorprendido, estalló en carcajadas; a uno le dio un ataque de tos con disnea, pero la nota culminante vino de la primera fila, cuando uno de los estudiantes más aprovechados dijo en voz alta y sonora “Trina se quitó el suéter”

domingo 4 de mayo de 2008

Pilón comía albóndigas

En mis años de infancia y juventud en San Juan de los Morros, los periódicos de circulación nacional eran, por orden de antigüedad, La Religión, El Universal, La Esfera y El Nacional; éstos llegaban al pueblo bien entrado el día, a pesar de que el tránsito automotor no era muy intenso en ese entonces. No existían autopistas, al punto que el gran hito en la comunicación terrestre lo marca la inauguración de la carretera Panamericana en diciembre de 1953. Los fajos de papel, apilados en la parte trasera de los autobuses, tenían que tomar la ruta de la vuelta del Pescozón, las peligrosas curvas de Guayas, atravesar los centros poblados de Tejerías, El Consejo, La Victoria y San Mateo, enfilar en La Encrucijada hacia Cagua para finalmente enfrentarse a las no menos mortíferas sinuosidades del interminable tramo entre La Villa y San Juan. En San Juan existían pocos kioscos y en ellos se conseguían granjerías y guarapo de piña, mas no el periódico; éste lo vendían un par de pregoneros que también distribuían los ejemplares a los suscriptores, práctica habitual en la época.

Aun cuando el pregón que más recuerdo es aquel de ¡El Mundo, a medio El Mundo! que impregnó las tardes caraqueñas a raíz de la caída de Pérez Jiménez, mi memoria más remota en este aspecto es la frase ¡El Universal con suplemento!, oída alrededor del mediodía de un domingo sanjuanero. El suplemento, material impreso adicional a la presentación habitual del periódico, consistía en un tabloide de ocho páginas en colores, lleno de recuadros en los cuales se desglosaban historietas cómicas y serias. Por extensión nosotros también le decíamos suplementos a los cuadernillos que en España llaman tebeos, que presentaban entre otras, las aventuras del Capitán Maravilla, el Superhombre y el Hombre Murciélago, superhéroes que luego pasaron a llamarse el Capitán Marvel, Superman y Batman. Entre los extremos de la seriedad, tanto en el dibujo como en el argumento, de Hal Foster y su Príncipe Valiente y la prosopopeya de los caracteres de Walt Disney, aparecía el humor cotidiano vivido por Pepita (Blondie), su esposo Lorenzo Parachoques y la perra Daisy, don Pancho de Educando a Papá, El Capitán y los Cebollitas y Popeye y su combo: Pilón, Rosario (que en las comiquitas de televisión llaman Oliva, en honor a la primigenia Olive Oil) y el torpe Brutus.

El tema central de esta crónica, las hamburguesas, no surge a través de Popeye, el marinero tuerto, sino de su inseparable partenaire J. Raspadura Pilón. El personaje original, creado por Bud Sagendorf, lleva por nombre J. Wellington Wimpy y el apellido alude a su gordura. Wimpy en inglés es mano de pilón, la herramienta en forma de mazo que se usa en la molienda conjuntamente con un mortero. En nuestro lar, el artilugio está asociado al procesamiento del maíz (maíz pilado) y es bastante voluminoso, tal como nos lo recuerda la copla:
El que se roba un pilón
y una piedra de amolar,
no se puede llamar ladrón
sino guapo pa´ cargar.
Pilón, con un nivel intelectual por encima de sus congéneres, es un vividor, un glotón y un gorrero por excelencia, siempre en búsqueda de una víctima que le brinde una o más hamburguesas. Cuando yo leía las aventuras de Popeye en San Juan de los Morros, allá por los años cuarenta del siglo veinte, lo que Pilón buscaba que le obsequiaran eran albóndigas, pues en ese entonces las hamburguesas eran completamente desconocidas entre el público que disfrutaba de las comiquitas en Venezuela.

Vine a conocer las hamburguesas en mis años de estudiante en la Universidad Central de Venezuela, cuando mi compañero de estudios y entrañable amigo Wolfgang Stockhausen me llevó en su Citroen hasta Ernesto´s, un pequeño local ubicado en la margen izquierda de la ruta principal entre Los Chaguaramos y Santa Mónica, que en ese entonces era doble vía. Allí, una deliciosa hamburguesa costaba un bolívar o uno veinticinco, si la pedías con queso. El otro sitio donde sé que vendían hamburguesas y al que fuimos Wolfgang y yo con unas amigas suyas, a las cuales su esposa Elke recuerda bien, fue a la Cervecería Alemana, la cual estaba en Chacaito y luego fue mudada para la avenida La Salle de Los Caobos, en las inmediaciones de la avenida Andrés Bello. Cuando estuve de pasantía corta en 1960 en la planta eléctrica de Las Morochas en Ciudad Ojeda, la compañía Shell me alojó en el hotel Oro Negro. Éste quedaba frente a una esquina de la plaza y en la diagonal opuesta había un local de la cadena norteamericana Tastee Freez, en donde amén de helados y merengadas vendían hamburguesas. Sin embargo, el recuerdo gastronómico más agradable que tengo de esa estancia en la costa oriental del Lago de Maracaibo, son los suculentos platos de pasta que servían en el restaurante italiano “La araña de oro”, al cual iba a almorzar en compañía de mi tutor y de otros ingenieros y técnicos de la planta.

En septiembre de 1962 llegué a Nueva York en compañía de otro venezolano, becario igual que yo de la Fundación Shell. Se suponía que iban a recibirnos al aeropuerto, pero como nadie lo hizo nos fuimos en autobús hasta Manhattan y nos alojamos en un hotel barato cercano al terminal de los colectivos. Esa noche, en una sórdida taguara de los alrededores consumí mi primera hamburguesa gringa, lo cual fue una experiencia decepcionante. Sin embargo, estas se reivindicaron en una lunchería ubicada cerca de la residencia que la compañía Shell me había conseguido en casa de la familia Shapiro en Utopia Parkway, Flushing. En esa lunchería resolví la comida los primeros fines de semana, o en una pizzería que quedaba a un par de cuadras de la casa. Luego aprendí a llegarme en autobús y metro hasta Times Square, el corazón de Nueva York, en donde había pequeños negocios que vendían panquecas todo el día y unos locales, aun más pequeños, prácticamente un zaguán, en los cuales elaboraban pizzas a la vista del público y las vendían al detal, a veinticinco centavos la porción. Ya en Chicago, en la estación de la calle 35 del metro de Chicago (The “L”), en la vecindad del Illinois Institute of Technology donde yo estudiaba y del Comiskey Park, sede los Medias Blancas de Chicago, había un puesto de hamburguesas McDonald’s, con su alto aviso en forma de arcos dorados que resaltaba en medio de los desolados alrededores. Comparadas con las versiones actuales que ofrecen en los McDonald’s, esas hamburguesas se podían catalogar de diminutas pero las papitas fritas, en la opinión de un francés que estudiaba conmigo, eran las mejores.

Cuando estuve de año sabático en el Instituto Tecnológico de Georgia, dentro del campus mismo había un Burguer King y una gigantesca venta de hamburguesa, con televisores por todos lados, llamada ¨The Varsity¨ en honor a las selecciones deportivas del Georgia Tech. En una fuente de soda (mala traducción de Soda Fountain) llamada Dunk and Dine que estaba cerca de mi residencia en La Vista Villas, las hamburguesas las ofrecían al estilo de Hamburgo, con la carne servida en plato y no emparedada, presentación que en el norte llaman “hamburger plate”. Siempre creí que las hamburguesas, tal como las conocemos hoy en día, eran un invento gringo, pero resulta que son alemanas. En 1891, Otto Kuasw, un cocinero del puerto de Hamburgo elaboró un sándwich de carne de res molida, frito en mantequilla y con un huevo frito encima, el cual tuvo gran aceptación entre los marineros. Para 1894 y ante la demanda de esos navegantes cuando atracaban en el puerto de Nueva York, los restaurantes de la zona empezaron a ofrecer el sándwich que los marinos pedían como “hamburguesa”. En nuestro país ya la hamburguesa tiene un amplia historia, desde los Tropic Burger que merecen un artículo aparte, pasando por los Burger Bistró, los McDonald’s, Burger King y Wendy’s. En la Venezuela de nuestros días la hamburguesa se consigue en una gran variedad de locales, desde los ubicados en los más modernos centros comerciales, aire acondicionado incluido, hasta los carritos que pueblan la llamada “calle del hambre”, género que empezó en la vecindad del viejo aeropuerto de Porlamar y que se ha esparcido por todo el país. En estos locales, el huevo de Otto Kuasw se queda corto ante la cantidad de aderezos adicionales que incluyen: papitas fritas finitas, aguacate, queso parmesano o queso fundido, maíz de lata, salsa rosada y salsa tártara. En la variedad llamada “bomba”, la carne es en lascas a la parrilla y la alfalfa debe estar presente. Creo que Pilón se sentiría feliz de consumir uno de estos especimenes. Por mi parte, cuando quiero resolverme con una comida rápida, apeló a un Big Mac de McDonald’s, mientras que mi nieta prefiere una cajita feliz de nuggets. Mi hija no comulga con la llamada comida basura, ni con las ferias de comida, pero reconoce que las papas fritas de McDonald’s siguen siendo las mejores. Para finalizar, diré que mi última travesura gastronómica la tuve a la entrada de Los Chorros, en donde mi hija me llevó a desayunar con arepas de chicharrón fritas y rellenas. Yo pedí una “pelúa”, cuyo relleno es carne mechada y queso amarillo en tiritas.