La fiesta del cuarto año “A”



La fiesta del cuarto año “A”
Cuando empecé a trabajar en la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Central de Venezuela, a mediados de 1964, el primer curso teórico que me tocó dictar fue Teoría Electromagnética. La mayoría de los ingenieros electricistas egresados en 1966, cuya nómina incluyo al final de estas notas, fueron mis alumnos en esa materia. Valga la pena mencionar que ninguna mujer formó parte de esa promoción, mientras que la nuestra (1962) batió un record al contar con Frances Applewhite Gutiérrez, Beatriz Nieto Chicco y Nelly Whanón Pinto entre los veinte graduandos También anexo una lista de sobrenombres, en la cual no sólo aparecen los miembros de la promoción, sino todos las personas que menciono, incluyendo los profesores. La lista no es tan completa como yo quisiera, pero quizás pueda recibir retroalimentación a través de la red. La del 66 es la promoción masiva más antigua a la cual le he dado clases, aun cuando en forma individual a comienzos de 1965 y como parte de los egresados del año 64 se graduaron Natalio Mandelblum K. (fallecido lamentablemente en 2004) y Marco Tulio Naranjo Gómez. Ambos habían sido mis compañeros de estudio y habían dejado, voluntaria o involuntariamente, el coco del electromagnetismo para el último año de estudios y formaron parte del curso antes mencionado. De la promoción del 65 egresaron mis dos primeros tesistas José Miguel Ávila y Miguel Limongi y también lo hicieron Bernardo Nouel Perera, quien ese año vio conmigo un laboratorio de comunicaciones que tenía pendiente, Carlos De La Cantera Antón, quien cursó conmigo Comunicaciones II y Antonio Ramiro Francés Cabrera, (trágicamente fallecido en 2008), a quien identifico más con la promoción del 66. Cheo Izaguirre no fue mi alumno sino mi compañero de estudio en algunas materias, ya que entró a la Universidad Central por el mecanismo de las equivalencias, el cual le hizo la vida algo menos que imposible.

De ese cuarto año de ingeniería los más jóvenes, que eran muy pocos, tendrían 19 años y había algunos pocos mayores que yo. Creo que yo tendría unos cuatro años más que el promedio del curso, ya que mi cumpleaños 26 lo celebré con mis alumnos el viernes 16 de octubre del 64, en una improvisada reunión que se llevó a cabo en la casa de Enrique Chacín en Los Rosales, iniciativa que promovió Ricardo Rivas Sánchez, quien luego haría su tesis junto con Ubaldo García Palomares, bajo mi tutela. Pero la fiesta del cuarto año “A” a la que obedece el título de esta crónica, no se refiere a esa pequeña reunión sino a otra que ocurrió en el segundo semestre de ese año escolar, en 1965.

El número de alumnos que estudiaba ingeniería eléctrica en esos tiempos no era muy elevado y por supuesto que en los cursos más avanzados sólo había una sección. En la Escuela de Ingeniería Eléctrica, condición que adquirió el Departamento en septiembre de 1962, el salón del primer piso tenía capacidad para unos cincuenta estudiantes. Los tres últimos pupitres de la primera fila, vistos de izquierda a derecha desde la tarima del profesor, estaban ligeramente separados de los otros cinco de esa fila; en el piso una poligonal hecha con tiza demarcaba el área y la identificaba como “Cuarto Año B”. Ahí se sentaban, indefectiblemente y en ese orden, Javier Bonet, Carlos Hail y Jorge Hazos.

Javier, quien se formó bajo la tutela de su padre el Ingeniero Industrial Javier Bonet Guilayn (Madrid 29/11/1909, Caracas 9/11/1979), siempre sacaba las mejores notas del curso. A título anecdótico, yo vine a ver por primera vez una regla de cálculo en primer año de ingeniería, justo antes de la primera sesión del laboratorio de Física I. Teníamos que hacer unos cálculos previos y John Balzán (que estaba repitiendo primer año) sacó una portátil que cargaba en el bolsillo del pecho de la camisa; yo le pregunté qué era eso y para qué servía. Pero a Javier su padre lo enseñó a manejar la regla de cálculo cuando estaba en 5to grado y también le enseñó que estaba basada en los logaritmos. Eso mismo intentó hacer con nosotros, en la segunda sesión del laboratorio de física ya mencionado el profesor Danilo Toradse, en un salón que tenía una gigantesca regla de cálculo adosada al segmento de pared que había entre el techo y la pizarra. Este notable científico, recién llegado de Rusia en 1957, a duras penas podía decir unas pocas palabras en castellano. Javier todavía conserva su primera regla de cálculo, una Faber-Castell de bolsillo, al igual que yo conservo la mía, de la misma marca, pero de 30 cm. El profesor Ángel Palacios Gros decía que tal regla no servía ni siquiera para trazar líneas, por el estorbo del cursor. No sé si esto llegó a oídos del profesor Melchor Centeno Vallenilla, pero en los exámenes de cualquier materia que él dictara, era indispensable trabajar con este instrumento.

Así como Javier se destacaba como estudiante con Antonio Pérez Colina pisándole los talones, Enrique Chacín descollaba como cantante y Ubaldo García Palomares era (y sigue siendo) un gran jugador de dominó. En tenis de mesa Jorge Hazos les ganaba a todos sus compañeros, pero por suerte no tenía que enfrentarse a su hermano Hubba, cuyo nivel de juego era muy superior. A la hora de echar un pie, Ricardo Rivas Sánchez sacaba a lucir su sangre dominicana, sobre todo si de bailar un merengue se trataba. El gran levantador, y no precisamente de pesas, era Simón Hernández.

Los docentes del curso que menciono fueron casi todos profesores míos con la excepción de Juan Carlos Milone, ya que a mí las Máquinas Eléctricas me las dictó Moisés Szponka. Cada uno de ellos tenía sus características distintivas: a Raúl Arreaza había que adivinarle lo que quería preguntar, en tanto que Raúl Valarino llegaba al extremo de omitir palabras en los enunciados, con lo cual se adelantaba en la enseñanza de la teoría de la información. De Roberto Halmoguera Palma el comentario era lo críptico de sus exposiciones teóricas. Las evaluaciones de Melchor Centeno Vallenilla era contra reloj. Los exámenes de Roberto Chang Mota y de Milone eran duros mas no ambiguos, mientras que contra Juan José Martini, Emilio Tébar Carrasco y Luis Bertrand Soux no se alzaban quejas. Y sí para Palacio Gros el veinte era del profesor y su nota máxima era diecinueve, que se puede pensar de José María Farrán, que no ponía más de diecisiete en los laboratorios que dictaba, práctica ajena a Francisco López del Rey, a Paul Fischel y a Volodimir Koval

Ora como estudiante o ya como profesor, uno va aprendiendo que hay dos tipos de preguntas de examen que son extremas: las de enunciado sumamente breve y las de enunciado sumamente largo. En ambos casos, la longitud de la respuesta es inversamente proporcional a la extensión de la pregunta. Durante el primer semestre del año lectivo 1965 y en el curso de Comunicaciones II (que se daba en el segundo semestre de cuarto año), una de las preguntas que hice tenía un enunciado largo, de esos que van guiando paso a paso hacia la solución y que son un reto a la paciencia más que a la inteligencia. La mente inquieta de Javier se escapó del camino de bachacos que tracé y por primera vez no obtuvo la mejor nota del curso. Ni siquiera fue que raspó, porque esa pregunta sólo valía seis puntos sobre veinte, pero Antonio Pérez Colina se apoderó de la máxima calificación.

Yo ya tenía catalogado a Javier como un alumno brillante, opinión que reafirmé después que él vino a revisar su examen. Apenas le esbocé cual era la solución, simplemente me dijo que no había entendido el enunciado y se retiró con toda tranquilidad. Valga la pena mencionar que él sacaba las mejores notas porque era bueno, no porque ese fuera el objetivo primordial de sus estudios. Pero para el resto de los estudiantes, al menos para los de la sección A, el acontecimiento era tan inusitado que merecía celebrarse. Me invitaron a bebernos unas cervezas, quizás en alguno de los bares vecinos a la Plaza de las Tres Gracias: La Creolita, El Águila, El Carioca o más probablemente El Coimbra, frente al restaurante chino Ling-Nam, bar en el cual aceptaban los cheques de la preparaduría (gloriosos trescientos bolívares, que en mis años de estudiante junto con los cuatrocientos bolívares de la beca de la Shell, me permitieron ayudar a mi papá en el sustento de la familia). Allí se dio lo que yo he dado en llamar la fiesta del cuarto año A, tomando la sexta acepción de la palabra según la Real Academia: reunión de gente para celebrar algún suceso, o simplemente para divertirse.

Con el transcurrir de los años, Javier cataloga sus relaciones con los del 4to año A como excelentes, habiendo perdonado a Simón Hernández el haberle pinchado los cauchos de su Volkswagen. Sé que la reconciliación ocurrió a la salida de una de las reuniones aniversarias de la promoción, quizás frente a Tarzilandia, bajo el influjo de unos cuantos escoceses menores de edad. Pero igual vale y para bien, ya que como lo dijo Confucio: Aquel que busque venganza deberá cavar dos tumbas: la de su enemigo y la suya propia.

En cuanto a los sobrenombres, Quickly solo aparecía cuando hacia equipo con Chuleta; algunos como Benitín y Eneas iban en pareja; el Chivo (no el que más meaba) ascendió de rango después de graduado y pasó a ser el Dr. Zhivago; otro, por su perseverancia se tornó en L'enfant terrible. No todos los mencionados tenían apodos y algunos calzaban más de uno. Juanito no es un diminutivo, sino que se corresponde a la semejanza física con uno de los personajes del dúo televisivo de Uge y Juanito Moreno. En orden alfabético están: Ángel de España (el), Bacilo (el), Benitín, Buchy, Cabeza de Penetro, Che (el), Cheo, Chino (el), Chivo (el), Chuleta, Coyote (el), Eneas, Garbanzo, Gordo (el), Johnny La Grúa, Juanito, Kilopondio, Mocho (el), Oso (el), Pepo, Perro (el), Pocholo, Poeta (el), Pollero (el), Potro Loco, Prefecto de Camatagua (el), Quickly.

Los integrantes de la promoción de1966 fueron: Applewhite Gutiérrez, Virgil Calvin; Bonet González, Francisco Javier; Cabanzo Díaz, Pedro Eduardo; Caires Siegert, Mario Carlos; Chacín Riera, Enrique Rafael; De Armas Moreno, Mario Salvador; Díaz García, Freddy Augusto; Ferro Maggi, Oswaldo José (†?); Fornez Tamayo, Enrique Guillermo; García Palomares, Ubaldo; González Urdaneta, Gustavo Enrique; Granadillo Tori, Gilberto Vicente; Hail Lubke, Carlos Enrique; Hazos S., Jorge; Hernández Zambrano, Simón Rafael; Itriago Machado, José Teodoro; Izaguirre Sánchez, José Babel; Manzi Infante, Armando José; Martínez Díaz, Ismael Rolando; Millán Abreu, César Augusto
Molina Maggi, Pablo Enrique; Obadía Lossada, Gilberto José; Parra Bortot, José Germán; Perera Álvarez, Víctor Jesús; Pérez Colina, Antonio; Pinto Pinto, Rafael Salvador; Rivas Sánchez, Ricardo; Rosa Branco, Víctor Manuel; Siegert Figueroa, José Jesús; Solares Estrella, Luis Eduardo (†?); Stefani Vescovi, Antonio; Stiassni Necko, Eduardo Iván; Tognella Nannini, Bruno y Trejo Foulcault, Héctor José.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mis boleros y sus autores. De Agustín Lara a José Luis Rodriguez y un poquito más.

Nacido en Sartenejas

Ingenieros Electricistas UCV 1950 a 1971.