domingo, 1 de marzo de 2015

Con bolívares y sin cédula.

En diciembre de 1953 descubrí, sin estar consciente de ello, que el bolívar era una moneda fuerte y de uso corriente más allá de las fronteras patrias. Proveniente de Bailadores en el estado Mérida, donde estaba pasando las vacaciones invitado por mi tío Fernando Rodríguez, llegué a Cúcuta junto con él, su cuñado Arturo Contreras y el cadete de la EFOFAC Milton Mora. El automóvil era de mi tío y como buen andino, Arturo lo manejaba. Nos detuvimos en la primera bodega que encontramos en territorio colombiano y mi tío me dio un bolívar para que le comprara una cajetilla de cigarrillos Lucky Strike. Tenía yo a la sazón quince años de edad recién cumplidos y a pesar de que nunca he fumado, sabía que ésta costaba un bolívar con real y medio (Bs. 1.75). Antes de bajarme del carro exterioricé dos dudas: que me aceptaran la moneda venezolana en otro país y que me alcanzara para pagar. Mi tío me dijo que no me preocupara, que hasta vuelto me iban a dar, como en efecto sucedió. Entonces entendí que lo había hecho a propósito, pues en Caracas jamás me había pedido que le hiciera mandado alguno, de eso se encargaba mi abuela y el vuelto era para mí. A Bailadores habíamos llegado por El Vigía, saliendo de la Parroquia La Pastora en Caracas por la Avenida San Martín y pasando hacia Los Teques por la vuelta de El Pescozón y las curvas de Guaracarumbo y La Cumbre Roja. Para que tengan una idea de lo intrincado de la ruta, ese tramo sinuoso de un solo sentido y dos estrechos canales que bordea al Hospital Pérez Carreño entre Antímano y La Yaguara, era en ese entonces una doble vía por donde circulaba todo el tránsito vehicular entre Caracas, el centro y el occidente, e inclusive gran parte del oriente por la ruta de los llanos. Los camiones y los autobuses casi se rozaban con sus semejantes que venían en sentido contrario, pero por suerte en ese tiempo no había motorizados zigzagueando entre ellos, pues el uso de las motos estaba restringido —creo que por disposiciones legales— a los funcionarios del la Inspectoría de Tránsito.
               Al regresar de Cúcuta vinimos un poco apretados hasta San Cristóbal, mas no incómodos, ya que Arturo y Milton contrabandearon para nuestro país un par de niñas que habían conocido en “La Casa de Las Muñecas”, célebre sitio de la vida nocturna en el portón de la frontera colombiana. Salvo la belleza, que era requisito indispensable para trabajar en el lupanar, las mozas no traían ningún otro tipo de identificación; el pasaporte para todo el vehículo lo constituía el quepis del alférez, estratégicamente colocado de manera que fuera visible a través del vidrio trasero. Yo no fui invitado al festín donde las conocieron, quizás debido a mi edad. En esos momentos pensé que las chicas regresarían a Colombia después de parar unos centavos en el Táchira, pero en retrospectiva no debe haber sido así, ya que con el discurrir del tiempo me percaté que la gran mayoría de las heteras que poblaban las casas de citas de Caracas eran hijas de la hermana república.
              
El final de la ruta de regreso, el arribo a Caracas a principios de enero de 1954 fue apoteósico, ya que a finales de diciembre el gobierno del General Pérez Jiménez había inaugurado el tramo de la carretera Panamericana que conecta a Tejerías con Coche. La hoy atosigante vía, a pesar de la isla central que le incorporaron muchos años después, en ese entonces nos pareció una ruta paradisíaca. Yo tampoco cargaba ninguna identificación, ya que la cédula la vine a sacar en Caracas cuando ya tenía dieciocho años y empezaba a estudiar quinto año de bachillerato. En San Juan de los Morros no se necesitaba ninguna identificación y hasta las cartas llegaban al destinatario sólo con el nombre de éste, sin dirección alguna. Fue en esos tiempos cuando César Balza, un compañero beisbolista que había llegado a San Juan desde llano adentro y trabajaba como cobrador en el INOS, vino para Caracas a visitar a otro compañero de los partidos de béisbol que había empezado a estudiar en la capital. Llegó al Nuevo Circo y le preguntó al primero que encontró que si sabía dónde vivía Carlitos Ron. Por suerte comentó que en la pensión donde Carlitos se alojaba, también lo hacían varios jugadores de béisbol profesional del equipo de su preferencia, el Caracas, entre ellos Dionisio Acosta. Así que la popularidad del béisbol permitió que el veguero encontrara al estudiante, ahí mismo, en una casa de San Agustín del Sur.
              
Isaías Medina Angarita
Hablando de cédulas, el número de la de mi padre que nació en 1902 era 2.933, mientras que el 47.990 era de mi abuelo materno, diecinueve años mayor que mi padre. Tanto mi madre, nacida en 1916, como mi hermano mayor que nació en 1937, tenían cédulas muy próximas, de la serie ochocientos mil, mientras que yo que soy de 1938, tengo una cédula que empieza en un millón setecientos mil, pero todo esto tiene su explicación. El sistema de identificación ciudadana lo implantó el gobierno del general Isaías Medina Angarita en noviembre de 1942 y mi padre, como funcionario del Ministerio de Fomento, fue cedulado en su sitio de trabajo. Mi abuelo estuvo renuente a realizar ese trámite, ya que para la época tenía 59 años a cuestas, llevaba casi 50 ganándose la vida y el único documento que había tenido que sacar había sido el pasaporte, cuando con veinte y piquito de años viajó a Nueva York a perfeccionar sus conocimientos en el arte de la reparación y afinación de pianos. La cédula la vino a sacar por necesidad, ya que entre otras labores afinaba los pianos de la Radio Nacional. En la emisora empezaron a pedirle el número de cédula y cada vez que lo hacían les contestaba con la verdad: que no la tenía. La situación se repitió hasta el día que le dijeron que si no la sacaba no le iban a poder pagar el sueldo. Mi madre la sacó en San Juan de los Morros, cuando tuvo su primer trabajo como oficinista en la Dirección Seccional de Estadística del Estado Guárico. Mi hermano Fran también lo hizo en San Juan, poco antes de irse a Caracas a estudiar quinto año de bachillerato. Yo ya estaba estudiando quinto año en el Liceo Provisional Nº 2, que luego recibiría el nombre de Carlos Soublette, y no tenía cédula. Al saberlo, mi tío Carlos Rodríguez,  quien trabajaba en la Compañía Shell en el área de pasajes y visas, me llevó a sacarla. La diferencia de edad con mi hermano mayor era sólo veinte meses, pero él me llevaba tres años en los estudios, pues yo era muy enfermizo y entré a primer grado cuando iba a cumplir ocho años, pero como nunca me rasparon y las huelgas universitarias se superaron, logré graduarme cuando iba a cumplir los veinticuatro.
               Siempre me ha gustado viajar, pero en este momento no es posible ir ni a la misma Colombia. Valga aquí una pequeña digresión: una vez que visité Cartagena de Indias, pensé que no necesitaba identificarme como extranjero, ya que nuestros acentos son muy similares. Raudo, bajé al mercado principal y pregunté cuánto costaba el kilo de un apetecible queso que exhibían. —Será la libra— me objetó inmediatamente el vendedor. Pero no la  libra que nosotros conocemos, sino una de 500 gramos. A un tío paterno mío que tenía una bodega en Calabozo lo multaron porque no había cambiado el juego de pesas patrón de libras a sus correspondientes en kilogramos. Con razón en Canudos el fanático religioso Antônio Conselheiro se oponía, entre otras cosas, al gobierno central y al sistema métrico decimal. Esto nos lo recordó Mario Vargas Llosa en “La guerra del fin del mundo”, deliberada reescritura de uno de los mayores clásicos de la literatura brasileña: “Os Sertões” de Euclides Da Cunha. Hoy hay que limitarse a viajar a través de los libros, tratando tal vez de releer porque la masa no está para bollos. El tipo de cambio de nuestro país es desconocido, el oficial es un mito y el real o paralelo innombrable, fuera del alcance del devaluado sueldo de los profesores y además no hay dólares. Si nuestros antepasados no hubiesen defenestrado a Emparan, posiblemente nos estaríamos manejado en euros bajo la apacible supervisión de un Virrey. Si esto les suena como un descabellado retroceso al pasado, para mi resulta más atractivo que la regresión que actualmente se gestiona a diario desde las más altas esferas del poder.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Del deporte en el San Juan de mis tiempos (1943/1958)

Ya que llegué a San Juan de los Morros quince días antes de cumplir los cinco años, muy probablemente la primera instalación deportiva que conocí fue la rudimentaria cancha de volibol erigida en el medio del patio de la Escuela Aranda: dos vigas doble T todo oxidadas, sin ninguna capa de pintura protectora, empotradas con concreto al patio de tierra, donde colgaban la malla que algún maestro guardaba. Sé que los parales eran de metal y no de madera, porque cuando la cancha fue reubicada hacia el lado oeste cortaron esos parales, seguramente con una segueta por lo que no lo hicieron a ras de tierra y los tocones quedaron sobresaliendo. Al inicio de un año escolar, época en la cual el monte de patio estaba bien alto, yo me lancé corriendo a través del patio durante el recreo y me llevé uno de los tocones con la parte delantera de mi pierna izquierda, a la altura del tobillo en la parte no protegida por el zapato. Como testimonio me quedó una gruesa cicatriz de más de un centímetro de largo, de una herida que seguramente me curé con un pedazo de telaraña que busqué en lo alto de las paredes de los vecinos baños, porque si en la casa se enteraban del accidente, además de la cortada uno no se escapaba de su buena pela.
Aun cuando el único juego en el cual participé en torneos en mis años de infancia y adolescencia en San Juan de los Morros fue el volibol, es inevitable que estas notas giren en un alto porcentaje en torno al deporte que más me ha apasionado desde que lo descubrí: el beisbol. De paso emplearé la palabra como aguda, tal como a mi gusta escribirla y pronunciarla, contraviniendo la forma grave béisbol registrada en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, que se aproxima más a la transcripción fonética de baseball. En el idioma inglés muchos de deportes que se juegan con un balón, como el football y el volleyball, terminan en ball independientemente de las dimensiones de éste, pero el único que se abrevia con esa palabra es el beisbol. Así lo recoge el himno no oficial de ese espectáculo “Take Me Out to the Ball Game” (1908), que se acostumbra cantar después de la primera mitad de la séptima entrada.
En los años cincuenta, en San Juan de los Morros sólo existía un diamante con sus 90 pies cuadrados de área, dugouts, back stop y cercas al final de los jardines: el del cuartel Urdaneta o campo de La Mulera, al lado izquierdo de la única carretera que iba desde San Juan hasta Villa de Cura. Detrás del back stop, cerca del home y un poco hacia el lado de  la tercera base había un espacio circular techado, sin gradas ni ningún tipo de asiento, un quiosco poco adecuado como tribuna ya que desde él sólo unos pocos espectadores podían disfrutar del juego de pelota. Un frondoso samán cercano a la primera base extendía sus ramas hacia la zona fair, dando sombra al jugador de esa posición, pero cualquier batazo de aire que golpeara al árbol era automáticamente foul. Aledaño a la casa cuartel La Mulera, que data de 1934, no tengo la menor idea de cuando fue construido el campo deportivo y dudo que se realizara alguna ceremonia oficial el día de su inauguración.
El público iba a ver los juegos de pelota y a la vez escuchaba Radio Guárico por un altoparlante que había en el quisco. El 18 de diciembre de 1955 por la mañana, en pleno desarrollo del acostumbrado juego dominical, los asistentes nos enteramos a través de las ondas hertzianas “nada más y nada menos de la muerte de Pancho Pepe Cróquer”, que fue la para mi infeliz frase pronunciada por el locutor de turno. Por cierto que en el aviso de señalización vial que está a la altura de la avenida Luis Aparicio, la identificación de la ruta que conduce al estadio que lleva el nombre de ese destacado narrador deportivo, el apellido está mal escrito, con la grafía sajona Croker.
Recuerdo que una vez, alrededor de 1950, se dio un intercambio deportivo con Calabozo que entre las diversas disciplinas incluía el fútbol. En San Juan no se escenificaban partidos de ese deporte y por lo tanto no existía ningún equipo; sin embargo los organizadores se las arreglaron para armar uno, formado básicamente por inmigrantes mas que todo italianos, diestros en la materia pero a los que nunca se les había visto practicar ese deporte, por ser adultos que trabajaban de sol a sol, por lo general en la construcción de obras civiles. De Caracas vino a estudiar a la Escuela Aranda, por un tiempo relativamente corto, Iván Darío Bouy, a quien vi practicando el oficio de portero en el arco que estaba en territorio foul por los lados de la tercera base del campo de la Mulera, paralelo a la línea de fair/foul. A mi Bouy me dejó la impresión de ser un excelente arquero. El arco opuesto estaba en los profundo del right field, el más lejano de los jardines, que colindaba con la carretera hacia La Villa. Sin embargo los vehículos que por ahí transitaban no corrían ningún peligro, ya que por lo lejos que estaba nunca vi a ningún pelotero, ni zurdo ni mucho menos derecho, sacarla sobre esa barda. No sucedía lo mismo con el left field, mucho más corto, razón por la cual sí salían de vez en cuando jonrones que bombardeaban las casas de la urbanización La Tropical, ataque que se intensificaban cuando nos visitaban los poderosos sluggers del SAPLM, los robustos petroleros de Tucupido.
El baloncesto fue promovido entre los integrantes de mi curso en el Liceo Roscio por el profesor de historia Ramón Vivas Gómez, un excelente docente de acertadas y elocuentes exposiciones. Bajo su tutela practiqué este deporte por primera vez, en la cancha adyacente al ala norte del pie de la colina del monumento a San Juan. El profesor Vivas Gómez ya tenía acuñado el nombre del equipo que iba a estructurar: “Los piarros del Guárico”. Este dinámico docente, que llegó recién graduado al Liceo Roscio, también caminaba con nosotros hasta el campo de la Mulera, balón en mano, a practicar fútbol. En ese entonces me llegó la noticia de que él era sobrino de un alto oficial apostado en el cuartel Urdaneta, con sede en La Mulera. En la cancha de la colina básicamente se había jugado voleibol, tanto de día como de noche, ya que gozaba de una rudimentaria iluminación, suministrada por una hilera de bombillos comunes y corrientes que corría a lo largo de su eje central, perpendicular a la malla. Más de una vez, en plena desarrollo de un torneo nocturno se fundieron los tapones del circuito que alimentaba los bombillos, pero eso no constituía ningún inconveniente, ya que aprendimos a reemplazarlos por monedas (lochas), que si bien no protegían los cables de la instalación mantenían las luces encendidas. El público masculino, formado en su mayoría por liceístas y estudiantes de los últimos grados de le Escuela Aranda y el Grupo Escolar República del Brasil, era bastante abundante cuando competían las muchachas del Grupo Escolar o las del Liceo Roscio. El principal atractivo no residía en el juego en sí, sino en la oportunidad inédita de contemplar las piernas de las bellas jugadoras.
Cuenta Argenis Ranuárez, por testimonio recogido de boca de don Jesús María Torrealba y de su hermano José Andrés, que los muchachos de la generación nacida en la década de los años 20 jugaban pelota en el sitio donde fue construida la Plaza Bolívar a mediados de los años treinta del siglo pasado. También narra Argenis que la organización del beisbol en San Juan empieza con la llegada desde Cagua de un albañil de los buenos y un apasionado de ese deporte como lo fue Pablo José Montes, apodado “el “chingo” por sus contemporáneos. Hasta octubre de 2014, cuando encontré en la internet la ponencia de Ranuárez indicada al final de estas notas, yo ignoraba la labor pionera del viejo Montes, como cariñosamente lo llamábamos, pero doy fe que siempre estuvo a la cabeza en la organización de los torneos en los cuales participé como anotador oficial, ya que mi papá me tenía prohibido jugar beisbol, por padecer de una hernia inguinal que según él se me podía estrangular jugando pelota.
El único campo de béisbol, el del cuartel Urdaneta, estaba copado por los peloteros adultos los fines de semana, así que los muchachos del pueblo jugábamos cuando nos dejaban un huequito o nos íbamos a un terreno todo accidentado, desnivelado y con capas rocosas en la zona de la tercera base que estaba cerca, más allá del casino de oficiales del cuartel, del otro lado de la carretera que va hacia los baños termales, más o menos por la zona donde construyeron el monumento a la bandera. Uno que otro fin de semana nos íbamos para el campo de aterrizaje, como llamábamos al aeródromo cuya pista es hoy la avenida Luis Aparicio y que en ese entonces era un auténtico peladero de chivos, pero más podía la fiebre por jugar pelota. En vista de que los mayores nunca le querían prestar el campo a los muchachos, ni compartirlo con ellos, estos últimos los retaron a un partido. Ganaron los jóvenes, gracias a la labor en el montículo de César Balza, quien unió a su poderoso y controlado brazo de habitual receptor una curvita que tenía locos a los más grandes, al punto de que recibieron catorce ponches. Cuando llegaban las vacaciones escolares, de lunes a viernes íbamos a jugar pelota a La Mulera, actividad que extendí hasta las vacaciones de los años escolares 56/57 y 57/58. En el 57 estaba en Caracas y me gradué de bachiller en el Liceo Carlos Soublette, ya que en San Juan no había quinto año de bachillerato y en el 58 terminé primer año de ingeniería en la Universidad Central de Venezuela. En septiembre de ese año mi familia se mudó para la capital, lo cual significó para mi decirle adiós al beisbol vacacional.
El equipo"Los sabios"
Los primeros partidos organizados de volibol que presencié fue en “La Canchita”, una competencia entre estudiantes del liceo Roscio, agrupados no por el año que cursaran, sino distribuidos en equipos. La canchita quedaba al final de la calle Piar, lindero de la basta zona no construida a la izquierda del auditorio del Grupo Escolar República del Brasil, una cuadra hacia el este y una sola cuadra hacia el sur, pero esta última era el prototipo de lo que se llama una cuadra llanera. Los hermanos Blanco, varón y hembra, vivían al lado de la canchita y ambos, a pesar de ser bajos de estatura, era excelentes jugadores de volibol. Igual sucedía con Omar Echezuría, oriundo de San Sebastián de los Reyes, quien desplegó sus habilidades más que todo en la cancha del patio de la escuela Aranda. Su hermano Luis, quien destacó en el canto bajo el alias de Luis D’Ubaldo, era un destacado jugador de billar, pero este último renglón no lo incluyo entre los deportes, a pesar de que históricamente es un juego de la nobleza, porque en San Juan la mayoría de los jóvenes lo practicábamos a escondidas de nuestros progenitores. En el torneo de volibol al cual hago mención la madrina del equipo “Los Sabios” fue Elena Araujo y la mascota una chiva; estos datos los puedo suministrar gracias a la fotografía que el hermano menor de la madrina, el profesor Luis Araujo, difundiera por las redes sociales. Mi hermano Fran jugaba en ese equipo, con la misión de servirle el balón a Rafael Ángel Hernández, el rematador. En la foto pude identificar a otros integrantes de ese equipo: Heriberto Blanco, Carlitos Ron, Miguelito Salazar, Raúl Medina Torrealba y Rubén Balza. También aparecen a la derecha de la foto tres miembros de otro equipo: Rubén del Corral, Julio Sánchez y Manuel Rojas Muñoz; al fondo se ve a un integrante de un tercer equipo, pero la lejanía impide su identificación.
El boxeo se practicó en San Juan a comienzo de los años cincuenta, con el Culí López como entrenador, en un ring instalado en el cine Bolívar en el lado izquierdo de la zona de gallinero, cerca de la pantalla y frente al baño de los caballeros. En ese entonces ya el local había dejado de ser un largo patio a la intemperie, era más corto, techado y le habían cambiado el nombre original de Cine El Patio. El cuadrilátero fue mudado luego para el largo descanso que hay después de las primeras escaleras que suben hacia el Sanjuanote. En el cuartel La Mulera instalaron un ring de boxeo por los lados de la primera base, frente a la casa que originalmente fue del general Gómez. Ahí se enfrentaban oficiales, conscriptos y algunos sanjuaneros que habían aprendido el oficio con el Culí López, entre ellos mi hermano mayor Fran. Los organizadores de las fiestas patronales de 1955 armaron un ring de lucha libre en la calle que existía entre el monumento a San Juan y la plaza Bolívar, en el cual presentaron a luchadores profesionales del elenco de Televisa. El encordado fue trasladado luego al cuartel de La Mulera, a la zona entre el casino de oficiales y el dugout de la tercera base. Ahí los liceístas nos dimos más de un raspón en los codos y hasta organizamos una competencia en la cual yo hice de anunciador. De los estudiantes el luchador que más se destacó fue el gordito Armando Rivera, quien además era el jonronero del pueblo y un excelente cátcher. El Centro de Turismo Baños Termales fue el primero en tener una piscina corta (semiolímpica); en ella le tocó al entrenador Rafael Lafuente de la Cuadra hacer la selección de los nadadores que representarían a San Juan en las diversas competencias nacionales del año 1955. La práctica del tenis se inició en las tres canchas que también se construyeron en el Centro Turístico. Participaba gente mayor que ya dominaba la disciplina, a quiénes vi practicar y hasta hablé con algunos de ellos al borde de las canchas. Hoy he podido saber que se trataba de Ricardo, Ana y Juan Shult, Tulio Pineda, Pedro Belisario hijo y Carmen Padilla, entre otros. Yo me enfrasqué en la práctica de este deporte, que me gusta mucho por su tremenda similitud con el beisbol (aunque usted no lo crea), cuando ya tenía treinta años, en mi corta estancia de dos años y pico como ingeniero en la refinería de Amuay.
Un nutrido grupo de estudiantes del Liceo Roscio participó en el primer maratón de los barrios, medio maratón (21 km) que se llevó a cabo creo que en 1953. Por suerte no pedían autorización a los padres de los menores de edad, porque estoy seguro que mi papá no me hubiera dejado correr. El ganador fue “Camuco” Pulido, cuyo oficio cotidiano era arrear ganado a pie todas las madrugadas por las faldas del cerro Pariapán. El segundo lugar lo consiguió un atleta que había venido del estado Aragua y yo fui el único liceísta que logro colarse en el cuadro de las medallas, que en realidad fueron trofeos. La competencia empezó bien temprano, lo cual fue providencial porque todavía no había apretado el calor. A lo largo de la ruta los organizadores no le suministraron ni una gota de agua, ni de cualquier líquido, a los participantes. No existían botellas de plástico, ni grandes ni pequeñas, pero a ninguno de nosotros se le ocurrió pedirle a un amigo que nos diera una vasito de agua en algún punto del trayecto. Esa misma mañana, una vez finalizado el acto de premiación, dejé mi flamante trofeo en la casa y me fui a desempeñar mis labores habituales de los domingos: anotador oficial del juego de beisbol que se escenificó en La Mulera. Este trabajo siempre lo hice con gusto y por supuesto que ad honorem. Quizás por no haber entrenado formalmente ni nada parecido, o por la falta de hidratación, durante unas pocas noches posteriores al maratón los calambres en las piernas me estuvieron interrumpiendo el sueño; de día se me iban las rodillas en el corto trayecto de menos de una cuadra que separaba a mi casa de la calle Ribas 18 del liceo Roscio.
Durante las vacaciones escolares del año 56, la gran noticia entre los jóvenes fue la participación de José Ubaldo Pimentel, un hijo de San Juan de los Morros, en el Mundial de Ciclismo que se realizó en Copenhague, Dinamarca, los días 27 y 28 de agosto. Los otros integrantes de la delegación venezolana fueron Simón Armando Rodríguez, Domingo Rivas, Osman Pulgar y Martín Carpio. Pimentel, quien fue mi contemporáneo, contaba a la sazón con dieciocho años cumplidos o por cumplir.
La primera casa deportiva que yo conocí en San Juan de los Morros, y creo que no hubo otra antes, se llamó El palacio de los deportes, propiedad de José Castillo Toro y regentada por su hijo Francisco “Perico” Castillo. Estaba ubicada en la avenida Bolívar, entre las calles Zaraza y Ribas, frente al liceo Roscio. Ahí fui a comprar mi primera pelota de beisbol, infantil, que me costó siete bolívares, un poco más de dos dólares al cambio vigente de 3.35 bolívares por dólar. Yo me lo pasaba más limpio que talón de lavandera, así que la suma la completé medicito a medicito junto con mi hermano Gustavo y con ellos se la pagamos al dependiente. Si uno ponía la pelota, era obligatorio que lo metieran a jugar. Esto lo sabía muy bien Víctor Valera Mora, quien no era un habitual jugador de beisbol, pero a quien no le faltaba plata en el bolsillo. Una vez el chácharo, como todos lo llamábamos, se presentó al campo de La Mulera apertrechado con pelotas, guantes y hasta un bate. El manager Carlitos Ron optó por alinearlo, pero cuando Víctor vio que lo habían puesto a ocupar la nada deseada posición de right fielder, no quedó nada contento y en medio de un arrebato amenazó con llevarse sus bártulos. Al verlo a punto de abandonar el campo, el estratega tuvo que complacerlo y lo puso a jugar en la segunda base.
Cierro estas notas mencionando a la Penitenciaría General de Venezuela, que se construyó en San Juan de los Morros e inició sus actividades a partir de 1949. De ella venía uno que otro recluso, muy contados, a jugar en los torneos dominicales de beisbol que se escenificaban en La Mulera. En esos años iniciales la penitenciaría fue asiento de un movimiento deportivo en el cual participaban equipos integrados por reclusos contra equipos invitados en béisbol y en fútbol. Yo tuve la oportunidad de calentar el brazo como integrante de un equipo de jóvenes que fue invitado a jugar beisbol en el recinto penitenciario. Para la fecha, 1951, ya había logrado que me operaran la hernia inguinal, pero estaba en desventaja con respecto a los otros muchachos. Mi poca destreza, unida a mi brazo “mocho”, condición que como cosa rara se me curó con los años, hacían que mi actividad habitual fuera calentar banco.
Referencias:
Ranuárez, Argenis: Periodismo deportivo en Guárico: algunos lugares, algunos nombres. Ponencia. 2012.
Loreto, Luis: Entre gigantes de piedra. Editorial Equinoccio. 2005.

Funes, Miguel: Concreción histórica y urbana de San Juan de los Morros. 2005.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El teatro en San Juan de los Morros: una nota personal.


Esta breve entrada pretende ser un recuento personal de mi participación en actividades teatrales en San Juan de los Morros, un corto lapso de cuatro años que se inicia a finales de la primaria en la Escuela Aranda, en 1953, y termina a finales de cuarto año de bachillerato en el Liceo Juan Germán Roscio, en 1956. Creo que de tantos estudiosos que aman a mi pueblo de crianza, sobre todo de las nuevas generaciones, surgirá alguno que escribirá la historia del teatro en la capital del estado Guárico. Lo que sigue es mi granito de arena en aras de ese objetivo.
 Allá en la década de los cuarenta, por los costados de la Escuela Aranda no se colaban cantos, ni risas, ni llantos, quizás los gritos de quienes jugaban voleibol y la algarabía propia de los recreos. Todo lo demás discurría en tiempo real: maestros, más que todo maestras, enseñando y alumnos, sólo varones, siempre atentos a la explicaciones, no había escapatoria. Mi maestro de sexto grado, Víctor Vielma, rompió la rutina un par de veces, al proyectar sendas películas en el amplio salón aledaño al patio de la escuela. Teatro como tal, representaciones para el público en general, que yo sepa nunca se hizo en los predios de la institución. Una que otra astracanada, de las que se programaban para los fines de curso, se representó en el auditorio del vecino Grupo Escolar República del Brasil. En ese escenario y creo que en 1951, la Escuela Aranda montó un acto cultural que se centró en números musicales; de ellos es el recuerdo de Rafael “Fucho” Requena con un alumno de los primeros grados de la mano, obviando la coreografía y cantando agachado al borde del proscenio:
                                    Este cocinerito chino
tan chiquito y mal formado
tiene la mala costumbre
de ser muy enamorado.
El todos los días nos dice
que ya no quiere estudiar
que le busquen una novia
porque se quiere casar…
            Quizás en ese entonces existió un plan conjunto con el Grupo Brasil para escenificar la “Ronda de enamorados” de la zarzuela “La del Soto del Parral”, ya que mi memoria guarda la letra y la música de tanto la parte de las féminas como la de los varones.
                                    MOZAS:
¿Dónde estarán nuestros mozos
que a la cita no quieren venir,
cuando nunca a este sitio faltaron,
y se desvelaron,
por estar aquí?
Si es que me engaña el ingrato,
y celosa me quiere poner,
no me llevo por él un mal rato,
ni le lloro,
ni le imploro,
ni me importa perder su querer.
MOZOS:
Ya estoy aquí,
no te amohínes mujer,
que yo por ti,
he de querer.
Espera y al esperar confía,
muy pronto será mi casa
un nido para los dos.
            Quizás lo memorice mal desde un principio, o más bien era una adaptación, porque buscando en la red he comprobado que la parte de las mozas es mucho más larga que la citada, al igual que la de los mozos. Tal representación, como tantas cosas que se emprenden para ponerlas en las tablas, nunca se dio.
De esa misma época, quizás a fines del año escolar 51-52 cuando ya Fucho y compañía estaban en el liceo Roscio, la Escuela Aranda presentó en el Grupo Brasil una minúscula obra de teatro, en la cual yo hacía el papel de un musiú que llega al llano buscando invertir dinero en la compra de unas tierras. Con una pipa en la boca, que conseguí prestada con el Dr. José Francisco Torrealba y la cual a la larga resultó dañada por los mordiscos que le di, mi personaje exigía un fuerte acento de extranjero recién llegado, lo que básicamente se resolvió cambiando la sintaxis y pronunciando la erres finales como ges. Tras muchos gestos y abrazos,  mi actuación empezó mascullado entre los ocupados dientes la frase:
            —Mi quereg verg hacienda, si me gustag, yo compragla…
            En esa obrita la Aranda recibió apoyo de las muchachas del Brasil, porque habían varias de ellas vestidas como campesinas, entre los malditos, o sea extras haciendo bulto. El término teatral malditos viene de las voces que salían de entre bastidores en el Don Juan Tenorio de Zorrilla: “Cuán gritan esos malditos/ pero mal rayo me parta/ si en terminando esta carta/ no pagan caros sus gritos”. El musiú comete numerosas falta al hablar, todas con una segunda intención del para mi desconocido libretista. Como ve a los pobladores dormitando en el suelo, pregunta:
            —Pero ellos: ¿no teneg chinchurria? —usando en vez de chinchorro un término que a la gente de San Juan de los Morros no les recordaba uno de los ingredientes de una ternera, sino más bien a una mujer buscona y fea.
            El final feliz de la obra es que el musiú, que había estado echándose palos, se rasca, termina bailando con suma torpeza, lo cual estaba hecho a mi medida y no exigía nada de mis capacidades histriónicas, y compra la hacienda, en medio de las incontenibles risas del público. Para nosotros eso fue un rotundo éxito que no nos habíamos imaginado.
            En las afueras del Grupo Escolar “Dos de diciembre”, bautizado en honor a la fecha en la cual en 1952 el dictador Marcos Evangelista Pérez Jiménez había asumido la presidencia provisional de la República, al anochecer durante el año escolar 55-56 a los vecinos de la urbanización Los Telegrafistas les llegaba el eco no sólo de las clases nocturnas, una sección de ellas dictada por mi compañero de estudios del Liceo Roscio Ángel Eduardo Acevedo, sino también de algunas canciones afro-venezolanas:
                                    Pero mi blanca no seas celosa
porque una rosa le di a Tatá.
No bebas agua de esa pimpina,
que no es tan fina
y te va a atorá.
Así, así, así,
como los negros de Bambalí.
Así, así, así,
que no es tan fina
y te va a atorá.
           
Un ejercicio del grupo teatral Guárico
El Grupo Teatral Guárico, creado por el gobierno de Emigdio Medina Ron, ensayaba “El árbol que anda” de Juan Pablo Sojo. Tanto el director, Carlos Denis, como el actor principal Carlos Rafael Talavera, habían sido contratados en Caracas y se hospedaban en un hotel de la plaza Los Samanes, relativamente cerca del nuevo grupo escolar. De igual manera todos los actores estaban residenciados por la zona; los Acevedo (Carlos, el negro, y Gladys) vivían al final de la Roscio llegando a la Bermúdez, al igual que César Tovar y Ramón Baloa. Ignoro dónde vivía Nina Montero, pero la casa de Laura Palacios quedaba al frente del Grupo. El que vivía más lejos era yo, en la calle Ribas con la Roscio, a doce cuadras del sitio, algunas de ellas verdaderas cuadras llaneras, como los dos tramos consecutivos de la calle Roscio que van de la calle Mariño a la calle Salias, pasando por la calle Miranda. Por aquello de que quien quiere besar busca la boca, yo iba feliz a ensayar todas las noches, caminando en alpargatas porque siempre me ha gustado usarlas y, como decía mi papá, silbando iguanas.
            En “El árbol que anda” interpreté a Abedón, el Diablo, que hacía su aparición a principios del segundo acto, hiperactivo, corriendo y preguntando a todo gañote, repetidas veces:
            —¿Y todavía las mujeres paren? —a lo cual contestaban los leñadores, detrás de bastidores— ¡Y parirán!
           
Carlos Talavera y Nina Montero en Manuelote.
De la escenificación de la creación de Sojo no sé si se tomó alguna fotografía, jamás llegué a ver una. De la segunda obra, “Manuelote” de César Rengifo, puesta en escena el 5 de julio de 1956, si conservo dos que incluí en mi libro Entre gigantes de piedra. En una de ellas aparece el profesor Carlos Talavera personificando al esclavo Manuelote y Nina Montero en el papel de su mujer Petrona. La otra muestra a Manuelote ayudando a su amo don Martín Tovar (César Tovar), que está malherido de un lanzazo. En esta última mi papá escribió en el ángulo superior izquierdo el nombre de la obra y la fecha. En ambas se ve la bien trabajada escenografía, lástima que ninguna de las fotos captó a plenitud el muro de bahareque en cuya construcción participamos todos los noveles actores y actrices. A mi me tocó interpretar al teniente Roso, primo de don Martín, quien lleva al amo al rancho de Manuelote, para pedirle que lo ocultara mientras conseguía unas mulas y medicamentos para trasladarlo al puerto de La Guaira. Aquí aprendí mi primera gran lección del teatro: hay que ensayar con todos los hierros. El teniente entraba, se quitaba la capa y la ponía sobre un taburete. Después de preguntarle al esclavo que si sabía lo del combate de La Puerta el 15 de junio, le decía:
            —¡Nos derrotaron! ¡Estamos fugitivos! ¡Aún ni sé cómo pudimos regresar a Caracas sin ser interceptados por los asesinos de Boves! A duras penas hemos cruzado campos y montañas andando de día y de noche…
Carlos Talavera y César Tovar, en Manuelote
             Al salir el teniente se volvía a poner la capa, por supuesto. Hemos podido usar un trapo cualquiera como capa mientras ésta aparecía, pero no, me decían que ya iba a estar lista. Así que en las numerosas veces que ensayamos, yo hacía la pantomima de quitarme y ponerme una capa imaginaria. El aditamento llegó el día del estreno, me lo quite al llegar y me lo puse al salir, sólo que al igual que en los ensayos, esta última acción fue en forma imaginaria. La capa quedó ahí, sobre el rústico asiento, y cuando llegó la gente de Boves a averiguar si el negro sabía algo del paradero de los facciosos insurgentes, ninguno se percató de tan notorio detalle. Por cierto que esa escena del interrogatorio no aparece en el libreto original, el cual vine a leer por completo en agosto de 2014; quizás fue una licencia que se tomó el director para montar en las tablas a más actores, en una obra cuyo reparto sólo contempla cuatro personajes y dos extras, los que ayudan a trasladar a don Martín.
El libreto de Manuelote puede consultarse en:
El libreto de El árbol que anda está disponible en: