La militarización del Fermín Toro

Ante la resonancia inmediata que en el Palacio de Miraflores tenían los disturbios estudiantiles del vecino Liceo Fermín Toro, la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez apeló al sencillo expediente de clausurarlo. Así, cuando en julio de 1956 aprobé el año más avanzado que se dictaba en el Liceo Roscio de San Juan de los Morros, el cuarto año, encontré cerradas las puertas de la institución que me correspondía de acuerdo a la zonificación educativa. Porque debía emigrar de la bucólica capital del Estado Guárico para culminar la secundaria y la escogencia obligada fue Caracas, donde mis abuelos maternos me habían apartado un rinconcito en su modesta vivienda de Gloria a Sucre 23, en la parroquia La Pastora.

Ingresar a alguno de los pocos colegios privados de prestigio que ya existían en ese entonces en la capital, fue algo que jamás se consideró en el círculo familiar dado lo exiguo de nuestros recursos económicos. Además, los liceos de mayor fama, los de probada excelencia, eran los del sector público. De tal suerte, nada más lógico que a falta del Fermín Toro, dirigiera mis pasos, concentrara todos mis esfuerzos, en conseguir cupo en el Andrés Bello o en el Liceo de Aplicación, búsqueda que pronto se tornó en desesperación. Finalmente, después de haber gastado más de una madrugada en una infructífera cola, nos enteramos que el Ministerio de Educación estaba ubicando a los sin cupo de cuarto y quinto año de bachillerato en una pequeña quinta en San Bernardino, en el llamado Liceo Provisional Nº 2. Para lograr que nos admitieran, nuestros padres o representantes se vieron obligados a firmar una especie de caución, en la cual se responsabilizaban por la buena conducta y el acato a las leyes de nosotros. La rúbrica que respaldó mi ingreso fue la de mi ya anciano y querido abuelo Julio César Rodríguez.

A pesar de lo poco atractivo del nombre de la institución, del evidente hacinamiento, de la carencia de cualquier tipo de instalación deportiva, pronto descubrimos que disfrutábamos de un cuerpo docente de primera línea. La razón era bastante sencilla: los profesores del Fermín Toro habían sido transplantados, sin aviso ni protesto, al nuevo liceo. Allí estaban Rodolfo Loero Arismendi dictando Mineralogía y Geología, la Física y su improvisado laboratorio estaba a cargo de Humberto Saldeño, igual hacía en Química el profesor Antonini, el curso de Matemáticas lo daba Adelsa Romero y los profesores Rodríguez y Pacheco, cuyos primeros nombres no recuerdo, dictaban respectivamente Dibujo e Inglés. Cuando durante los primeros meses de actividad se le cambió el nombre por el de Liceo Carlos Soublette, en honor a las innegables virtudes ciudadanas del general y presidente guaireño, la dictadura había logrado, quizás inconscientemente, la pacificación del Fermín Toro a través de una sutil militarización.

En liceo Soublette obtuve en 1957 mi título de Bachiller en Física y Matemáticas, que fue la primera y única vez que en el país se entregó un título con tal denominación. En las aulas de San Bernardino conocí a Abraham Abreu, vecino de La Pastora que estudiaba Humanidades y a muchos que emprendieron la carrera de ingeniería en la UCV, como el prematuramente fallecido Raúl Leoni Flores, Ángel Guillermo Cazorla, José Machiques Ferrer, Moisés Niremberg, Jean Piero Spitaleri, Sandro Fontana, Pastor Gerardo Lucena, el maracucho Lionel Paz, Simón Waksol y algún otro que seguramente se me escapa de la memoria. Mario Vignali estudió Geología mientras que Alfredo Sutil, Pilín, cursó arquitectura y nadie se imaginaba que bajo su apacible apariencia se ocultara el auténtico revolucionario que fue en la Universidad Central. Vale la pena mencionar que durante el año que pasamos en el Soublette no hubo alteraciones del orden ni manifestaciones de la característica rebeldía de los jóvenes, quizás por aquello de la caución o más bien por el tenso clima político que se vivía en Venezuela, un equilibrio inestable que se rompería el año siguiente.

Hoy, a cincuenta y un años de distancia y a pesar de la difícil situación económica que vivimos, las familias presupuestan primero el pago del colegio de los muchachos y luego hacen los recortes a que haya lugar. Nadie se desvela por conseguir un cupo en los liceos del sector público, ante la perspectiva de que sus docentes tengan que protestar por sus reivindicaciones y que las aulas puedan a menudo estar cerradas. La buena reputación hace muchos años que cambió de residencia, triste e irreversible realidad que me lleva a reflexionar brevemente sobre el futuro de la educación superior. Si en los presentes momentos nadie discute la calidad de la enseñanza que se imparte en las universidades públicas, prestigio que se hace manifiesto en la amplia aceptación de sus egresados en los diversos mercados laborales y en los postgrados de todo el orbe, nos preocupa que en un futuro no muy lejano también se inviertan los papeles. Temo que el orgullo de ser, por ejemplo, uesebista se pierda, bajo la consigna de una educación superior igualitaria, que sólo puede lograse nivelando hacia abajo, que el éxodo de los mejores estudiantes, que actualmente es hacia universidades extranjeras y no en forma masiva, ocurra hacia las universidades privadas, si es que sobreviven, y que para las clases más desposeídas de nuestra joven nación sólo quede como único refugio las ruinas de la otrora resplandeciente educación universitaria pública.

Comentarios

carlos trujillo ha dicho que…
ya hice mi comentario en espacio anterior. Refería la vida gremial del liceo Carlos Soublete de San bernardino donde refería para complementar las loretadas, que Yo y Pedro Hernandez Quijada fuimos los primeros dirigentes de éste famoso liceo. Fundamos el liceo sctual con la toma de la cada de LLovera Paez que estaba cerca. espero respuesta a este comentario.
carlos trujillo ha dicho que…
Fuí medico del IPASME desde año 76
hasta el 2000 cuando fuí jaubilado.En el año 92 tuve una conversación con la profesora Dolly Rodriguez a la cual conté la historia narrada aquí y Ella me regaló una microbiografía de éste que tanto queremos. Oservé con extrañeza que no se hacía referencia a la parte gremial.Por curiosidad entré en INTERNET yn tuve la honra de conocer un ex compañero que talvez por la distancia que marca el tiempo transcurrido no se recuerde de mi nombre. espero al aportunidad del reencuentro. Saludos Carlos Trujillo.

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Nacido en Sartenejas

Ingenieros Electricistas UCV 1950 a 1971.