La tierra de los abuelos

Antes, para muchos de nosotros, los abuelos y las abuelas estaban repartidos por la geografía nacional y eran una alternativa válida para pasar las vacaciones. Los destinos que estuvieron disponibles en mi infancia y juventud fueron Calabozo y Caracas y luego, cuando empecé a trabajar, la isla de Margarita. Los hijos de europeos que fueron mis compañeros en los pupitres de la escuela y en los bancos del liceo, se quedaban en San Juan de los Morros ayudando a sus padres, pero al crecer y hacerse profesionales, iban de vacaciones al viejo continente, a conocer la tierra de los ancestros en plan de parientes ricos. El panorama, ya a finales de la primera década de este siglo XXI, es bastante diferente, como veremos.

Mi papá era el mayor de once hermanos y tuvo que asumir junto a mi abuela la crianza del resto de la prole al morir a temprana edad el abuelo llanero que no conocí. Para que ellos se educaran, la alternativa fue abandonar el campo dejando las tierras de mi abuela en manos del segundo de mis tíos, Félix Antonio. Pero todos los demás estudiaron y se graduaron y de ellos tres se dedicaron a las letras: Blas, Jesús y Rafael Loreto Loreto. Los dos primeros publicaron varios libros y mi padrino Rafael solamente uno, pero tuvo una dilatada labor periodística.

Muere en Caracas, en la parroquia San Juan, don José Gorrín el esposo de mi tía abuela Teresa y en uno de los novenarios que se efectuaron en la casa de la plaza de Capuchinos, y entre los vecinos que fueron a rezar por el descanso eterno del difunto ve mi papá a Olga Rodríguez, se prenda de ella y terminan casándose, a pesar de los catorce años que él le llevaba, lo cual era un serio impedimento en una época en la cual el promedio de vida era bastante bajo. Pero la mayor traba era la económica, ya que bajo el gobierno del general Gómez no había a quién ganarle un centavo. Decía mi viejo que de no haber muerto Gómez, le hubiera gastado los balaustres de la ventana de la casa de don Julio de tanto aferrarse a ellos mientras hablaba con su amada.

Con sexto grado encima, casado, con dos hijos y trabajando, consigue mi papá la oportunidad de hacer un curso de estadísticas que dictó el Ministerio de Fomento y a la larga, cuando por razones de salud debe regresar a un clima cálido, es designado Director Seccional de Estadísticas del Estado Guárico. Así que me crié en un sitio equidistante de la casa de mi abuela María en Calabozo y de la de mi abuelo Julio César en la parroquia La Pastora de Caracas, sitios a los cuales nos enviaban de vacaciones.

Las vacaciones en Calabozo eran multitudinarias, ya que a los abundantes primos hermanos se unían los nietos de mi tía María Luisa Loreto de Cedeño, que pasaban también sus vacaciones a cuadra y media de nosotros. La casa de mi abuela era enorme, la puerta de la entrada principal era tan grande como el portón de campo que comunicaba con el patio trasero. El frente tenía un quinto de cuadra de extensión (veinte metros) y el fondo más de dos cuadras, una de ellas de construcción y el resto era el corral que alojaba aves, burros y vacas. Cuando regresábamos a San Juan, sentíamos que nuestra casa se había encogido. A Caracas sólo iba un nieto a la vez, ya que no había mucho sitio donde dormir, en la casita que tendría unos siete metros de frente y unos cuarenta de fondo que daba con una de las tantas quebradas que cruzan La Pastora de norte a sur. Por supuesto que al regresar a San Juan de los Morros tenía la sensación de que mi casa se había ensanchado.

Hoy en día parece que todos vivimos en Caracas y que los campamentos vacacionales son la solución para el asueto estudiantil de los muchachos. Y mis amigos de origen europeo casi no viajan al exterior. Un colega de origen español nacido en la parroquia caraqueña de La Candelaria y próspero industrial, me dice que cuando viaja a España tiene la sensación de más bien haberse arruinado y no sólo eso, sino que los parientes no recuerdan haber sido pobres, de lo cual no los culpo porque recordar es vivir, pero sólo sí el recuerdo es bueno. Y aquellos que no tienen nexos probados con la madre patria, olvídenlo, porque ahora somos indeseables sudacas de mala fama bien ganada. Nuestro ahora disminuido gentilicio nos marca como los sujetos preferidos para formar parte de la cuota numérica de rechazados en la frontera, especialmente en el aeropuerto de Barajas, Madrid, mediante la aplicación de una resolución de denegación de entrada y de retorno que recuerda los mejores tiempos del generalísimo Francisco Franco.

Comentarios

Juan Carlos Pérez Acosta ha dicho que…
Buenas Remembrazas, esta y la Publicación "Los gatos no comen fieltro" de las 35 que tiene publicada en su Blogger me gustaron, sobre todo la frase con que inicia de los abuelos estabàn repartidos en la geografia nacional, eso aun es muy cierto y como se conocieron la Sra Olga y el Sr Francisco. y de la otra el comentario incial que empieza con la cita de un Autor.
Me llama la atenciòn el silencio y receso de publicaciones entre 2010 y 2012.
Saludos Prof.

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Nacido en Sartenejas

Ingenieros Electricistas UCV 1950 a 1971.