Del deporte en el San Juan de mis tiempos (1943/1958)

Ya que llegué a San Juan de los Morros quince días antes de cumplir los cinco años, muy probablemente la primera instalación deportiva que conocí fue la rudimentaria cancha de volibol erigida en el medio del patio de la Escuela Aranda: dos vigas doble T todo oxidadas, sin ninguna capa de pintura protectora, empotradas con concreto al patio de tierra, donde colgaban la malla que algún maestro guardaba. Sé que los parales eran de metal y no de madera, porque cuando la cancha fue reubicada hacia el lado oeste cortaron esos parales, seguramente con una segueta por lo que no lo hicieron a ras de tierra y los tocones quedaron sobresaliendo. Al inicio de un año escolar, época en la cual el monte de patio estaba bien alto, yo me lancé corriendo a través del patio durante el recreo y me llevé uno de los tocones con la parte delantera de mi pierna izquierda, a la altura del tobillo en la parte no protegida por el zapato. Como testimonio me quedó una gruesa cicatriz de más de un centímetro de largo, de una herida que seguramente me curé con un pedazo de telaraña que busqué en lo alto de las paredes de los vecinos baños, porque si en la casa se enteraban del accidente, además de la cortada uno no se escapaba de su buena pela.
Aun cuando el único juego en el cual participé en torneos en mis años de infancia y adolescencia en San Juan de los Morros fue el volibol, es inevitable que estas notas giren en un alto porcentaje en torno al deporte que más me ha apasionado desde que lo descubrí: el beisbol. De paso emplearé la palabra como aguda, tal como a mi gusta escribirla y pronunciarla, contraviniendo la forma grave béisbol registrada en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, que se aproxima más a la transcripción fonética de baseball. En el idioma inglés muchos de deportes que se juegan con un balón, como el football y el volleyball, terminan en ball independientemente de las dimensiones de éste, pero el único que se abrevia con esa palabra es el beisbol. Así lo recoge el himno no oficial de ese espectáculo “Take Me Out to the Ball Game” (1908), que se acostumbra cantar después de la primera mitad de la séptima entrada.
En los años cincuenta, en San Juan de los Morros sólo existía un diamante con sus 90 pies cuadrados de área, dugouts, back stop y cercas al final de los jardines: el del cuartel Urdaneta o campo de La Mulera, al lado izquierdo de la única carretera que iba desde San Juan hasta Villa de Cura. Detrás del back stop, cerca del home y un poco hacia el lado de  la tercera base había un espacio circular techado, sin gradas ni ningún tipo de asiento, un quiosco poco adecuado como tribuna ya que desde él sólo unos pocos espectadores podían disfrutar del juego de pelota. Un frondoso samán cercano a la primera base extendía sus ramas hacia la zona fair, dando sombra al jugador de esa posición, pero cualquier batazo de aire que golpeara al árbol era automáticamente foul. Aledaño a la casa cuartel La Mulera, que data de 1934, no tengo la menor idea de cuando fue construido el campo deportivo y dudo que se realizara alguna ceremonia oficial el día de su inauguración.
El público iba a ver los juegos de pelota y a la vez escuchaba Radio Guárico por un altoparlante que había en el quisco. El 18 de diciembre de 1955 por la mañana, en pleno desarrollo del acostumbrado juego dominical, los asistentes nos enteramos a través de las ondas hertzianas “nada más y nada menos de la muerte de Pancho Pepe Cróquer”, que fue la para mi infeliz frase pronunciada por el locutor de turno. Por cierto que en el aviso de señalización vial que está a la altura de la avenida Luis Aparicio, la identificación de la ruta que conduce al estadio que lleva el nombre de ese destacado narrador deportivo, el apellido está mal escrito, con la grafía sajona Croker.
Recuerdo que una vez, alrededor de 1950, se dio un intercambio deportivo con Calabozo que entre las diversas disciplinas incluía el fútbol. En San Juan no se escenificaban partidos de ese deporte y por lo tanto no existía ningún equipo; sin embargo los organizadores se las arreglaron para armar uno, formado básicamente por inmigrantes mas que todo italianos, diestros en la materia pero a los que nunca se les había visto practicar ese deporte, por ser adultos que trabajaban de sol a sol, por lo general en la construcción de obras civiles. De Caracas vino a estudiar a la Escuela Aranda, por un tiempo relativamente corto, Iván Darío Bouy, a quien vi practicando el oficio de portero en el arco que estaba en territorio foul por los lados de la tercera base del campo de la Mulera, paralelo a la línea de fair/foul. A mi Bouy me dejó la impresión de ser un excelente arquero. El arco opuesto estaba en los profundo del right field, el más lejano de los jardines, que colindaba con la carretera hacia La Villa. Sin embargo los vehículos que por ahí transitaban no corrían ningún peligro, ya que por lo lejos que estaba nunca vi a ningún pelotero, ni zurdo ni mucho menos derecho, sacarla sobre esa barda. No sucedía lo mismo con el left field, mucho más corto, razón por la cual sí salían de vez en cuando jonrones que bombardeaban las casas de la urbanización La Tropical, ataque que se intensificaban cuando nos visitaban los poderosos sluggers del SAPLM, los robustos petroleros de Tucupido.
El baloncesto fue promovido entre los integrantes de mi curso en el Liceo Roscio por el profesor de historia Ramón Vivas Gómez, un excelente docente de acertadas y elocuentes exposiciones. Bajo su tutela practiqué este deporte por primera vez, en la cancha adyacente al ala norte del pie de la colina del monumento a San Juan. El profesor Vivas Gómez ya tenía acuñado el nombre del equipo que iba a estructurar: “Los piarros del Guárico”. Este dinámico docente, que llegó recién graduado al Liceo Roscio, también caminaba con nosotros hasta el campo de la Mulera, balón en mano, a practicar fútbol. En ese entonces me llegó la noticia de que él era sobrino de un alto oficial apostado en el cuartel Urdaneta, con sede en La Mulera. En la cancha de la colina básicamente se había jugado voleibol, tanto de día como de noche, ya que gozaba de una rudimentaria iluminación, suministrada por una hilera de bombillos comunes y corrientes que corría a lo largo de su eje central, perpendicular a la malla. Más de una vez, en plena desarrollo de un torneo nocturno se fundieron los tapones del circuito que alimentaba los bombillos, pero eso no constituía ningún inconveniente, ya que aprendimos a reemplazarlos por monedas (lochas), que si bien no protegían los cables de la instalación mantenían las luces encendidas. El público masculino, formado en su mayoría por liceístas y estudiantes de los últimos grados de le Escuela Aranda y el Grupo Escolar República del Brasil, era bastante abundante cuando competían las muchachas del Grupo Escolar o las del Liceo Roscio. El principal atractivo no residía en el juego en sí, sino en la oportunidad inédita de contemplar las piernas de las bellas jugadoras.
Cuenta Argenis Ranuárez, por testimonio recogido de boca de don Jesús María Torrealba y de su hermano José Andrés, que los muchachos de la generación nacida en la década de los años 20 jugaban pelota en el sitio donde fue construida la Plaza Bolívar a mediados de los años treinta del siglo pasado. También narra Argenis que la organización del beisbol en San Juan empieza con la llegada desde Cagua de un albañil de los buenos y un apasionado de ese deporte como lo fue Pablo José Montes, apodado “el “chingo” por sus contemporáneos. Hasta octubre de 2014, cuando encontré en la internet la ponencia de Ranuárez indicada al final de estas notas, yo ignoraba la labor pionera del viejo Montes, como cariñosamente lo llamábamos, pero doy fe que siempre estuvo a la cabeza en la organización de los torneos en los cuales participé como anotador oficial, ya que mi papá me tenía prohibido jugar beisbol, por padecer de una hernia inguinal que según él se me podía estrangular jugando pelota.
El único campo de béisbol, el del cuartel Urdaneta, estaba copado por los peloteros adultos los fines de semana, así que los muchachos del pueblo jugábamos cuando nos dejaban un huequito o nos íbamos a un terreno todo accidentado, desnivelado y con capas rocosas en la zona de la tercera base que estaba cerca, más allá del casino de oficiales del cuartel, del otro lado de la carretera que va hacia los baños termales, más o menos por la zona donde construyeron el monumento a la bandera. Uno que otro fin de semana nos íbamos para el campo de aterrizaje, como llamábamos al aeródromo cuya pista es hoy la avenida Luis Aparicio y que en ese entonces era un auténtico peladero de chivos, pero más podía la fiebre por jugar pelota. En vista de que los mayores nunca le querían prestar el campo a los muchachos, ni compartirlo con ellos, estos últimos los retaron a un partido. Ganaron los jóvenes, gracias a la labor en el montículo de César Balza, quien unió a su poderoso y controlado brazo de habitual receptor una curvita que tenía locos a los más grandes, al punto de que recibieron catorce ponches. Cuando llegaban las vacaciones escolares, de lunes a viernes íbamos a jugar pelota a La Mulera, actividad que extendí hasta las vacaciones de los años escolares 56/57 y 57/58. En el 57 estaba en Caracas y me gradué de bachiller en el Liceo Carlos Soublette, ya que en San Juan no había quinto año de bachillerato y en el 58 terminé primer año de ingeniería en la Universidad Central de Venezuela. En septiembre de ese año mi familia se mudó para la capital, lo cual significó para mi decirle adiós al beisbol vacacional.
El equipo"Los sabios"
Los primeros partidos organizados de volibol que presencié fue en “La Canchita”, una competencia entre estudiantes del liceo Roscio, agrupados no por el año que cursaran, sino distribuidos en equipos. La canchita quedaba al final de la calle Piar, lindero de la basta zona no construida a la izquierda del auditorio del Grupo Escolar República del Brasil, una cuadra hacia el este y una sola cuadra hacia el sur, pero esta última era el prototipo de lo que se llama una cuadra llanera. Los hermanos Blanco, varón y hembra, vivían al lado de la canchita y ambos, a pesar de ser bajos de estatura, era excelentes jugadores de volibol. Igual sucedía con Omar Echezuría, oriundo de San Sebastián de los Reyes, quien desplegó sus habilidades más que todo en la cancha del patio de la escuela Aranda. Su hermano Luis, quien destacó en el canto bajo el alias de Luis D’Ubaldo, era un destacado jugador de billar, pero este último renglón no lo incluyo entre los deportes, a pesar de que históricamente es un juego de la nobleza, porque en San Juan la mayoría de los jóvenes lo practicábamos a escondidas de nuestros progenitores. En el torneo de volibol al cual hago mención la madrina del equipo “Los Sabios” fue Elena Araujo y la mascota una chiva; estos datos los puedo suministrar gracias a la fotografía que el hermano menor de la madrina, el profesor Luis Araujo, difundiera por las redes sociales. Mi hermano Fran jugaba en ese equipo, con la misión de servirle el balón a Rafael Ángel Hernández, el rematador. En la foto pude identificar a otros integrantes de ese equipo: Heriberto Blanco, Carlitos Ron, Miguelito Salazar, Raúl Medina Torrealba y Rubén Balza. También aparecen a la derecha de la foto tres miembros de otro equipo: Rubén del Corral, Julio Sánchez y Manuel Rojas Muñoz; al fondo se ve a un integrante de un tercer equipo, pero la lejanía impide su identificación.
El boxeo se practicó en San Juan a comienzo de los años cincuenta, con el Culí López como entrenador, en un ring instalado en el cine Bolívar en el lado izquierdo de la zona de gallinero, cerca de la pantalla y frente al baño de los caballeros. En ese entonces ya el local había dejado de ser un largo patio a la intemperie, era más corto, techado y le habían cambiado el nombre original de Cine El Patio. El cuadrilátero fue mudado luego para el largo descanso que hay después de las primeras escaleras que suben hacia el Sanjuanote. En el cuartel La Mulera instalaron un ring de boxeo por los lados de la primera base, frente a la casa que originalmente fue del general Gómez. Ahí se enfrentaban oficiales, conscriptos y algunos sanjuaneros que habían aprendido el oficio con el Culí López, entre ellos mi hermano mayor Fran. Los organizadores de las fiestas patronales de 1955 armaron un ring de lucha libre en la calle que existía entre el monumento a San Juan y la plaza Bolívar, en el cual presentaron a luchadores profesionales del elenco de Televisa. El encordado fue trasladado luego al cuartel de La Mulera, a la zona entre el casino de oficiales y el dugout de la tercera base. Ahí los liceístas nos dimos más de un raspón en los codos y hasta organizamos una competencia en la cual yo hice de anunciador. De los estudiantes el luchador que más se destacó fue el gordito Armando Rivera, quien además era el jonronero del pueblo y un excelente cátcher. El Centro de Turismo Baños Termales fue el primero en tener una piscina corta (semiolímpica); en ella le tocó al entrenador Rafael Lafuente de la Cuadra hacer la selección de los nadadores que representarían a San Juan en las diversas competencias nacionales del año 1955. La práctica del tenis se inició en las tres canchas que también se construyeron en el Centro Turístico. Participaba gente mayor que ya dominaba la disciplina, a quiénes vi practicar y hasta hablé con algunos de ellos al borde de las canchas. Hoy he podido saber que se trataba de Ricardo, Ana y Juan Shult, Tulio Pineda, Pedro Belisario hijo y Carmen Padilla, entre otros. Yo me enfrasqué en la práctica de este deporte, que me gusta mucho por su tremenda similitud con el beisbol (aunque usted no lo crea), cuando ya tenía treinta años, en mi corta estancia de dos años y pico como ingeniero en la refinería de Amuay.
Un nutrido grupo de estudiantes del Liceo Roscio participó en el primer maratón de los barrios, medio maratón (21 km) que se llevó a cabo creo que en 1953. Por suerte no pedían autorización a los padres de los menores de edad, porque estoy seguro que mi papá no me hubiera dejado correr. El ganador fue “Camuco” Pulido, cuyo oficio cotidiano era arrear ganado a pie todas las madrugadas por las faldas del cerro Pariapán. El segundo lugar lo consiguió un atleta que había venido del estado Aragua y yo fui el único liceísta que logro colarse en el cuadro de las medallas, que en realidad fueron trofeos. La competencia empezó bien temprano, lo cual fue providencial porque todavía no había apretado el calor. A lo largo de la ruta los organizadores no le suministraron ni una gota de agua, ni de cualquier líquido, a los participantes. No existían botellas de plástico, ni grandes ni pequeñas, pero a ninguno de nosotros se le ocurrió pedirle a un amigo que nos diera una vasito de agua en algún punto del trayecto. Esa misma mañana, una vez finalizado el acto de premiación, dejé mi flamante trofeo en la casa y me fui a desempeñar mis labores habituales de los domingos: anotador oficial del juego de beisbol que se escenificó en La Mulera. Este trabajo siempre lo hice con gusto y por supuesto que ad honorem. Quizás por no haber entrenado formalmente ni nada parecido, o por la falta de hidratación, durante unas pocas noches posteriores al maratón los calambres en las piernas me estuvieron interrumpiendo el sueño; de día se me iban las rodillas en el corto trayecto de menos de una cuadra que separaba a mi casa de la calle Ribas 18 del liceo Roscio.
Durante las vacaciones escolares del año 56, la gran noticia entre los jóvenes fue la participación de José Ubaldo Pimentel, un hijo de San Juan de los Morros, en el Mundial de Ciclismo que se realizó en Copenhague, Dinamarca, los días 27 y 28 de agosto. Los otros integrantes de la delegación venezolana fueron Simón Armando Rodríguez, Domingo Rivas, Osman Pulgar y Martín Carpio. Pimentel, quien fue mi contemporáneo, contaba a la sazón con dieciocho años cumplidos o por cumplir.
La primera casa deportiva que yo conocí en San Juan de los Morros, y creo que no hubo otra antes, se llamó El palacio de los deportes, propiedad de José Castillo Toro y regentada por su hijo Francisco “Perico” Castillo. Estaba ubicada en la avenida Bolívar, entre las calles Zaraza y Ribas, frente al liceo Roscio. Ahí fui a comprar mi primera pelota de beisbol, infantil, que me costó siete bolívares, un poco más de dos dólares al cambio vigente de 3.35 bolívares por dólar. Yo me lo pasaba más limpio que talón de lavandera, así que la suma la completé medicito a medicito junto con mi hermano Gustavo y con ellos se la pagamos al dependiente. Si uno ponía la pelota, era obligatorio que lo metieran a jugar. Esto lo sabía muy bien Víctor Valera Mora, quien no era un habitual jugador de beisbol, pero a quien no le faltaba plata en el bolsillo. Una vez el chácharo, como todos lo llamábamos, se presentó al campo de La Mulera apertrechado con pelotas, guantes y hasta un bate. El manager Carlitos Ron optó por alinearlo, pero cuando Víctor vio que lo habían puesto a ocupar la nada deseada posición de right fielder, no quedó nada contento y en medio de un arrebato amenazó con llevarse sus bártulos. Al verlo a punto de abandonar el campo, el estratega tuvo que complacerlo y lo puso a jugar en la segunda base.
Cierro estas notas mencionando a la Penitenciaría General de Venezuela, que se construyó en San Juan de los Morros e inició sus actividades a partir de 1949. De ella venía uno que otro recluso, muy contados, a jugar en los torneos dominicales de beisbol que se escenificaban en La Mulera. En esos años iniciales la penitenciaría fue asiento de un movimiento deportivo en el cual participaban equipos integrados por reclusos contra equipos invitados en béisbol y en fútbol. Yo tuve la oportunidad de calentar el brazo como integrante de un equipo de jóvenes que fue invitado a jugar beisbol en el recinto penitenciario. Para la fecha, 1951, ya había logrado que me operaran la hernia inguinal, pero estaba en desventaja con respecto a los otros muchachos. Mi poca destreza, unida a mi brazo “mocho”, condición que como cosa rara se me curó con los años, hacían que mi actividad habitual fuera calentar banco.
Referencias:
Ranuárez, Argenis: Periodismo deportivo en Guárico: algunos lugares, algunos nombres. Ponencia. 2012.
Loreto, Luis: Entre gigantes de piedra. Editorial Equinoccio. 2005.

Funes, Miguel: Concreción histórica y urbana de San Juan de los Morros. 2005.

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